CAPÍTULO 218: El cazador paso a ser la presa-2
La oscuridad era absoluta. No existía el suelo, ni las paredes, ni el eco. Solo un vacío infinito, pesado, silencioso. Desde lo alto, una pequeña grieta de luz caía como un hilo débil, iluminando un único punto en medio de la nada.
Allí, encogido en posición fetal, se encontraba un joven.
No aparentaba más de dieciséis años. Su cuerpo era más pequeño, delgado, vulnerable. No había colmillos, ni garras, ni mirada salvaje. Sus ojos eran completamente normales, humanos, apagados. Medía alrededor de un metro setenta y tantos, pero su postura lo hacía parecer aún más pequeño.
Era Fénix.
Selene apareció frente a él, todavía sintiendo el peso de la sangre en sus labios, el dolor atravesándole el cuerpo como un eco lejano. Dio un paso cauteloso hacia el muchacho.
—Fénix… —dijo con voz firme, intentando que no temblara—. Oye, ¿me escuchas?
No hubo respuesta.
El joven no levantó la cabeza. Sus brazos rodeaban sus rodillas con fuerza, como si el mundo fuera algo que debía mantenerse lejos.
Selene frunció el ceño y se acercó un poco más.
—Mírame cuando te hablo —insistió—. No estoy aquí para hacerte daño.
Silencio.
Solo la respiración lenta del chico.
—¿Sabes dónde estás? —continuó Selene—. Esto no es real. Es tu mente… o algo parecido. Pero yo estoy aquí contigo.
El joven apretó aún más su cuerpo contra sí mismo. Sus labios se movieron apenas, casi en un susurro.
—No quiero salir…
Selene se quedó quieta, observándolo con atención.
—¿Salir de dónde? —preguntó—. ¿De aquí? ¿De este lugar?
El chico tragó saliva. Su voz era frágil, rota.
—No quiero seguir avanzando más…
Selene apretó los dientes, sin perder la calma.
—Escúchame —dijo con tono firme—. Afuera hay gente que está sufriendo. Hay personas que todavía creen en ti, aunque tú no lo hagas.
El joven no respondió. Mantenía la mirada clavada en el suelo invisible.
Selene dio otro paso, quedando a poca distancia.
—No puedes quedarte escondido para siempre —añadió—. No importa cuánto duela. No puedes abandonar todo.
El chico negó levemente con la cabeza.
—Ya me cansé… —murmuró—. Ya no quiero seguir.
Selene respiró hondo.
—Yo tampoco quería levantarme muchas veces —replicó—. Yo también quise rendirme. Pero sigo aquí, ¿me oyes? Sigo de pie.
Se agachó lentamente frente a él, buscando que al menos la mirara.
—Mírame, Fénix. Solo mírame.
El joven dudó unos segundos, pero no levantó la cabeza.
—No quiero… —susurró una vez más.
El joven apretó los dedos contra sus brazos. Su respiración se volvió irregular. Durante unos segundos pareció luchar consigo mismo, hasta que, finalmente, habló.
Su voz era baja, quebrada, cargada de un cansancio antiguo.
—Antes de todo esto… yo tenía la vida perfecta… —murmuró—. Tenía a la mujer perfecta… alguien que me miraba como si yo fuera su mundo. Tenía el trabajo perfecto, un futuro claro, metas, sueños… Tenía amigos que reían conmigo, que me cubrían la espalda, que creían en mí.
Hizo una pausa. Sus hombros temblaron levemente.
—Lo tenía todo… y aun así lo perdí todo.
Levantó un poco la cabeza, aunque sin llegar a mirarla directamente.
—Ahora no tengo nada. No tengo casa. No tengo nombre. No tengo rostro. Solo tengo esta oscuridad… y el ruido constante de la sangre, del dolor, de la rabia.
Tragó saliva.
—Por eso no quiero salir… —continuó—. Porque afuera no queda nada que valga la pena. Todo lo que amaba desapareció. Todo lo que era, murió.
Sus dedos se cerraron con fuerza.
—Llevo doce años aquí dentro… doce años escondido, sobreviviendo en silencio. Aquí no duele tanto. Aquí nadie me exige nada. Aquí no decepciono a nadie. No quiero volver a ese mundo que me rompió.
Finalmente, levantó la mirada. Sus ojos estaban vidriosos, cansados, pero sinceros.
—No quiero seguir avanzando… quiero quedarme aquí.
Selene lo observó en silencio durante unos segundos. Luego inhaló profundamente y habló, con una voz firme, clara, sin titubeos.
—¿Sabes qué escucho cuando hablas? —dijo—. No escucho a alguien vacío. Escucho a alguien que todavía recuerda lo que es amar, trabajar, reír, confiar. Eso no lo dice alguien muerto por dentro.
Se incorporó un poco, mirándolo directamente.
—Sí, perdiste todo. Nadie te va a quitar ese dolor. Nadie puede borrar esos años ni lo que te hicieron. Pero quedarte aquí no es vivir, Fénix. Es solo esconderte del mundo mientras otros cargan con las consecuencias de tu ausencia.
Señaló suavemente hacia su pecho.
—Tu cuerpo sigue ahí afuera. Está respirando, caminando, luchando… pero sin ti al mando. Otros están tomando decisiones por ti. Otros están usando tu fuerza, tu nombre, tu historia.
Su voz se volvió más intensa.
—Tú no naciste para ser una sombra. No naciste para huir. Todo lo que fuiste antes no desapareció, está enterrado bajo el miedo, bajo la culpa, bajo el cansancio. Y solo tú puedes recuperarlo.
Dio un paso más cerca.
—No te estoy pidiendo que olvides. Te estoy pidiendo que tomes las riendas. Que mires de frente lo que duele y decidas qué hacer con ello. Que vuelvas a tu cuerpo, que tomes el control, que seas responsable de tu propia vida otra vez.
Sus ojos se clavaron en los de él.
—Porque mientras sigas escondido, otros van a pagar el precio de tu rendición.
Hizo una breve pausa, dejando que sus palabras calaran.
—La paz no aparece cuando todo está en calma —concluyó con firmeza—. La paz viene escondida detrás de la tormenta.
El joven permaneció en silencio, respirando lentamente, mientras la pequeña luz sobre ellos parecía brillar un poco más intensa que antes.
Fénix permaneció inmóvil durante varios segundos más. Su respiración se fue estabilizando poco a poco. Finalmente, apoyó una mano en el suelo y se incorporó hasta quedar sentado. Su mirada ya no estaba tan perdida; había una chispa distinta, una mezcla de decisión y miedo.