Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 225: La Batalla final decisiva en la torre del reloj, Fénix Roger Vs Enid Drakewood-3

CAPÍTULO 225: La Batalla final decisiva en la torre del reloj, Fénix Roger Vs Enid Drakewood-3

Enid alzó la mirada hacia Fénix, aún sostenida por él.

—No… no me vas a matar, ¿verdad? —preguntó con la voz rota.

Fénix no respondió.

—Fénix… —insistió ella—. Dime que no lo vas a hacer.

Silencio.

Ella tragó saliva.

—Respóndeme…

Fénix apretó la mandíbula. Finalmente habló, con un tono bajo, controlado, casi clínico.

—Escúchame —dijo despacio—. Todo esto… ya está llegando a su fin. No va a doler mucho. Pronto se va a acabar.

Los ojos de Enid se abrieron un poco más.

—¿De qué hablas…?

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Fénix.

—Sé lo que tengo que hacer —continuó—. La única forma de detenerte es sacarte el corazón.

Una lágrima cayó sobre el suelo ennegrecido.

—Todo va a terminar pronto.

Enid lo miró durante un segundo… y algo en su expresión cambió.

De repente, reaccionó.

Escupió sangre directamente a los ojos de Fénix.

—¡Maldito…!

Fénix gritó y se apartó de inmediato, llevándose las manos al rostro.

—¡Mis ojos…!

Enid aprovechó el instante. Se incorporó tambaleándose, forzando un cuerpo que ya no respondía bien.

—Aún no… —empezó a decir—. Aún puedo…

La frase se cortó en seco.

Un disparo resonó en la torre.

La bala atravesó su espalda con violencia, perforó la médula espinal y salió por el abdomen en una explosión de sangre.

Enid quedó rígida.

Giró la cabeza lentamente.

Frente a ella, con el arma aún humeante, estaba joe.

—Se acabó —dijo él con la voz temblorosa.

Lucian alzó la voz desde atrás.

—¡Eso te pasa por zorra!

Enid cayó de rodillas… y luego de costado, golpeando el suelo sin poder moverse.

En su mente, todo se volvió claro de golpe.

No puedo sentir las piernas.

Intentó mover los dedos.

Nada.

La médula…

Sintió cómo la herida se cerraba, la carne regenerándose a la fuerza… pero algo no encajaba.

No responde.

Comprendió entonces.

Plata.

La bala había sido de plata.

La herida se cerró… pero el daño ya está hecho.

No voy a volver a moverme.

Sus ojos azules se llenaron de rabia… y de algo más cercano al miedo.

—No… —susurró apenas—. No así…

Fénix, aún limpiándose la sangre de los ojos, la miró desde unos pasos de distancia.

Enid Drakewood quedó tendida en el suelo, consciente, viva… pero inmovilizada.

Por primera vez en su vida, sin control alguno.

Fénix se limpió la sangre de los ojos con el dorso del antebrazo, respirando con dificultad. Cada inhalación le quemaba los pulmones, pero aun así avanzó hacia ella. Enid yacía en el suelo, el cuerpo inmóvil, la mirada perdida en un punto invisible del techo derrumbado.

—Esto se ha acabado… —murmuró él, más para sí mismo que para ella.

En ese instante, el cuerpo de Enid se estremeció. Un espasmo violento recorrió su espalda y, entre crujidos húmedos y un sonido antinatural de huesos recolocándose, volvió a transformarse. La carne quemada se retorció, la piel ennegrecida se abrió para dar paso a la bestia que aún vivía en su interior. Sus ojos azules, intactos, brillaron con un odio puro.

Fénix sintió el instinto responder antes que la razón. Su cuerpo, aún debilitado, cambió de forma. Los músculos se tensaron, las garras emergieron, los colmillos descendieron. El dolor seguía ahí, la fatiga no había desaparecido, pero la furia le dio un último impulso.

Ambas bestias se lanzaron al mismo tiempo.

El impacto fue brutal. Rodaron entre escombros y polvo, gruñendo, arañando, intentando dominarse mutuamente. Enid intentó clavarle las garras en el pecho, pero Fénix giró el cuerpo con torpeza y, guiado por un reflejo ancestral, hundió los colmillos en su cuello.

Un alarido desgarrador rompió el aire.

La sangre brotó caliente, espesa, y el mundo pareció detenerse durante un segundo eterno.

Y entonces… todo cambió.

El olor a hierro y ceniza desapareció.

Fénix abrió los ojos.

Estaba de pie sobre arena blanca, fina, cálida bajo sus zapatos. El sonido del mar reemplazaba cualquier recuerdo de explosiones o gritos. El cielo era de un azul limpio, casi irreal, y el sol se reflejaba en aguas tranquilas que se extendían hasta el horizonte.

Una playa en Malasia.

Se miró a sí mismo. Su cuerpo estaba intacto, sin heridas, sin sangre. Vestía como siempre: el uniforme impecable de Enid Corp, saco oscuro perfectamente planchado, camisa formal, corbata ajustada con precisión. Sus manos no temblaban. No había dolor. No había cansancio.

Solo silencio.

Fénix frunció el ceño, confundido, mientras una sensación extraña le oprimía el pecho. Sabía que algo no encajaba. Sabía que aquello no podía ser real… y aun así, el viento salado, el murmullo del mar y la calma absoluta parecían decirle lo contrario.

—¿Qué… es esto? —susurró, sin obtener respuesta.

Fénix avanzó unos pasos sobre la arena, aún intentando comprender dónde estaba, cuando la vio.

Sentada en la orilla, con los pies descalzos tocando el agua, estaba Enid.

Su apariencia era distinta a la de hacía unos instantes. No había quemaduras ni heridas, ni rastro del dolor que había deformado su cuerpo. Vestía ropa clara, sencilla, y el viento marino movía suavemente su cabello. Aun así, sus ojos seguían siendo los mismos. Esos ojos azules imposibles de olvidar.

Fénix se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco.

—No… —murmuró, dando un paso atrás.

Enid giró la cabeza y lo miró con calma. No había odio en su expresión, solo una serenidad extraña.

—Hola, Fénix.

Él no respondió. Se quedó quieto, con el cuerpo tenso, como si esperara otro ataque.

—Tranquilo —continuó ella con voz suave—. No tienes nada que temer. Soy yo. La de siempre.




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