CAPÍTULO 228: Enid Drakewood-3
Así pasaron los siglos.
Enid no se quedó quieta ni un solo instante. Viajó de un continente a otro, cruzó imperios que nacieron y cayeron, caminó entre guerras, revoluciones y eras de falsa paz. Aprendió a combatir no solo con fuerza bruta, sino con técnica, estrategia y paciencia. Cada enfrentamiento le dejaba una lección. Cada enemigo, una corrección. Con el tiempo, su experiencia en combate superó a la de cualquier lycan o vampiro de su época.
Al mismo tiempo, experimentó. Observó cuerpos distintos, sangres distintas, mutaciones raras. Analizó linajes completos, mezclas imposibles, errores genéticos y anomalías que la naturaleza parecía haber creado por accidente. Buscaba algo concreto: el ADN perfecto. La base de una nueva raza que no heredara las debilidades de las anteriores.
En ese camino se cruzó con muchas personas. Algunas murieron. Otras fueron usadas como pruebas fallidas. Ninguna era suficiente.
Hasta que apareció Fénix.
Su genética era una aberración perfecta. No encajaba en ningún patrón conocido. No estaba claro si aquello se debía a que era la reencarnación del Décimo Engendro, o a su linaje imposible: nieto de un goblin, hijo de un wendigo. Lo único seguro era que su ADN contenía la fórmula que Enid llevaba siglos buscando.
Fénix no era solo fuerte. Su cuerpo se adaptaba, resistía, mutaba sin colapsar. Era el molde ideal para descifrar la nueva especie.
El problema no era él.
El problema era el tiempo.
En 2012, incluso con todos los recursos de Enid Corp, la tecnología aún no estaba lo suficientemente avanzada. Podían aislar fragmentos, copiar secuencias, forzar mutaciones… pero no recrear con precisión aquello que hacía único a Fénix.
La respuesta estaba ahí, delante de ella.
Pero el mundo todavía no estaba listo para entenderla.
La playa de Malasia volvió a materializarse con claridad. El sonido suave de las olas, la brisa cálida y el cielo teñido de tonos anaranjados rodeaban a Fénix y a Enid. Todo lo que había visto, todo lo que había sentido, acababa de atravesarlo por completo. No eran fragmentos sueltos: eran siglos enteros comprimidos en un instante.
Enid fue la primera en hablar. Su voz sonó más baja, menos segura.
—Ahora ya lo sabes todo —dijo—. No voy a sentirme mal si me odias. Te quité la libertad. Te rompí por dentro.
Fénix se puso de pie sin decir nada. La miró durante unos segundos y luego dio un paso al frente. Antes de que Enid pudiera reaccionar, la rodeó con los brazos.
—No te odio —dijo con firmeza—. Después de ver todo… lo entendí. Entendí cada paso, cada error, cada decisión.
Enid intentó apartarse, apoyando las manos contra su pecho.
—No —murmuró—. No tienes derecho a perdonarme.
Fénix no la soltó.
—Claro que lo tengo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Enid. Su respiración se volvió irregular.
—Deberías odiarme —le gritó, con la voz quebrada—. Todo esto… todo lo que te hice…
Fénix también empezó a llorar. Cerró los ojos un instante y apoyó la frente contra la de ella.
—No puedo —respondió—. No después de comprenderlo todo.
Enid dejó de resistirse. Su cuerpo tembló y se aferró a él con fuerza, como si en ese abrazo se le fuera la vida. Cuando se separaron apenas unos centímetros, quedaron cara a cara, mirándose en silencio.
Entonces, sin decir nada más, se besaron.
Se separaron despacio del beso. El silencio volvió a envolver la playa, solo roto por el vaivén constante del mar. Enid bajó la mirada unos segundos y luego respiró hondo, como si reuniera fuerzas.
—No me molestaría pasar el resto de mis días en prisión —comenzó, con la voz serena—. Es lo que merezco. Todo lo que hice, todo el dolor que causé… lo aceptaría sin quejarme.
Levantó la vista y lo miró de frente.
—Pero no quiero pasar lo que me queda de existencia en una silla de ruedas. No quiero arrastrarme, depender de otros, convertirme en una sombra de lo que fui. No así.
Fénix negó con la cabeza de inmediato.
—No —dijo, con la voz quebrada—. No te voy a matar.
Las lágrimas empezaron a caerle sin que pudiera detenerlas. Apartó la mirada, perdido en la nada, como si el peso de todo lo vivido lo aplastara de golpe.
—No puedo… no después de todo esto.
Enid dio un paso adelante y le tomó el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla. Su expresión era extrañamente suave, casi cálida.
—Escúchame —dijo—. Pase lo que pase, hiciste más de lo que nadie habría podido hacer. Me diste algo que no tenía desde hace siglos.
Apoyó su frente contra la de él.
—Si de verdad te importa algo de mí, entonces hazme este favor —continuó—. Rehaz tu vida. Sé feliz. Vive por los dos. No mires atrás por mi culpa.
Fénix no respondió. Solo cerró los ojos mientras las lágrimas seguían cayendo, sosteniendo su rostro como si temiera que, al soltarla, todo desapareciera.
Enid respiró hondo. Su voz tembló al principio, pero poco a poco fue ganando firmeza, como si ya hubiera tomado una decisión imposible de revertir.
—Tienes que hacerlo… —dijo en voz baja—. Es la única manera en la que podré descansar de verdad. He vivido demasiado tiempo cargando con esto, con las muertes, con las decisiones, con las culpas. Ya no quiero seguir luchando.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin que intentara ocultarlas.
—No pienses que te voy a abandonar —continuó—. Nunca lo haré. Aunque no esté, aunque no puedas verme ni oírme… siempre voy a estar contigo. En cada paso que des, en cada vez que respires hondo y sigas adelante.
Su voz se quebró.
—Quiero que vivas sin este peso. Que no me recuerdes como un monstruo, sino como alguien que, al final, eligió parar.
Fénix no pudo soportarlo más. Dio un paso al frente y la abrazó con fuerza, como si quisiera fundirse con ella, como si ese gesto pudiera detener el tiempo. Enid correspondió al abrazo de inmediato, aferrándose a él con desesperación.