Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 223: La Batalla final decisiva en la torre del reloj, Fénix Roger Vs Enid Drakewood

CAPÍTULO 223: La Batalla final decisiva en la torre del reloj, Fénix Roger Vs Enid Drakewood

Enid volvió a lanzarse.

Su sombra enorme cubrió a Fénix cuando saltó con ambas garras por delante. Fénix reaccionó por puro instinto. Giró el cuerpo a un lado en el último segundo y el impacto destrozó el suelo donde él estaba un instante antes.

Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando se abalanzó hacia adelante y clavó los colmillos en el brazo de Enid. Mordió con fuerza, hundiendo los dientes en la carne dura.

Enid rugió, pero respondió de inmediato.

Le dio un golpe brutal en el hocico.

El impacto fue seco y demoledor. Fénix salió despedido hacia atrás y cayó contra el suelo con un estruendo. Antes de que pudiera levantarse, Enid ya estaba encima de él.

Le apoyó una rodilla en el pecho y llevó ambas manos a su rostro.

—Te voy a cegar —gruñó.

Sus pulgares se hundieron en los ojos de Fénix.

El dolor fue inmediato y absoluto.

Fénix aulló, un sonido desgarrador que resonó por toda la torre. Sus garras se movieron a ciegas, buscando algo, cualquier cosa. En un manotazo desesperado, logró clavar las uñas en el pecho de Enid y rasgó con todas sus fuerzas.

La carne se abrió en un tajo largo y profundo.

Enid lanzó un gruñido de rabia y se apartó de golpe, llevándose una mano al pecho ensangrentado. Retrocedió varios pasos, respirando con furia.

Fénix quedó tendido en el suelo, retorciéndose. Se llevó una mano al rostro, respirando de forma irregular. Cuando intentó enfocar, todo era borroso, distorsionado, como si el mundo estuviera cubierto por una neblina espesa.

Parpadeó varias veces.

La visión no desaparecía.

Había perdido parte de ella.

Enid lo observó desde unos metros, sonriendo pese a la herida abierta en el pecho.

En una de las esquinas, Selene se movía con rapidez entre cajas viejas, tablones rotos y restos de maquinaria oxidada. Revolvía con desesperación, apartando objetos con las manos manchadas de polvo.

—No hay nada… —murmuró, sin dejar de buscar.

Joe se acercó cojeando, apoyándose en una pared.

—Déjame ver —dijo, ayudándola a mover una caja pesada.

Selene apartó otro montón de chatarra y, entonces, la vio.

—Espera…

Se agachó y sacó una pistola de bengalas, vieja, pero intacta. La revisó en un segundo.

—Tiene una —dijo.

Joe abrió los ojos.

—¿Una sola?

—Suficiente.

Selene la recargó con manos firmes, levantó el arma y apuntó directo hacia Enid, que seguía de pie frente a Fénix.

Disparó.

El estruendo resonó en toda la torre.

La bengala no impactó en Enid. Pasó de largo y fue a incrustarse en uno de los pilares de madera del techo. Durante un segundo no ocurrió nada.

Luego, el fuego apareció.

La bengala explotó en llamas intensas y el pilar comenzó a arder al instante. La madera vieja crujió, ennegreciéndose rápido.

—¡Fallaste! —gritó Joe, alarmado.

Selene no apartó la vista del techo.

—No —respondió—. No fallé.

El pilar cedió con un sonido seco. Una parte del techo se vino abajo de golpe y cayó sobre Enid, levantando una nube de polvo, brasas y astillas en llamas.

El impacto sacudió toda la estructura.

Las llamas empezaron a extenderse sin control. Las vigas de madera prendieron rápido, una tras otra, y el fuego comenzó a subir por las paredes de la torre del reloj. El calor aumentó en cuestión de segundos.

Chispas, humo y restos ardiendo caían por todas partes.

La torre entera empezó a incendiarse.

El fuego crepitaba alrededor, pero Fénix apenas lo percibía. En su forma uber lycan no podía pensar con claridad, no como antes. Sus ideas eran fragmentos, impulsos rotos que chocaban unos con otros mientras veía a Enid incorporarse entre las llamas, gruñendo, sacudiéndose los restos del techo que habían caído sobre ella.

Aun así, su mente forzaba algo parecido al pensamiento.

No así… no de frente.

Una posibilidad cruzó su mente: lanzarse directo al cuello y desgarrarlo hasta que dejara de moverse. La imagen terminó rápido. Demasiado lenta. Enid lo superaba en fuerza y tamaño. Moriría aplastado.

Otra opción: huir, ganar tiempo, dejar que el fuego hiciera el trabajo. También lo vio claro. Enid no moriría por las llamas antes que él. Lo alcanzaría.

La tercera idea fue peor. Usar todo su cuerpo como arma, un ataque suicida, llevarla con él al vacío si la torre cedía. El final era el mismo. Oscuridad.

Las tres terminaban con su muerte.

Fénix gruñó, frustrado, apretando las garras contra el suelo ennegrecido.

Enid rugió de vuelta.

Avanzaba hacia él, lenta, segura, disfrutando el momento. Su silueta enorme se recortaba entre el fuego, los ojos brillando con una ferocidad enferma.

Entonces algo encajó.

No vencerla… inmovilizarla.

Sus músculos se tensaron. Si lograba sujetarla, aunque fuera unos segundos, si podía bloquear sus brazos, su cuello, limitar su movimiento…

Podría acabar con ella.

No con fuerza bruta. Con control.

Fénix clavó las garras en el suelo, bajó el centro de gravedad y esperó.

Enid gruñó de nuevo y aceleró el paso.

Fénix ya no pensaba en sobrevivir.

Pensaba en no dejarla moverse.

Enid se lanzó sin previo aviso.

No fue un choque de alfas ni una lucha ceremonial. Fue una pelea de perros, brutal, desordenada, sin honor. Dos cuerpos enormes chocaron entre las llamas y la madera crujiendo, rodando por el suelo como bestias salvajes.

Fénix logró envolverla con los brazos, clavó las garras intentando fijar sus hombros, buscando inmovilizarla como había planeado. Sus músculos se tensaron al límite, los colmillos descubiertos, el gruñido saliendo desde lo más profundo del pecho.

Pero no fue suficiente.

Enid era más grande. Más pesada. Más fuerte.




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