Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 230: Rutina diaria

CAPÍTULO 230: Rutina diaria

Habían pasado nueve meses desde el funeral de Enid.
La fecha era 18 de septiembre de 2013.

Gracias a los contactos de Joe, todo había quedado cuidadosamente enterrado. Identidades nuevas, historiales limpios y un silencio comprado en los lugares adecuados. Fénix y Selene ahora vivían en Múnich, en un apartamento de tres ambientes, luminoso, en un barrio tranquilo y con una calidad de vida más que decente. Nada lujoso, pero estable. Seguro.

Selene había conseguido trabajo en un supermercado de barrio, como cajera. No era el trabajo de su vida, pero le daba algo que necesitaba: rutina.

Era media tarde. El supermercado estaba casi vacío.

Una señora de unos ochenta y cinco años, encorvada pero firme, avanzó lentamente hasta la caja de Selene. Colocó sus compras con cuidado: pan, leche, un poco de fruta, arroz y una lata de sopa.

—Buenas tardes, querida —dijo la anciana con una sonrisa amable.

—Buenas tardes —respondió Selene, pasando los productos por el lector.

La mujer abrió su bolso y comenzó a sacar monedas. Muchas monedas.

Las colocó una por una sobre el mostrador.

—A ver… cincuenta… sesenta… setenta… —murmuraba.

Selene miró el reloj de la caja de reojo. No había fila, pero el proceso era eterno.

—No se preocupe, tómese su tiempo —dijo, aunque su tono ya empezaba a tensarse un poco.

—Es que hoy tengo que ajustar bien —respondió la mujer—. La pensión no alcanza como antes, ¿sabe? Antes todo era distinto.

Selene forzó una leve sonrisa.

La anciana siguió contando… y luego empezó a hablar.

—Yo trabajé cuarenta años en una fábrica de textiles. Mi marido era ferroviario. Murió hace quince años… pobre hombre, nunca se acostumbró a la jubilación.

Selene asintió sin decir nada, pasando ahora a recoger las monedas ya contadas.

—Tuvimos tres hijos. Dos se fueron a vivir lejos… casi no llaman. El tercero… bueno, ese me da más dolores de cabeza que alegrías.

—Ajá… —respondió Selene, mecánica.

La mujer suspiró.

—La juventud de hoy no sabe lo que es sacrificarse. Todo rápido, todo fácil… antes no era así.

Selene apretó un poco la mandíbula.

—Son 6,80 euros, señora —dijo, intentando cerrar la operación.

—Sí, sí, ya voy… —respondió la anciana, volviendo a hurgar en el bolso—. ¿Le conté que conocí a mi marido en una estación de tren?

Selene respiró hondo.

—No, todavía no —dijo, con una sonrisa claramente forzada.

—Fue en el 52… llovía muchísimo…

Selene apoyó un segundo las manos en el mostrador, mirando al vacío, claramente harta, aunque intentando mantener la compostura.

Finalmente, la anciana reunió el dinero exacto y lo empujó hacia ella.

—Aquí está. Gracias por escucharme, querida. Hoy casi no hablé con nadie.

Selene tomó el dinero, le entregó el recibo y la miró a los ojos.

—Que tenga un buen día —dijo, esta vez con un tono un poco más sincero.

—Igualmente, corazón.

La mujer se alejó lentamente con su bolsa.

Cuando desapareció por la puerta automática, Selene soltó el aire que había estado conteniendo.

—Increíble… —murmuró para sí—. Necesito un café urgente.

El pitido de la caja anunció al siguiente cliente, y Selene volvió a colocarse la máscara de rutina, mientras en su mente, por un segundo, deseó estar en cualquier otro lugar.

Horas después, ya entrada la noche, Selene llegó al apartamento.

Cerró la puerta con cuidado y dejó las llaves en el pequeño mueble del recibidor. El olor a comida caliente flotaba en el aire, mezclado con especias suaves y algo horneado. Desde la cocina se escuchaban platos y el sonido del extractor.

—¿Fénix? —llamó mientras se quitaba la chaqueta.

—En la cocina —respondió él con voz tranquila.

Selene avanzó y lo encontró frente a los fogones, con una camiseta sencilla y el delantal puesto. La encimera estaba limpia, los platos ordenados y la basura ya preparada junto a la puerta para sacarla después. Fénix se movía con naturalidad, como si ese papel le perteneciera desde siempre.

Sobre la mesa, cerca de la ventana, estaba Lucian en su forma de tortuga, acomodado dentro de una caja adaptada con una manta pequeña y una lámpara de calor.

—Veo que el amo de casa sigue cumpliendo —dijo Selene, apoyándose en el marco de la puerta.

Fénix sonrió de lado.

—Alguien tiene que mantener este lugar en pie. Además, cocinar me ayuda a pensar… o a no pensar demasiado.

—Eso suena peligrosamente saludable —respondió ella—. ¿Qué hiciste de comer?

Fénix levantó la tapa de una olla.

—Pasta con salsa casera, verduras salteadas y un poco de pollo. Nada complicado, pero llena el estómago.

Selene asintió, sinceramente aliviada.

—Después del día que tuve, comer cualquier cosa caliente ya es un milagro.

Lucian levantó un poco la cabeza desde su caja.

—Huele mejor que la mayoría de los banquetes que vi en siglos —comentó con voz grave—. Lo admito.

Fénix miró hacia él.

—Eso viniendo de alguien que vivió en castillos lo tomo como un cumplido.

—Lo es —respondió Lucian—. Aunque sigo sin entender cómo acabé compartiendo piso con un lycan que cocina mejor que muchos chefs humanos.

Selene se sentó a la mesa y dejó escapar un suspiro largo.

—Hoy una señora me contó toda su vida mientras pagaba con monedas —dijo—. Centavo por centavo.

Fénix sirvió los platos con calma.

—Eso también es parte de empezar de nuevo —comentó—. Vidas pequeñas, problemas pequeños… comparado con lo que dejamos atrás.

Selene lo miró un segundo más de lo habitual, notando el cansancio silencioso en su rostro.

—Gracias por la cena —dijo finalmente.




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