Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 226: Enid Drakewood

CAPÍTULO 226: Enid Drakewood

Año 1801.

Un carruaje de madera oscura avanzaba lentamente por una carretera de tierra, flanqueada por árboles desnudos y colinas cubiertas de niebla. No era un carruaje común. Sus herrajes eran finos, el blasón tallado en las puertas delataba linaje y poder. En su interior viajaba una familia lycan de sangre noble: los Drakewood.

El padre, de porte recto y mirada severa, observaba el camino con atención. La madre, elegante incluso en la quietud, sostenía entre sus manos un pequeño pañuelo bordado. Frente a ellos iba su hija, Isabella Drakewood, una niña de no más de diez años, curiosa y silenciosa.

De pronto, el carruaje se detuvo.

El cochero tiró de las riendas con brusquedad.

—Mi señor… —dijo con voz tensa—. Hay algo en el camino.

El padre asomó la cabeza y lo que vio hizo que su expresión se endureciera.

A pocos metros, junto a la carretera, yacía una escena de horror absoluto.

Cuerpos.

Demasiados.

Hitanos. Un campamento entero reducido a un silencio antinatural. Hombres, mujeres, niños… todos asesinados. Algunos con signos de desgarros, otros con heridas imposibles de atribuir a animales comunes. La sangre oscurecía la tierra, y el aire estaba cargado de un olor metálico y denso.

Isabella se llevó una mano a la boca.

—Mamá…

La madre fue la primera en bajar del carruaje.

Ignoró la advertencia de su esposo y avanzó entre los cuerpos con pasos lentos, conteniendo la respiración. Sus ojos recorrieron la masacre hasta que algo llamó su atención.

Entre los cadáveres, una mujer yacía apoyada contra una rueda rota. Su expresión estaba congelada en un gesto de protección. En sus brazos, envuelto en telas manchadas de sangre, había un bebé.

Vivo.

No lloraba. No se movía. Simplemente miraba.

La madre Drakewood se arrodilló de inmediato y apartó con cuidado los brazos rígidos de la mujer sin vida. Al tomar al bebé en brazos, sintió el calor de su pequeño cuerpo.

—Está viva… —susurró.

El padre descendió del carruaje con rapidez.

—No —dijo con firmeza—. No podemos llevarla.

Ella lo miró, sin soltar a la criatura.

—Es solo un bebé.

—Es una hitana —respondió él—. No sabemos qué ocurrió aquí. Puede estar infectada. Puede ser peligrosa. No pondré a nuestra familia en riesgo.

El bebé alzó ligeramente la vista.

Ojos azules.

De un azul intenso, antinatural para alguien tan pequeño. No había miedo en ellos. Tampoco llanto. Solo una calma inquietante, como si comprendiera más de lo que debería.

Isabella bajó del carruaje y se acercó despacio.

—Papá… no parece mala.

El padre apretó los puños.

—Isabella, vuelve al carruaje.

Pero la madre no escuchaba.

Sostuvo al bebé contra su pecho y, por primera vez, su voz no tembló.

—Mírala —dijo—. No hay oscuridad en ella. No hay corrupción.

—Eso no lo sabes —replicó él—. Nuestro deber es con los Drakewood.

Ella cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, habló con una convicción que hizo que incluso el viento pareciera detenerse.

—Nuestro deber no es solo con nuestro nombre —dijo—. Es con el futuro.

Miró al bebé con ternura.

—Esta niña… —continuó, como si hablara más consigo misma que con los demás—. Ha nacido entre muerte y fuego, y aun así respira en silencio. No llora, no teme. Eso no es debilidad.

Acarició suavemente la mejilla de la pequeña.

—Esta niña va a lograr grandes cosas —susurró—. No lo sé por qué, pero lo siento. Su vida no será sencilla, ni amable… pero será importante. Cambiará destinos, romperá cadenas y hará temblar a quienes crean controlar el mundo.

El padre la observó largo rato. Vio en los ojos de su esposa una determinación que conocía bien. La misma que había forjado la grandeza de su casa.

Finalmente, exhaló con pesadez.

—Si la llevamos… ya no habrá marcha atrás.

La madre asintió.

—Nunca la hay, cuando se elige lo correcto.

Isabella sonrió con timidez al mirar al bebé.

El carruaje avanzaba de nuevo, crujiendo sobre la carretera mientras la niebla comenzaba a cerrarse a su alrededor. En su interior, el silencio era espeso, roto solo por el balanceo de las ruedas y la respiración tranquila del bebé.

El padre fue el primero en hablar.

—Elena… —dijo con voz grave—. Sabes que esto cambiará todo.

La mujer levantó la mirada. Su nombre era Elena Drakewood, y en sus ojos no había duda alguna.

—Lo sé, Alaric —respondió—. Pero hay decisiones que no se toman con la cabeza, sino con el alma.

Alaric Drakewood, señor de la casa, apoyó los codos sobre las rodillas y pasó una mano por su barba incipiente.

—Si esta niña resulta ser lo que temo… —murmuró—, nuestra familia cargará con las consecuencias.

Elena bajó la vista hacia la pequeña, que dormía plácidamente, ajena al peso de aquellas palabras.

—Si resulta ser lo que presiento —contestó—, entonces el mundo también cargará con ellas.

Isabella, sentada frente a sus padres, observaba al bebé con fascinación.

—Mamá… —dijo con suavidad—. ¿Ella es mi hermana ahora?

Elena sonrió y asintió lentamente.

—Sí, Isabella. Desde hoy lo es.

La niña se acercó con cuidado.

—¿Puedo cargarla?

Alaric dudó, pero finalmente asintió.

—Con cuidado.

Elena colocó al bebé en brazos de Isabella. La pequeña Drakewood se tensó al principio, temiendo hacerle daño, pero enseguida notó lo liviana que era.

—Es tan tranquila… —susurró—. No llora.

El bebé abrió los ojos azules y la miró fijamente.

Isabella sintió un leve escalofrío.

—Me está mirando —dijo—. Como si me conociera.

Elena observó aquella escena con atención. Algo profundo se movió en su interior, una certeza imposible de explicar.

—Alaric —dijo entonces—. No podemos llamarla como fue llamada antes. Su vida anterior terminó ahí fuera.




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