CAPÍTULO 214: El encuentro inesperado
Las luces débiles del túnel proyectaban sombras alargadas sobre las paredes húmedas. El sonido constante del agua corriendo por las canaletas acompañaba cada paso de Joe y Selene mientras avanzaban con cuidado, atentos a cualquier ruido extraño.
Durante unos segundos caminaron en silencio, hasta que Joe miró de reojo a Selene.
—Oye… antes me preguntaste sobre mi pasado. Ahora me toca a mí preguntar. ¿Cómo fue tu infancia?
Selene dudó un instante, pero continuó caminando sin detenerse.
—Crecí dentro de una estirpe de vampiros bastante poderosa. Vivíamos en una buena casa, no nos faltaba nada. Se podría decir que nací con una cuchara de plata en la boca.
Joe asintió, escuchando con atención.
—No conocí a mi madre —continuó Selene—. Murió durante el parto. A mi padre sí lo tuve durante un tiempo. Él me cuidó, me enseñó muchas cosas… pero un día también murió. O al menos eso fue lo que me hicieron creer.
Joe frunció un poco el ceño.
—¿Quién te lo hizo creer?
—Lucían. Él fue quien terminó de criarme después de la muerte de mi padre. Siempre decía que la guerra entre lycans y vampiros era inevitable, que no había otra salida.
Selene apretó ligeramente los puños mientras avanzaban.
—Con los años me enteré de la verdad. Lucían fue quien mató a mi padre. Le convenía que la guerra siguiera. Mi padre creía que era posible una tregua, que ambas especies podían convivir sin matarse todo el tiempo. Eso no encajaba con los planes de Lucían.
Joe bajó la mirada un segundo.
—Lo siento mucho, Selene.
Ella soltó un pequeño suspiro.
—Gracias. Ya pasó mucho tiempo, pero igual duele cuando lo recuerdas.
Ambos siguieron caminando en silencio por el túnel, con el eco de sus pasos perdiéndose en la oscuridad de las alcantarillas.
Un ruido extraño surgió de entre un montón de basura acumulada junto a una pared del túnel. Algo se movió, arrastrando metal oxidado y restos húmedos.
—¿Escuchaste eso? —susurró Joe, llevándose instintivamente la mano al arma.
Selene también se puso en guardia, clavando la mirada en la oscuridad.
—Salgan. Sabemos que hay alguien ahí.
Desde el interior del montón de desechos surgió una voz ronca y tranquila.
—Tranquilos… no vengo a hacerles daño. Estamos del mismo bando.
Ambos intercambiaron una mirada desconfiada. Entonces, algo pequeño se movió entre la basura y, para su sorpresa, apareció una tortuga avanzando lentamente hacia la luz.
—¿Una… tortuga? —murmuró Joe, incrédulo.
La tortuga alzó un poco la cabeza.
—Mi nombre es Lucian. Fui compañero de Fénix Roger, hace muchos años.
Selene abrió los ojos con sorpresa.
—¿Lucian?
—Sí —respondió la tortuga—. En el año 2000, Enid intentó deshacerse de mí. Me dispararon una bala de plata entre ceja y ceja. No morí al instante, pero quedé al borde de la muerte. Mi cuerpo fue arrojado a estas alcantarillas como si no valiera nada.
Joe y Selene escuchaban sin interrumpir.
—Cuando desperté aquí, apenas podía moverme. Lo único que me mantenía con vida era el deseo de no rendirme. Un día, una tortuga se acercó a mí. En mi estado, me aferré a ella… y después todo se volvió oscuro. Cuando volví a abrir los ojos, ya no tenía este cuerpo humano. Había despertado así.
Lucian movió lentamente una de sus patas, como confirmando su propia existencia.
Selene se agachó y tomó a la tortuga con cuidado entre sus manos, observándola con atención.
—Eso es… increíble.
—No es algo de lo que esté orgulloso —respondió Lucian—, pero sigo vivo. Y eso es lo que importa.
Joe cruzó los brazos.
—¿Y qué quieres de nosotros?
—Ayudarlos —dijo Lucian sin dudar—. Conozco parte de estas alcantarillas y algunos accesos que no aparecen en los planos. No puedo pelear, pero al menos puedo guiarlos y darles algo de ventaja.
Selene miró a Joe y luego volvió a mirar a la tortuga.
—Cualquier ayuda nos sirve ahora mismo.
Selene observó a Lucian unos segundos más, como si algo en sus palabras hubiera despertado un recuerdo antiguo. Bajó un poco la voz mientras lo sostenía con cuidado.
—Cuando era pequeña… mi padre solía contarme una historia antes de dormir —dijo—. Hablaba de un hombre que murió, pero no desapareció del todo.
Joe ladeó la cabeza, curioso, sin interrumpir.
—Decían que su cuerpo había quedado destruido, que ya no tenía forma de volver a él. Su alma vagó durante un tiempo, sin rumbo, hasta que encontró otro cuerpo vacío. No era el suyo, no era perfecto, pero era lo único que tenía para seguir existiendo.
Lucian permaneció en silencio, atento.
—En la historia, el hombre no cambió de cuerpo por ambición ni por poder —continuó Selene—. Lo hizo porque no quería desaparecer. Porque todavía tenía cosas pendientes, recuerdos que no estaba dispuesto a perder, personas que no quería olvidar.
Selene bajó la mirada hacia la pequeña tortuga entre sus manos.
—Mi padre decía que algo así no le podía pasar a cualquiera. Que solo una persona entre un millón es capaz de seguir aferrándose a la vida cuando el alma ya ha abandonado su cuerpo.
Lucian parpadeó lentamente.
—¿Y crees que…?
Selene asintió con suavidad.
—Creo que tú eres ese uno entre un millón, Lucian.
Durante unos segundos nadie dijo nada. El sonido distante del agua recorriendo los túneles llenó el silencio.
Joe fue el primero en hablar, con un tono más bajo.
—Supongo que no cualquiera aguanta algo así.
Lucian soltó una pequeña risa seca.
—Nunca pensé que terminaría siendo parte de una historia para niños… pero gracias. Eso ayuda más de lo que imaginan.
Selene esbozó una leve sonrisa y ajustó mejor su agarre para que Lucian estuviera cómodo.
Un rugido profundo y desgarrado recorrió el túnel como una ola de eco y vibración. El sonido hizo temblar el suelo bajo sus pies.