Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 216: El Perro de caza

CAPÍTULO 216: El Perro de caza

La oscuridad cayó de golpe.

Las luces de los túneles se apagaron con un chasquido seco, dejando el pasillo sumido en una negrura casi absoluta. Selene frenó en seco, levantando el brazo para detener a Joe. Lucian asomó la cabeza desde sus brazos, atento.

—¿Qué pasó…? —murmuró Joe, con la respiración agitada.

Un zumbido eléctrico recorrió el conducto.

A lo lejos, una única luz de emergencia se encendió, parpadeando con un tono blanco pálido. Iluminaba apenas el final del pasillo, proyectando sombras largas y deformes sobre las paredes herméticas.

Allí había una silueta.

Una figura encorvada, cubierta de tumores, con el cuerpo aún temblando.

Era Marcus.

El lycan alzó la cabeza. Su mandíbula destrozada colgaba de forma grotesca, pero aun así logró emitir sonidos.

—Fe… fe… nix… —gruñó, arrastrando las sílabas—. Ayu… da…

Dio un paso torpe hacia ellos.

Antes de que pudiera avanzar más, algo irrumpió desde la oscuridad lateral.

Un brazo enorme, desproporcionado, cubierto de músculo compacto y venas tensas, atravesó el torso de Marcus de lado a lado con un sonido húmedo y brutal.

Marcus apenas tuvo tiempo de emitir un gemido ahogado.

El brazo se tensó… y lo lanzó por los aires como si fuera un muñeco roto. El cuerpo impactó contra la pared del túnel con violencia y quedó inmóvil, deslizándose lentamente hasta el suelo.

La luz de emergencia iluminó entonces al responsable.

Un lycan gigantesco, de casi tres metros de altura.

Su cuerpo era una masa compacta de músculo denso, placas óseas marcando la piel como una armadura natural. Cada movimiento transmitía una sensación de peso y fuerza aplastante. Su respiración era profunda, pesada, casi mecánica.

Los ojos brillaban en la penumbra con un fulgor inhumano.

Selene retrocedió instintivamente, colocando a Joe detrás de ella.

—No… —susurró Joe, sintiendo cómo la sangre se le helaba.

Lucian alzó la cabeza, completamente tenso.

—Ese… ese es Fénix —dijo con voz grave—. Su forma Uber Lycan.

El monstruo dio un paso al frente. El suelo vibró levemente bajo su peso.

—No tenemos ninguna oportunidad contra eso —continuó Lucian, sin apartar la vista de la criatura—. Lo mejor es escapar. Ahora.

Selene apretó los dientes.

El aire se volvió pesado, cargado de una presión invisible, mientras el coloso avanzaba lentamente, como si ya hubiera decidido que su presa no tenía salida.

Selene reaccionó de inmediato.

—¡Corre! —gritó, tomando a Joe del brazo.

Ambos salieron disparados por el túnel, atravesando pasillos laterales y zonas técnicas. Las luces de emergencia parpadeaban mientras cruzaban frente a laboratorios cerrados, ventanales empañados y equipos abandonados. El eco de los pasos del Uber Lycan retumbaba detrás de ellos como un martillo constante.

Cada zancada de la criatura acortaba la distancia.

El suelo vibró.

Antes de que Selene pudiera girarse, una sombra enorme la cubrió por completo.

Una mano gigantesca la atrapó en pleno movimiento.

—¡Selene! —gritó Joe.

El Uber Lycan la lanzó sin esfuerzo.

El cuerpo de Selene salió despedido por el aire, girando varias veces, hasta atravesar la entrada de un laboratorio. Su espalda chocó contra la pared con violencia. El impacto le arrancó el aire de los pulmones y cayó al suelo, deslizándose entre fragmentos de vidrio y metal.

Joe levantó el arma con manos temblorosas.

—¡Aléjate de ella! —gritó, apretando el gatillo.

Los disparos resonaron en el laboratorio.

Las balas impactaron contra el cuerpo del monstruo… sin causar el menor efecto. Rebotaron o se deformaron contra la masa muscular como si fueran simples perdigones.

Joe siguió disparando hasta que el cargador quedó vacío.

—No… no… —murmuró al escuchar el clic seco del arma.

El Uber Lycan se detuvo.

Su respiración se volvió irregular. Los músculos comenzaron a contraerse de forma antinatural. Los huesos crujieron, la masa corporal empezó a comprimirse, y poco a poco la monstruosidad fue reduciendo su tamaño.

La transformación inversa ocurrió frente a ellos.

En cuestión de segundos, la bestia dio paso a una figura humanoide.

Fénix Roger.

Desnudo de toda bestialidad externa, pero con la misma presencia intimidante. Sus ojos negros con la pupila blanca observaron el entorno con una calma inquietante.

Fénix avanzó lentamente hacia Selene, que intentaba incorporarse apoyándose en un codo.

Lucian asomó desde los brazos de Selene.

—Fénix… basta. No tienes que hacer esto —dijo con firmeza.

Fénix ladeó la cabeza, observando a la tortuga con curiosidad… y luego soltó una carcajada.

—No me digas que… —se inclinó un poco—. ¿Lucian? ¿Así terminaste? De verdad, esto sí que es gracioso.

Lucian apretó la mandíbula.

—Tú no eras así.

Fénix sonrió con un gesto torcido.

—La gente cambia. Algunos más que otros.

Sus ojos regresaron a Selene.

—Bueno… se acabó el juego —dijo con frialdad—. Voy a acabar contigo ahora mismo.

Dio un paso más.

Una voz elegante y serena cortó el aire.

—No lo hagas.

Ambos giraron la mirada.

Desde la entrada del laboratorio apareció Enid Drakewood, perfectamente vestida, con el cabello impecable y una expresión tranquila, como si no estuviera en medio de una escena de caos.

—No la mates —continuó Enid—. Me va a servir para experimentos.

Lucian reaccionó de inmediato.

—¡Maldita enferma! ¡Todo esto es tu culpa! ¡Mira lo que hiciste con ellos! —gritó con rabia.

Enid lo miró un segundo… y sonrió.

—Sigues teniendo la misma boca, Lucian. Incluso siendo una tortuga.

Lucian bufó, furioso.

—Mírate… tan limpia, tan perfecta —escupió—. Como si no tuvieras las manos cubiertas de sangre hasta los hombros.

Enid mantuvo la calma, observándolo sin perder la sonrisa.




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