Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 231: Hermanos de armas

CAPÍTULO 231: Hermanos de armas

El antiguo edificio central de Enid Corp, ubicado en Berlín, se había convertido en una sombra de lo que fue.

Tras la muerte de Enid Drakewood, las acciones comenzaron a desplomarse en cuestión de días. Los inversores retiraron su capital, los socios rompieron contratos y las investigaciones internas salieron a la luz. Sin liderazgo, sin dirección y con demasiados secretos comprometedores, la compañía entró en una caída irreversible. En menos de tres meses, el valor bursátil se redujo a cifras ridículas.

Lo poco que quedaba de las acciones fue absorbido por Virus Corp, una poderosa empresa china especializada en genética avanzada y biotecnología experimental. La adquisición fue silenciosa y rápida. Oficialmente, se trató de una compra estratégica de patentes y activos científicos. Extraoficialmente, fue un saqueo ordenado.

Sin embargo, el edificio principal nunca fue reutilizado.

Actualmente figura como clausurado por riesgo estructural y revisión legal, pero en la práctica está abandonado. Las ventanas superiores permanecen cubiertas con polvo y algunas con tablones. El logotipo de Enid Corp sigue en la fachada, oxidado y parcialmente desprendido.

Solo hay un guardia de seguridad que vigila el perímetro las veinticuatro horas. Un hombre contratado por Virus Corp para evitar intrusiones, saqueos o curiosos. No patrulla el interior. No tiene autorización para entrar más allá del vestíbulo.

Dentro, el tiempo parece haberse detenido.

Oficinas con papeles esparcidos. Laboratorios con equipos aún conectados. Cámaras de contención apagadas. Documentación clasificada acumulando polvo.

Y en algunos sectores restringidos… todavía permanecen cuerpos.

Cadáveres que nunca fueron oficialmente registrados. Restos de experimentos que nadie quiso reclamar. Nadie los retiró. Nadie limpió esas salas.

Virus Corp solo se llevó lo valioso.

El resto quedó allí.

Como un mausoleo corporativo.

Como un recuerdo incómodo de todo lo que Enid Drakewood intentó construir.

La madrugada era densa y silenciosa alrededor del antiguo edificio de Enid Corp. Una neblina baja cubría el asfalto del estacionamiento, y el único punto de luz provenía de la pequeña casilla de seguridad junto a la verja principal.

El guardia estaba sentado en su silla plegable, con un café tibio entre las manos y una radio apoyada sobre la mesa. Miraba distraído una pantalla donde varias cámaras mostraban pasillos vacíos y puertas cerradas.

Entonces escuchó algo.

Un sonido húmedo.

Un crujido.

Como huesos pequeños partiéndose.

Frunció el ceño.

—Otra vez estos idiotas… —murmuró, convencido de que serían jóvenes intentando grabar vídeos en el edificio abandonado.

Tomó la linterna y salió al exterior.

El aire era frío. El viento movía ligeramente unas bolsas de basura cerca de los contenedores laterales. El hombre avanzó despacio, iluminando el suelo, los muros, las sombras.

El sonido volvió a repetirse.

Más cerca.

Más desagradable.

Rodeó los contenedores y apuntó la linterna hacia una esquina oscura.

Y lo vio.

Un cuerpo encorvado, sentado en el suelo, cubierto de protuberancias irregulares que deformaban su silueta. Tumores sobresalían bajo la piel en distintas partes del torso y el cuello. En algunas zonas crecían mechones gruesos de pelo oscuro que no seguían ningún patrón natural.

Entre sus manos sostenía algo pequeño.

Una rata.

La estaba devorando viva.

El guardia dio un paso atrás, sobresaltado.

—¿Qué demonios…?

La criatura se detuvo.

Su espalda se tensó.

Muy despacio, giró la cabeza.

La luz de la linterna iluminó su rostro.

Era peor de lo que el hombre había imaginado.

La mandíbula parecía mal encajada. Un ojo sobresalía ligeramente más que el otro. La piel estaba marcada por cicatrices y zonas inflamadas. Los labios retraídos dejaban ver dientes irregulares y manchados de sangre fresca.

Pero lo más perturbador era la expresión.

Había conciencia en esa mirada.

La criatura abrió la boca.

Y solo dijo una palabra.

—Fénix.

La voz era rasposa. Forzada. Como si cada sílaba doliera.

Aquel monstruo alguna vez fue Marcus Blackwood.

Ahora, en los rumores que circulaban entre los pocos que sabían algo, era conocido como El Merodeador.

El guardia intentó reaccionar. Su mano buscó la radio. Abrió la boca para gritar.

No tuvo tiempo.

Marcus se abalanzó con una velocidad antinatural. El golpe lo derribó contra el asfalto. La linterna rodó varios metros, girando sobre sí misma hasta quedar apuntando hacia el cielo.

El hombre trató de inhalar aire para pedir ayuda.

Pero una mano deformada le cubrió la boca.

Los dientes descendieron.

No hubo grito.

Solo el sonido húmedo y repetitivo de algo desgarrándose en la oscuridad.

Minutos después, el estacionamiento volvió a quedar en silencio.

La linterna seguía encendida, iluminando la niebla.

Y, junto a los contenedores, ya no quedaba nada que pudiera responder cuando alguien preguntara por el guardia nocturno.

Marcus se apartó del cuerpo sin vida y se limpió la boca con el dorso de la mano deformada. Sus ojos, desiguales y hundidos, miraron una última vez el edificio clausurado.

—Fénix… —murmuró otra vez, como si el nombre fuera una herida abierta.

Luego se internó en el callejón lateral, avanzando entre sombras, arrastrando ligeramente una pierna que no parecía encajar del todo con el resto de su anatomía. Su silueta se fue perdiendo en la oscuridad hasta desaparecer por completo.

El estacionamiento quedó en silencio.

Durante unos segundos, nada ocurrió.

Entonces, el cuerpo del guardia comenzó a convulsionar.

Primero fue un espasmo leve en los dedos. Luego un arqueo brusco de la espalda. Sus huesos crujieron con un sonido seco y progresivo. La piel empezó a tensarse, como si algo desde dentro intentara abrirse paso.




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