CAPÍTULO 222: La torre del reloj
Dentro de la torre del reloj el ambiente era tenso y apresurado.
Selene y Joe se encargaban de cubrir las ventanas con tablones viejos y restos de metal oxidado. El viento nocturno se colaba por las grietas mientras la estructura crujía con cada ráfaga. La puerta principal fue asegurada con una viga atravesada, y el eco del golpe resonó por todo el interior.
En una esquina, junto a una pared de piedra húmeda, estaban Lucian y Fénix. La luz tenue que entraba desde lo alto apenas iluminaba sus rostros.
Lucian rompió el silencio.
—¿Recuerdas algo de lo que pasó durante estos doce años?
Fénix tardó unos segundos en responder.
—Recuerdos vagos —dijo—. Fragmentos. Gente, lugares… dolor. Pero no mucho más.
Lucian asintió despacio.
—Yo los pasé en una alcantarilla —añadió sin dramatismo—. Viviendo como una tortuga. Escondido, esperando a que todo terminara… o a que alguien volviera.
Fénix lo miró, sorprendido, pero no dijo nada.
—Dime una cosa —continuó Lucian—. ¿Tus heridas ya se cerraron?
Fénix flexionó la mano, luego el cuello, como comprobando su propio cuerpo.
—Sí. Ya se recuperaron. Si hace falta, puedo volver a transformarme.
La expresión de Lucian cambió por completo. Una sonrisa dura, cargada de rabia contenida, apareció en su rostro.
—Bien —dijo—. Porque si Enid vuelve a aparecer, no tendras piedad. te transformaré en tu forma de uber lycan y acabaras con ella. Esta vez de verdad.
Hubo un breve silencio.
—¿Verdad? —remató Lucian.
Fénix bajó la mirada.
—No sé si podría hacerlo —murmuró.
Lucian frunció el ceño.
—¿Por qué?
Fénix respiró hondo, sin levantar la vista.
—Porque, aunque todo esto haya pasado… —dijo con voz baja— creo que todavía la…
No terminó la frase.
Lucian lo observó en silencio, entendiendo demasiado bien lo que Fénix no se atrevía a decir, mientras el viejo reloj de la torre marcaba el paso del tiempo con un eco grave y constante.
Lucian dio un paso al frente, quedando frente a Fénix.
—No lo entiendo —dijo con voz firme—. No entiendo por qué Enid está tan obsesionada contigo. Contigo, Fénix. Como si fueras lo único que existe en su mundo.
Continuó, sin alzar la voz, pero con una dureza innegable.
—La vi cambiar. Día tras día. Al principio pensé que era miedo, luego ambición… pero no. Lo suyo es otra cosa. Es posesión. No te ve como una persona, te ve como algo que le pertenece. Como una idea que no puede perder.
Lucian negó con la cabeza.
—No importa cuánto corras, cuánto te escondas o cuánto intentes salvar lo que fue. Para ella ya no existe el pasado. Solo existe su versión del mundo, y en esa versión tú eres el centro. El ancla. El trofeo.
Alzó la mirada, clavándola en Fénix.
—Por eso no hay vuelta atrás. No se puede razonar con alguien así. No se puede negociar, ni esperar que cambie. Cada minuto que siga viva va a volver a buscarnos, va a destruir todo a su paso y va a convertir a más gente en monstruos como hizo con nosotros.
Su voz se volvió más grave.
—La única forma de acabar con todo esto es matarla. No por venganza. No por odio. Sino porque es la única salida. Si no lo hacemos, esto nunca va a terminar.
Lucian dio un paso atrás, respirando hondo.
—A veces, la única manera de salvar lo poco que queda… es aceptar que ya no hay retorno.
Un ruido seco, metálico, resonó desde lo más alto de la torre del reloj.
Selene se tensó de inmediato.
—¿Habéis oído eso? —murmuró.
Sin esperar respuesta, comenzó a subir las escaleras de piedra, estrechas y en espiral. Fénix fue tras ella, a pocos pasos, atento a cada sonido, a cada sombra proyectada por la luz débil que entraba por las rendijas.
El ascenso se hizo eterno. Sus pasos retumbaban demasiado fuerte en el silencio.
Al llegar a la punta de la torre, el espacio se abrió. El mecanismo del reloj estaba allí, inmóvil, cubierto de polvo. El viento nocturno entraba por los ventanales rotos.
No había nadie.
Selene giró lentamente sobre sí misma.
—No hay nadie, Fénix… —dijo, bajando un poco la guardia.
En ese instante, una sombra se materializó detrás de ella.
Un brazo se cerró alrededor de su cuello con fuerza brutal.
Selene jadeó, llevándose las manos a la muñeca que la atrapaba, mientras sus pies se separaban apenas del suelo.
—Selene —gruñó Fénix—. ¡Suéltala!
Enid emergió de la oscuridad, su rostro a centímetros del de Selene, con una sonrisa torcida y los ojos brillando de una forma enfermiza.
—Tranquilo, Fénix… —dijo con voz suave, casi cariñosa—. Solo estamos hablando.
Apretó un poco más. Selene tosió, luchando por respirar.
—Ahora lo entiendo todo —continuó Enid, inclinando la cabeza—. Ya lo veo claro. Tú —miró a Selene de arriba abajo— quieres robarme a mi novio.
Fénix dio un paso al frente, lleno de rabia.
—¡Estás enferma! ¡Suéltala ahora mismo!
Enid soltó una breve risa, aguda, inestable.
—¿Robármelo? —repitió—. Después de todo lo que hice por él… después de todo lo que sacrifiqué… ¿de verdad crees que voy a dejar que alguien como tú se interponga?
Selene intentó hablar, pero apenas logró emitir un sonido ahogado.
—Siempre sois iguales —prosiguió Enid, sin dejar de sonreír—. Miráis a Fénix como si fuera libre. Como si pudiera elegir. Pero él es mío. Siempre lo ha sido.
—¡Nunca lo he sido! —gritó Fénix—. ¡Y jamás podría estar con un monstruo como tú!
La sonrisa de Enid se tensó. Sus ojos se oscurecieron.
—Ten cuidado con lo que dices… —susurró—. Porque aun así… sigues siendo mío.
El viento azotó la torre, y el mecanismo del reloj crujó, como si algo estuviera a punto de romperse.
Selene reaccionó por puro instinto.
Con la poca fuerza que le quedaba, alzó la pierna y lanzó una patada directa al abdomen de Enid. El impacto no fue devastador, pero sí lo suficiente para romper el agarre. Selene cayó al suelo y rodó varios metros, alejándose como pudo, respirando con dificultad.