Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 213: El cazador

CAPÍTULO 213: El cazador

Minutos después, en la sala principal de Enid Corp, el enorme vestíbulo se encontraba casi vacío. Las luces blancas iluminaban el mármol impecable del suelo, reflejando las sombras alargadas de las columnas y las pantallas de seguridad que parpadeaban en silencio.

Enid estaba de pie frente a Fénix, con los brazos cruzados y el gesto tenso.

—Los dejaste escapar —dijo con frialdad—. Era una tarea sencilla. Dos fugitivos desorientados. No había margen para el error.

Fénix, con su imponente estatura de más de dos metros, se apoyó despreocupadamente contra una columna. Su expresión era casi burlona, como si la situación no tuviera la menor importancia.

—Bah… dramatizas demasiado —respondió, encogiéndose de hombros—. Un par de seres asustados no van a llegar muy lejos.

Enid clavó la mirada en él.

—No subestimes a Selene. Ni al investigador. Cada minuto que están sueltos es un riesgo para la compañía.

Fénix ladeó la cabeza, fingiendo escuchar algo.

—Oye… ¿escuchas eso? —dijo de pronto.

—¿Escuchar qué? —preguntó Enid, molesta.

Fénix abrió la boca e imitó un sonido ridículo.

—Brrr… brrr… ring, ring.

Enid frunció el ceño.

—No es momento para estupideces.

Pero Fénix no se detuvo. Levantó su propia mano, doblando los dedos como si fuese un teléfono, y se la acercó a la oreja.

—¿Hola? Sí, sí, claro… ¿Cómo que la jefa está de mal humor otra vez? —cambió el tono de voz, exagerando—. No, no, no… hoy tampoco quiere sonreír. Dice que todo el mundo es inútil menos ella.

Hizo una pausa teatral, como si escuchara una respuesta imaginaria.

—¿Qué? ¿Que respire hondo y se relaje un poco? Uf… eso sí que va a ser difícil, amigo.

Soltó una risa breve, claramente provocadora.

La paciencia de Enid llegó a su límite. Dio un paso al frente, con los ojos encendidos de ira contenida.

—Basta, Fénix.

El gigante bajó lentamente la mano, aún con una sonrisa ladeada, pero percibiendo el cambio en el ambiente.

—Escúchame bien —continuó Enid, con voz firme y cortante—. No quiero juegos, no quiero excusas y no quiero fallos. Tienes una orden clara.

Se acercó lo suficiente para que su mirada quedara a la altura del pecho de Fénix, sin perder un ápice de autoridad.

—Silencia a los fugitivos. No pueden seguir con vida. Bajo ningún concepto.

El silencio cayó entre ambos como una losa.

Fénix inclinó ligeramente la cabeza, con una sonrisa ambigua que mezclaba obediencia y desafío.

—Entendido, jefa… —murmuró—. Esta vez no se me escapan.

Enid se dio media vuelta sin añadir nada más, dejando claro que la conversación había terminado.

Fénix la observó alejarse, aún con esa expresión indescifrable, mientras sus dedos se cerraban lentamente, como anticipando la caza que estaba por comenzar.

Las alcantarillas se extendían como un laberinto interminable bajo la ciudad. El eco de las gotas cayendo desde el techo marcaba un ritmo irregular, y el olor a humedad y óxido impregnaba el aire. Selene y joe avanzaban con cautela, iluminándose apenas con una linterna improvisada que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de hormigón.

Tras varios minutos de caminata, el túnel desembocó en una enorme sala subterránea. El espacio se abría como una caverna artificial, con pilares gruesos sosteniendo el techo y múltiples conductos que se ramificaban en distintas direcciones.

—Parece un cruce —murmuró Selene, observando los distintos accesos.

—Demasiadas opciones —respondió joe—. Si elegimos mal, podemos dar vueltas durante horas.

Selene señaló uno de los túneles laterales, más estrecho y con menos agua acumulada.

—Por ahí. El suelo está más seco.

joe asintió, y ambos se internaron en el nuevo pasadizo.

Caminaron en silencio unos metros, hasta que Selene rompió la quietud.

—joe… antes dijiste que llevabas tiempo investigando a Enid Corp. —comentó, sin mirarlo directamente—. ¿Qué te llevó a meterte en todo esto?

joe tardó unos segundos en responder. Su respiración se volvió un poco más pesada, como si estuviera ordenando recuerdos.

—Hace doce años… en el 2000… yo tenía una familia —dijo al fin—. Una esposa. Dos hijos pequeños.

Selene bajó un poco la linterna, escuchando con atención.

—Vivíamos en Berlín. No éramos ricos, ni nada especial… solo gente normal. Los chicos iban al colegio, yo trabajaba casi todo el día. Llegaba cansado, pero siempre había ruido en casa, juguetes tirados, discusiones por tonterías… esas cosas.

Hizo una pausa breve.

—El treinta y uno de octubre ocurrió lo del Infierno en Berlín. Al principio nadie entendía qué estaba pasando. Explosiones, incendios, gente corriendo. Yo estaba lejos, en otra zona de la ciudad… cuando intenté volver, ya era imposible.

Apretó la mandíbula.

—Mi mujer y mis hijos no salieron de ahí. Como casi todos. Dicen que murió el noventa y nueve por ciento de los habitantes.

Selene tragó saliva.

—Lo siento…

—No hace falta —respondió joe, sin rencor—. Ya pasó mucho tiempo. Pero desde ese día empecé a mirar las cosas de otra manera. Empecé a notar que había demasiadas versiones oficiales que no encajaban. Demasiadas piezas faltantes.

Avanzaron unos pasos más.

—Primero fue curiosidad —continuó—. Después se volvió una obsesión. Quería entender qué había pasado realmente, quiénes estaban detrás. Así llegué a informes ocultos, nombres que se repetían… corporaciones, operaciones encubiertas… Enid Corp apareció más veces de las que debería.

Selene lo miró de reojo.

—¿Y nunca pensaste en dejarlo?

joe soltó una pequeña risa seca.

—Muchas veces. Pero cuando ya perdiste todo, no queda mucho que proteger. Seguir adelante es lo único que sabes hacer.

El túnel se estrechó un poco más, obligándolos a caminar casi en fila.

Selene guardó silencio unos segundos antes de hablar.




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