CAPÍTULO 220: Fuga
El grupo continuó corriendo por el estrecho conducto, con la respiración agitada y el pulso desbocado. El metal frío de las paredes amplificaba cada sonido, y a lo lejos comenzaron a escucharse aullidos que recorrían el túnel como un eco salvaje.
Fénix alzó la mano de golpe.
—Ahí —señaló hacia el techo.
Una tapadera circular apenas visible se recortaba entre las tuberías. Fénix la empujó con fuerza y el óxido crujió al ceder.
—Subid, rápido.
Selene fue la primera en trepar, ayudando a Lucian a mantenerse firme entre sus brazos. Joe subió después, con esfuerzo por la pierna herida. Fénix fue el último en ascender.
Los aullidos se escuchaban cada vez más cerca.
—Vamos, vamos —apuró Selene.
Cuando los cuatro estuvieron arriba, Fénix empujó la tapadera desde dentro y la cerró con un golpe seco.
El sonido quedó sellado.
Un aire frío y húmedo los envolvió de inmediato.
Estaban en un callejón de Berlín. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de grafitis, algunas farolas parpadeaban y la luz anaranjada de los focos dibujaba sombras alargadas sobre el asfalto mojado. A lo lejos se escuchaba el murmullo lejano de la ciudad nocturna.
Un reloj digital de una tienda cercana marcaba las 00:30.
Durante unos segundos nadie habló.
Joe apoyó las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento.
—Creo… que lo logramos.
Selene observó el callejón, asegurándose de que no hubiera movimiento extraño. Solo silencio, lluvia ligera y la calma engañosa de la madrugada.
—Estamos fuera —dijo al fin—. De verdad.
Lucian asomó la cabeza desde los brazos de Selene.
—No me gusta confiarme, pero… este lugar huele a libertad.
Fénix soltó una breve exhalación y miró hacia el cielo cubierto de nubes.
Selene se incorporó lentamente, mirando el callejón y luego al cielo nocturno con expresión seria.
—No estamos realmente a salvo —dijo con voz firme—. Pero hay un lugar donde podemos reagruparnos y recuperar fuerzas: la torre del reloj del Ayuntamiento Rojo.
Joe la miró, confundido.
—¿Esa torre abandonada? —preguntó—. ¿La del Rotes Rathaus?
—Sí —respondió Selene—. Está vacía desde hace años y, al ser un edificio grande y emblemático, es fácil de defender y difícil de encontrar para quien no sepa dónde buscar.
Fénix alzó una ceja.
—He oído que esa torre está abandonada… pero no pensé que alguien quisiera vivir allí.
Selene sonrió apenas y asintió.
—Exacto. Si está abandonada, con más razón puede servirnos. Nadie la va a revisar por un rato.
Joe se irguió un poco, apoyándose en la pared.
—¿Y cuánto tardaríamos en llegar?
Selene miró su reloj digital con ligereza, calculando.
—Si caminamos desde aquí hasta Rotes Rathaus, sin parar, serían unos 35 a 40 minutos a paso rápido —explicó—. Es una zona céntrica pero no tan concurrida a esta hora de la noche.
Fénix frunció el ceño.
—¿Y si tomamos transporte?
Selene asintió con más decisión.
—Podemos ir más rápido si tomamos el tren superficial antes de que lo cierren. Hay una estación cercana: S-Bahn Alexanderplatz. Desde aquí podríamos llegar a Berlin Hauptbahnhof o cambiar en Friedrichstraße para acercarnos lo más posible a Rotes Rathaus.
Joe frunció el ceño, intentando recordar el mapa.
—¿Eso no nos aleja?
—No —respondió Selene—. El S-Bahn en Berlín funciona en superficie y conecta bien. Si tomamos el S5 o S7 desde Alexanderplatz en dirección a Spandau o Ahrensfelde/Friedrichstraße, podemos bajar en Hackescher Markt o incluso en Alexanderplatz mismo y caminar desde ahí. El trayecto en tren te quita más de la mitad de la caminata innecesaria.
Lucian la miró fijamente.
—¿Y cuánto tiempo sería?
—En tren, desde Alexanderplatz hasta Hackescher Markt o Friedrichstraße, serían unos 5–10 minutos, y luego una caminata de menos de 15–20 minutos hasta la torre. En total, incluso con transbordos, nos quedamos en unos 30 minutos como mucho, y con mucho menos esfuerzo físico.
Selene se volvió hacia los otros tres.
—Tenemos que movernos antes de que alguien nos descubra aquí. El tren es nuestra mejor opción si queremos llegar con fuerzas y sin llamar la atención.
Joe suspiró.
—Está bien. Vamos por el tren primero.
Fénix hizo un gesto de asentimiento.
El grupo llegó a la entrada de la estación S-Bahn Alexanderplatz. A esa hora de la noche, el andén estaba casi vacío. Solo algunas luces frías iluminaban los bancos metálicos y los carteles electrónicos que marcaban la próxima salida.
Se sentaron juntos, en silencio. El ambiente era tenso. Joe apoyaba la espalda contra una columna, aún pálido por la herida. Lucian permanecía quieto entre las manos de Selene. Fénix observaba las vías con los brazos cruzados.
En el panel luminoso apareció el aviso:
S7 – Dirección Potsdam Hbf – Llegada: 00:47
Selene miró la hora en su reloj.
—Faltan tres minutos —dijo en voz baja.
Nadie respondió.
El sonido lejano del tren empezó a resonar por el túnel. Las luces frontales se acercaron y el convoy se detuvo con un silbido metálico. Las puertas se abrieron.
—Vamos —indicó Selene.
Subieron rápidamente. El vagón estaba completamente vacío. No había pasajeros, solo el zumbido constante del motor y la iluminación blanca del interior.
Selene se sentó junto a Fénix. Joe ocupó un asiento cercano y Lucian quedó entre ambos.
Durante unos segundos, nadie habló.
Selene rompió el silencio.
—¿Cómo te sientes?
Fénix bajó la mirada hacia sus manos.
—Raro… —respondió—. Mi cuerpo no se siente igual. Como si algo todavía estuviera acomodándose por dentro.