Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 224: La Batalla final decisiva en la torre del reloj, Fénix Roger Vs Enid Drakewood-2

CAPÍTULO 224: La Batalla final decisiva en la torre del reloj, Fénix Roger Vs Enid Drakewood-2

Fénix cayó boca abajo con un golpe seco.

El aire se le escapó de los pulmones y, aun así, siguió moviéndose. Arrastró el cuerpo como pudo, dejando un rastro oscuro sobre el suelo ennegrecido. Cada centímetro dolía.

Enid no le dio tregua.

Se le echó encima una y otra vez, rasguñándole la cara, el cuello, los costados. Las garras chocaban contra hueso y músculo, arrancando trozos de carne mientras Fénix apenas lograba cubrirse. Sus gruñidos eran irregulares, mezclados con jadeos forzados.

Aun así, siguió avanzando.

Se arrastró hacia el centro de la estructura, justo bajo la parte más dañada del techo. Las vigas crujían, debilitadas por el fuego. La madera ardía por dentro.

Cuando llegaron al centro, Enid volvió a lanzarse para rematarlo.

En ese instante, Fénix dejó de retroceder.

Pensó una sola cosa.

Caiste.

Giró el torso con lo poco que le quedaba y lanzó un golpe corto y brutal directo al cuello de Enid, justo bajo la mandíbula. No fue un golpe para noquearla, fue un impacto preciso, con todo el peso del cuerpo concentrado en un punto vulnerable.

El efecto fue inmediato.

Enid perdió el equilibrio un segundo.

Solo uno.

Pero fue suficiente.

El techo terminó de ceder.

Primero cayó polvo y ceniza. Luego fragmentos de madera en llamas. Después, vigas completas.

Un tronco ardiente golpeó el lomo de Enid, y su pelaje comenzó a prenderse fuego. Las llamas se extendieron rápido, alimentadas por la resina y el aire caliente. Enid rugió, retrocediendo, sacudiéndose con violencia mientras el fuego trepaba por su cuerpo.

Intentó apartarse, pero el suelo ya estaba cubierto de restos.

Más escombros cayeron.

Uno tras otro.

Vigas, placas, bloques de madera y metal descendieron desde lo alto, golpeándola con peso brutal. Enid quedó atrapada bajo una lluvia de restos ardiendo, sepultada parcialmente mientras el fuego seguía consumiendo la estructura.

Fénix se apartó rodando, respirando con dificultad.

La estrategia había sido simple y calculada desde el inicio: no vencerla en fuerza, sino llevarla al único lugar donde su tamaño y su agresividad jugaran en su contra. El centro, el punto más dañado, el lugar donde el incendio había debilitado la estructura.

No necesitaba matarla con las manos.

Solo necesitaba que el lugar lo hiciera por él.

El cuerpo de Fénix comenzó a encogerse entre espasmos irregulares. El pelaje se replegó, los huesos crujieron al reajustarse y, poco a poco, volvió a su forma humana. Cayó de rodillas y luego de lado, sin fuerzas para sostenerse.

Estaba cubierto de sangre. Demasiada.

Selene corrió hacia él y se arrodilló a su lado.

—Fénix… mírame —dijo, tomándole el rostro—. Tenemos que salir de aquí. Ahora.

Fénix intentó enfocar la mirada. Parpadeó varias veces.

—No… no puedo moverme mucho —murmuró—. Creo que… perdí más sangre de la que debería.

Selene bajó la vista. El suelo bajo él estaba empapado.

—Si te quedas así, te vas a desangrar —dijo con firmeza—. Escúchame bien.

Fénix negó con la cabeza, débil.

—No… no hagas eso.

Selene no respondió. Sacó una pequeña hoja de metal del suelo, respiró hondo y se hizo un corte limpio en la palma de la mano. La sangre brotó de inmediato.

Acercó la mano al rostro de Fénix.

—Aliméntate —ordenó—. No es una opción. Si no lo haces, te mueres aquí.

Fénix dudó. La miró a los ojos.

Fénix cerró los ojos un segundo. Luego asintió con un gesto apenas visible.

Tomó la mano de Selene con ambas manos temblorosas y bebió.

La sangre caliente recorrió su garganta y, casi de inmediato, su cuerpo reaccionó. Las heridas comenzaron a cerrarse, la piel se regeneró, los cortes profundos se sellaron uno tras otro. El sangrado se detuvo.

Cuando se apartó, respiraba con más estabilidad, pero seguía pálido y agotado.

Selene se presionó la herida y se levantó con cuidado.

—¿Mejor?

Fénix asintió lentamente.

—Sigo hecho polvo… pero ya no me estoy muriendo.

—Con eso me alcanza —dijo Selene, ayudándolo a incorporarse—. Vamos. Este lugar se va a venir abajo en cualquier momento.

Fénix apoyó el peso en ella, aún débil.

—Te debo una.

Selene lo miró de reojo.

—Me la pagas saliendo vivo de aquí.

Los escombros comenzaron a moverse con un crujido húmedo y pesado.

Una mano emergió entre las vigas quemadas.

Luego otra.

Entre el polvo y el humo apareció Enid.

Ya no estaba envuelta en llamas, pero su cuerpo era un desastre. La piel ennegrecida y agrietada, zonas completamente quemadas, otras apenas regenerándose de forma irregular.

Lo único intacto eran sus ojos.

Azules. Intensos. Vacíos.

Miraban como si atravesaran todo.

Enid escupió sangre y rió con un sonido seco.

—Mírame… —murmuró—. Mira lo que me hiciste, Fénix.

Avanzó un paso… y casi cayó. Se sostuvo de una viga, temblando.

—No siento nada bien —gruñó—. Todo me duele. Mi cuerpo… ya no responde.

Selene tensó el cuerpo, lista para atacar.

Fénix dio un paso al frente, aún apoyándose en ella.

—Ya está, Enid —dijo con voz ronca—. Admítelo. Perdiste.

Enid levantó la cabeza lentamente.

—¿Perder? —rió, pero la risa se quebró—. No… yo no pierdo. Yo nunca pierdo.

Intentó avanzar de nuevo, pero las piernas le fallaron. Cayó de rodillas con un golpe seco.

—Maldita sea… —susurró.

Fénix reaccionó por instinto. La sostuvo antes de que se desplomara por completo.

Ambos quedaron agachados, frente a frente.

Enid levantó la vista hacia él. Su expresión cambió. La furia se diluyó, reemplazada por algo tembloroso.

—Fénix… —dijo en voz baja—. Yo… no quería que esto terminara así.

Él se quedó inmóvil.




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