Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 227: Enid Drakewood-2

CAPÍTULO 227: Enid Drakewood-2

Era pasada la medianoche y la mansión Drakewood se encontraba en su punto más alto de actividad. Todos los invitados habían llegado ya: nobles, comerciantes influyentes y figuras importantes del mundo lycan llenaban el gran salón entre música suave, risas contenidas y copas alzadas. Sin embargo, en una esquina apartada, Enid permanecía sentada en silencio, observando la escena con evidente desagrado. Aquella atmósfera le resultaba pesada, artificial, como si no perteneciera a ese lugar.

Mientras jugaba distraídamente con el borde de su copa, una sombra se detuvo frente a ella.

—¿Puedo sentarme? —preguntó una voz joven.

Enid alzó la vista. Frente a ella había un muchacho de su edad, bien vestido pero sin el aire altivo de la mayoría de los presentes.

—Si quieres —respondió ella con indiferencia.

El joven tomó asiento y esbozó una sonrisa tranquila.

—Mi nombre es Bruce Whitmore —dijo—. Mi familia llegó esta noche desde el norte.

—Enid Drakewood —contestó ella—. Supongo que ya lo sabías.

—Era difícil no saberlo —admitió Bruce—. Aunque pareces ser la única que no está disfrutando de la velada.

Enid soltó una breve risa nasal.

—No me gustan este tipo de cenas. Todo el mundo sonríe demasiado y habla como si cada palabra fuera un acuerdo oculto.

Bruce la miró con interés genuino.

—Entonces no soy el único. Vine obligado por mi padre. Dice que estas reuniones son importantes para el futuro.

—Nuestros padres parecen pensar siempre en el futuro —replicó Enid—, pero nunca preguntan si queremos formar parte de él.

Bruce asintió lentamente.

—Supongo que esperan que aceptemos lo que nos toca sin quejar-nos.

Enid lo observó durante unos segundos, sorprendida.

—No hablas como los demás.

—Lo tomo como un cumplido —respondió él—. Tú tampoco encajas mucho con el resto.

Por primera vez en la noche, Enid sonrió de verdad.

—Tal vez por eso estamos aquí, sentados en un rincón.

—Tal vez —dijo Bruce—. Aunque no me molesta. Es agradable hablar con alguien que no intenta impresionar.

—Lo mismo digo —contestó ella—. Esta noche se me estaba haciendo eterna.

La música continuó sonando a lo lejos, pero para Enid, por primera vez desde que comenzó la cena, el tiempo pareció avanzar un poco más deprisa.

Desde ese día, Enid no lo supo, pero aquel pequeño encuentro casual cambiaría el futuro para siempre. Lo que comenzó como una conversación sencilla, en un rincón olvidado de la mansión Drakewood, fue en realidad el inicio de algo mucho más profundo. Esa noche, sin darse cuenta, Enid conoció su primer amor.

Un sentimiento nuevo, silencioso y persistente empezó a echar raíces en su interior, creciendo con el paso de los años hasta volverse inseparable de quien ella era. Sin embargo, aquello que nació como algo puro y sincero no estaba destinado a permanecer intacto.

Porque de ese amor, en un futuro aún lejano, surgiría la condena para alguien más.

Al día siguiente, el campo de la familia Drakewood se extendía bajo un cielo despejado, bañado por una luz suave y cálida. El aire era limpio, y el canto lejano de los pájaros acompañaba la quietud del lugar. Enid estaba sentada bajo un árbol frondoso, con la espalda apoyada en el tronco y la mirada perdida entre las hojas que se mecían con el viento.

Isabella apareció poco después y, sin pedir permiso, se sentó a su lado. Apenas pasó un segundo antes de que soltara una risa contenida.

—Así que… Bruce —dijo, alargando el nombre con tono burlón.

Enid giró el rostro de inmediato, frunciendo el ceño.

—No empieces.

—¿Cómo no voy a empezar? —respondió Isabella, sonriendo—. Te escuché toda la noche. No sabías si mirarlo o huir.

—Estás exagerando —replicó Enid, cruzándose de brazos—. Solo hablamos.

Isabella la observó unos segundos con atención, como si la estuviera midiendo.

—No lo veo como tu alma gemela —dijo al fin, encogiéndose de hombros—. Es simpático, sí, pero no es… eso.

—¿Eso qué? —preguntó Enid, divertida—. ¿Ahora eres experta en destinos?

—Tal vez —contestó Isabella con una sonrisa ladeada—. Yo creo que tú no terminarás con alguien tranquilo, ni predecible. Será alguien roto, peligroso incluso. Alguien que cargue con demasiadas sombras… y aun así, no podrás apartarte de él.

Enid soltó una carcajada.

—Eso es absurdo —dijo, negando con la cabeza—. Pareces una vieja adivina.

—Ríete todo lo que quieras —respondió Isabella, mirándola de reojo—. Cuando llegue ese alguien, te acordarás de mí.

Enid volvió a apoyar la cabeza contra el árbol, aún sonriendo.

—Si llega ese día —dijo con ligereza—, te invitaré a recordármelo. Hasta entonces, déjame disfrutar del presente.

Isabella no respondió. Solo observó el campo frente a ellas, con una expresión tranquila, como si ya hubiera visto algo que Enid todavía no podía comprender.

Todo había sido paz en la vida de Enid… hasta ese día.

Era de noche cuando regresaba del pueblo. El camino estaba en silencio, demasiado tranquilo. Al llegar a la mansión Drakewood, algo no encajaba. No había luces encendidas. Ninguna. La casa, que siempre brillaba incluso en la oscuridad, parecía ahora un bloque muerto.

Enid empujó la puerta principal.

El olor la golpeó primero.

Sangre.

Sus pasos se detuvieron en seco. Frente a ella había un auténtico festín de muerte. Los cuerpos de sus padres yacían esparcidos por el suelo, destrozados, irreconocibles en algunos puntos. Las paredes estaban manchadas, los muebles volcados, el suelo cubierto de huellas y restos.

El mundo se le apagó.

No gritó. No corrió. No reaccionó.

Entonces la vio.

Isabella estaba en el suelo, apoyada contra una columna caída. Apenas respiraba. Su vestido estaba empapado de sangre y su pecho subía y bajaba con dificultad.

—…Enid… —murmuró con un hilo de voz.




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