CAPÍTULO 229: Una difícil decisión
En la realidad, los dos Uber lycan seguían enfrentados entre llamas, escombros y metal retorcido. Todo ocurría a una velocidad brutal. En un instante decisivo, Fénix reunió las pocas fuerzas que le quedaban y, con un movimiento seco y definitivo, atravesó el pecho de Enid.
El impacto fue limpio, rápido. No hubo gloria en ello, solo un silencio pesado.
Fénix retiró la mano y, sin mirar, cerró los dedos. El final llegó en ese gesto. El cuerpo de Enid comenzó a perder tamaño, la monstruosa forma se desvaneció y volvió a ser humana, frágil, quemada, rota.
Entonces Fénix alzó la cabeza y soltó un aullido.
No fue un grito de victoria.
Fue un lamento.
El sonido recorrió toda la torre del reloj, atravesó las paredes, se filtró por las grietas y se perdió en la noche de Berlín. A medida que el suero Uber lycan perdía su efecto, Fénix cayó de rodillas y volvió a su forma humana. El aullido se quebró, se transformó en llanto.
Sostuvo el cuerpo de Enid entre sus brazos. Ya no había tensión, ya no había rabia. No había pulso.
Fénix apoyó la frente contra la de ella, temblando.
—Lo siento… —susurró—. Ojalá el mundo hubiera sido distinto contigo. Ojalá hubieras tenido la paz que tanto buscaste… aunque fuera tarde.
Apretó los ojos, dejando caer las lágrimas sobre el rostro inmóvil.
—Fuiste mi amor, incluso cuando todo estaba mal. Incluso cuando no debía serlo. Descansa… ya no tienes que luchar más.
El fuego seguía crepitando a su alrededor, pero para Fénix el mundo estaba en silencio. Solo él, el cuerpo de Enid, y un amor que había terminado de la única forma posible.
Semanas después, las pantallas de televisión en toda Alemania interrumpieron su programación habitual.
En los noticieros apareció el rostro de Enid Drakewood acompañado por un cintillo sobrio.
“Falleció Enid Drakewood, reconocida filántropa y empresaria, a causa de un trágico accidente ocurrido semanas atrás. Las autoridades han confirmado que no hubo intervención de terceros. Drakewood era conocida por su apoyo a fundaciones sociales, proyectos de reconstrucción urbana y ayudas humanitarias tanto en Alemania como en el extranjero.”
Las imágenes mostraban edificios con las luces apagadas en señal de respeto, velas encendidas en distintos puntos de Berlín y mensajes de condolencia de figuras públicas. La ciudad estaba de luto. Para muchos, Enid había sido una mujer influyente, generosa y visionaria. Nadie conocía la verdad completa.
El funeral se celebró en el Waldfriedhof Dahlem, uno de los cementerios más exclusivos y silenciosos de Berlín, rodeado de árboles altos y senderos de grava perfectamente cuidados.
Había mucha gente. Empresarios, políticos, benefactores, antiguos aliados y personas comunes que alguna vez habían recibido ayuda de Enid. Todos vestidos de negro, todos en silencio.
Entre ellos estaban Fénix, Selene y Lucian, este último en su discreta forma de tortuga, quieto junto a Fénix.
Fénix permanecía sentado, apoyado contra una lápida cercana, con la mirada perdida y el cuerpo cansado, como si las semanas no hubieran logrado borrar el peso de aquella noche.
El sacerdote habló con voz grave y serena.
—Hoy despedimos a una mujer que dejó una huella imborrable en esta ciudad. Una mujer compleja, fuerte, adelantada a su tiempo. Que encontró en ayudar a otros una razón para seguir adelante…
El discurso continuó, palabras de consuelo, recuerdos públicos, elogios medidos. Fénix apenas escuchaba. Selene permanecía unos pasos atrás, respetando su silencio.
Cuando el acto terminó, uno a uno los asistentes comenzaron a retirarse. Las flores cubrían la tumba. El murmullo se apagó hasta que solo quedaron ellos.
Fénix se levantó despacio y caminó hasta la tumba de Enid Drakewood. Se agachó y dejó un ramo de flores sencillas, nada ostentosas.
Lucian observó en silencio. Selene bajó la mirada.
Fénix habló en voz baja, solo para ella.
—Voy a volver… —dijo—. No una vez. Muchas. Te lo prometo.
—Y voy a intentar cumplirlo… intentar vivir. Intentar hacer algo bueno con lo que queda de mí.
Respiró hondo.
—Descansa, Enid.
El viento movió suavemente las hojas de los árboles. Berlín seguía su curso, indiferente, mientras en ese rincón del cementerio se cerraba una historia que nadie más conocería por completo.
Fénix se inclinó y tomó con cuidado a Lucian, acomodándolo entre sus brazos como si aquel gesto fuera lo único que aún podía hacer bien. La pequeña tortuga no dijo nada, pero permaneció quieta, sintiendo el temblor que recorría el cuerpo de su amigo.
A unos pasos, Selene lo observaba.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.
Fénix asintió sin levantar la mirada.
—S-sí… estoy bien.
Pero sus hombros estaban tensos, y su cabeza seguía agachada, como si el peso del mundo descansara sobre su cuello.
Selene dio un paso más y negó despacio.
—No lo estás —dijo—. Se te nota. Lo veo en tus ojos.
Fénix apretó un poco más a Lucian. Sus labios temblaron. Intentó decir algo, pero las palabras no salieron. Entonces se quebró.
—Y-yo… yo no… —balbuceó, y la voz se le rompió por completo.
Las lágrimas comenzaron a caer, una tras otra, sin control. Su respiración se volvió irregular, entrecortada, y el llanto salió como si hubiera estado contenido demasiado tiempo.
Selene no dudó. Se acercó y lo abrazó con fuerza, rodeándolo con los brazos, sin importar que Lucian quedara entre ambos. Fénix apoyó la frente en su hombro, derrotado.
—Ya está… ya está —susurró Selene—. No tienes que ser fuerte ahora. No aquí. No conmigo.
Fénix lloraba en silencio, sacudido, mientras Selene seguía sosteniéndolo.