Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 221: La cazadora

CAPÍTULO 221: La cazadora

Selene apretó los dientes y alzó la vista.

Sin pensarlo más, estiró los brazos y arrancó con un tirón seco una de las barras metálicas del vagón, las mismas que los pasajeros usaban para sujetarse. El metal chilló al desprenderse.

Enid seguía avanzando hacia Fénix, tranquila, confiada.

Selene dio dos pasos y descargó el golpe con todas sus fuerzas.

La barra impactó de lleno en la cabeza de Enid.

El metal se dobló… y se partió en dos.

El sonido fue seco, contundente.

Enid no cayó. Ni siquiera retrocedió.

Solo giró lentamente la cabeza por encima del hombro, con un movimiento antinatural. Un mechón de su pelo cayó sobre su rostro. Sus ojos se clavaron en Selene.

Silencio.

—…Eso ha sido una pésima idea —dijo Enid, con voz baja y tensa.

Selene respiraba agitada, aún con el resto de la barra en la mano.

—Suéltalo —dijo—. No es tuyo.

Los labios de Enid se curvaron en una sonrisa peligrosa.

—¿No es mío? —repitió—. Tú no sabes nada. No estabas cuando lo recogí. No estabas cuando lo reconstruí. No estabas cuando lo rompieron y yo lo armé de nuevo.

Se giró del todo hacia Selene, ignorando por completo a los demás.

—Tú solo apareciste ahora —continuó—. Como una intrusa.

Selene dio un paso atrás, sin bajar la mirada.

—No puedes obligarlo a quedarse contigo.

La sonrisa de Enid se deshizo.

—Puedo hacer lo que quiera —respondió, con frialdad—. Él siempre vuelve. Porque me necesita. Porque sin mí no es nada.

Miró de reojo a Fénix, aún en el suelo.

—Y tú… —añadió, volviendo a fijar los ojos en Selene—. Tú no deberías tocar lo que es mío.

Sus dedos se cerraron lentamente, tensos, como si estuviera conteniéndose.

El aire en el vagón se volvió pesado.

Enid ya no estaba jugando.

Enid se movió en el último instante.

El ataque de Fénix, torpe pero desesperado, pasó rozándole el hombro. Ella giró sobre sí misma con una precisión casi elegante, atrapó el brazo de Fénix y, en un solo movimiento, lo llevó al suelo. El impacto resonó en el vagón vacío del tren, haciendo temblar los asientos ya dañados.

Fénix quedó boca arriba, el aire escapando de sus pulmones en un jadeo seco.

—Siempre tan impulsivo —murmuró Enid, inclinándose sobre él.

Sus uñas se alargaron con un chasquido apenas audible. Una de ellas trazó un pequeño tajo en el cuello de Fénix. La sangre brotó de inmediato, caliente, brillante. Enid deslizó los dedos con cuidado hasta presionar la vena yugular.

—No os mováis —dijo, alzando la voz lo justo para que todos la oyeran—. Esta vena es tan delicada… un movimiento en falso y, ups, se rompe.

Selene se detuvo en seco, apretando los dientes.

—Suéltalo, Enid —dijo, conteniendo la rabia—. Esto ya no es control, es obsesión.

Enid sonrió, una sonrisa amplia, torcida, cargada de algo profundamente perturbador.

—¿Obsesión? —repitió—. No, Selene. Esto es amor. El único que importa. Él es mío.

Apretó un poco más los dedos, lo justo para que Fénix soltara un gemido ahogado.

—No… —intentó decir él, pero la voz apenas le salió como un susurro roto—. Enid… para…

Ella bajó el rostro, acercándolo al suyo.

—Shhh… no hables —dijo con dulzura falsa—. Me duele verte así, pero es necesario. Siempre intentas huir, siempre intentas alejarte de mí. Y aun así, el destino insiste en juntarnos.

Selene dio un paso al frente.

—No tienes derecho a decidir por él.

Los ojos de Enid se clavaron en ella, fríos, afilados.

—Claro que lo tengo —respondió—. Porque nadie lo quiere como yo. Nadie lo entiende como yo. Si no puede estar conmigo… entonces no estará con nadie.

Fénix intentó moverse, pero su cuerpo no respondió. La falta de fuerzas y la presión en su cuello lo mantenían inmóvil, atrapado entre el dolor y la asfixia.

—Enid… —logró murmurar—. Estás… equivocada…

Ella soltó una breve carcajada, baja, casi cariñosa.

—Eso es lo que más me gusta de ti —dijo—. Que incluso ahora sigues creyendo que puedes salvarme.

Levantó la mirada hacia los demás.

—Así que escuchad bien —continuó—. No os acerquéis. No respiréis fuerte. Porque un solo error… y Fénix se me escapa para siempre.

Sus dedos temblaron ligeramente, no por miedo, sino por una emoción intensa, enfermiza.

—Y eso —añadió en voz baja— no lo voy a permitir.

Fénix respiró con dificultad. Cada palabra le costaba como si tuviera cristales en la garganta, pero aun así forzó la voz.

—Enid… —dijo entrecortado—. Algo… algo te cambió.

Ella no retiró los dedos de su cuello, pero inclinó levemente la cabeza, escuchándolo.

—Yo no te conocí así —continuó Fénix, con un hilo de voz—. Antes… antes eras distinta. No eras esto. Tal vez no eras perfecta, pero eras… buena. O al menos… mejor de lo que eres ahora.

Enid frunció los labios, divertida, sin perder la presión.

—Siempre fuiste muy sentimental —murmuró.

—He tenido años para pensarlo —siguió Fénix—. Años para observarte… para atar cabos. Y lo entendí. No fue solo el poder. No fue solo el dolor. Tú… tú tienes dos caras.

Sus ojos se clavaron en los de ella.

—Dos personalidades. La Enid que conocí… la que dudaba, la que quería paz, la que soñaba con algo normal… y esta. La que controla. La que domina. La que no siente culpa.

Por un instante, el vagón quedó en silencio.

Luego, Enid empezó a reír.

No fue una risa suave ni nerviosa. Fue abierta, sincera, casi liberadora. Su carcajada resonó entre los restos del tren, haciéndole eco a algo roto dentro de ella.

—¿De verdad tardaste tanto en darte cuenta? —dijo, limpiándose una lágrima inexistente—. Pensé que eras más listo.

Se inclinó un poco más sobre él, su sombra cubriéndole el rostro.

—Tienes razón, Fénix —admitió—. La Enid que tú conociste existió. Claro que sí. Era débil. Sumisa. Tenía miedo de lo que era, de lo que podía llegar a ser. Solo quería una vida tranquila… una mentira cómoda.




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