Code Fénix Maximum

CAPÍTULO ESPECIAL: Enid Drakwood-4 FINAL

CAPÍTULO ESPECIAL: Enid Drakwood-4 FINAL

En 1989, en la zona industrial cercana a Kreuzberg, especialmente en los alrededores de Schlesisches Tor y las calles próximas al antiguo muro, comenzaron a organizarse carreras clandestinas de motocicletas. La zona era ideal: calles amplias, sectores industriales con poco tránsito nocturno y almacenes abandonados que servían como puntos de reunión.

Las carreras se realizaban principalmente los viernes y sábados por la noche, entre la medianoche y las tres de la mañana.

Perfecto. Lo reescribo en formato narrativo continuo, sin punteos.

Las carreras no eran eventos abiertos. Nadie llegaba por casualidad. Para estar allí hacía falta una invitación o, al menos, la recomendación de alguien que ya formara parte del círculo. El punto de encuentro variaba cada semana: a veces era un aparcamiento industrial casi vacío, otras un almacén abandonado o una explanada cercana a las vías ferroviarias en desuso. Los motores se alineaban bajo luces tenues, y antes de cualquier arranque se organizaban las apuestas.

El dinero se manejaba únicamente en efectivo. Las sumas cambiaban de mano antes incluso de que las motos se colocaran en posición. Algunos apostaban por un piloto concreto, otros por quién marcaría el mejor tiempo y algunos se arriesgaban calculando la diferencia exacta de segundos entre el primero y el segundo. El pozo crecía rápido. El ganador se llevaba una parte considerable del total, además de una cantidad fija previamente acordada con los organizadores, que siempre retenían su comisión.

No existía una categoría oficial de motos, pero predominaban las deportivas japonesas y modelos europeos de alta cilindrada. Muchas estaban modificadas. Los escapes eran más ruidosos de lo normal, las suspensiones estaban reforzadas, el peso reducido al mínimo y los motores ajustados para exprimir cada kilómetro por hora adicional. No había nada extraordinario en ellas, solo trabajo mecánico y obsesión por el rendimiento.

Antes de comenzar, el recorrido se explicaba con precisión. A veces era una recta larga entre naves industriales; otras, un circuito improvisado que giraba por varias calles casi desiertas; en ocasiones, un tramo paralelo al muro donde el tránsito nocturno era escaso. La salida se daba con una señal manual o una bandera improvisada. Cuando el brazo bajaba, los motores rugían al mismo tiempo.

Aunque eran clandestinas, las reglas eran claras. No se permitían sabotajes ni interferencias directas. Si alguien provocaba un accidente de forma intencional, quedaba fuera del circuito para siempre. Tampoco se toleraban armas. El objetivo era correr y ganar dinero, no crear un conflicto mayor. Si aparecía la policía, nadie discutía: las motos se dispersaban en diferentes direcciones y el punto quedaba vacío en cuestión de segundos.

En puntos estratégicos había personas vigilando. Avisaban con luces o señales si detectaban patrullas. Otros recorrían el perímetro en motocicletas secundarias para asegurar que el trayecto estuviera despejado. Todo funcionaba con rapidez y coordinación.

El ambiente era cerrado, casi hermético. Mecánicos revisando tornillos a última hora, pilotos ajustándose los guantes, apostadores contando billetes bajo la luz amarillenta de un farol. Radios portátiles escupiendo música, humo flotando en el aire frío y motores en ralentí vibrando contra el asfalto. El dinero cambiaba de manos con la misma velocidad con la que las motos cruzaban la meta. Y en ese entorno, la reputación valía casi tanto como el efectivo.

Era un sábado, ocho en punto de la noche. El aire de Kreuzberg estaba cargado de humo y gasolina. Las motos ya comenzaban a reunirse en la explanada industrial cercana a las vías, y el murmullo de las apuestas se mezclaba con el sonido seco de motores probándose uno tras otro.

Enid Drakewood llegó con casco negro bajo el brazo y chaqueta de cuero ajustada. No era una espectadora. Esa noche iba a correr.

Atravesó el grupo sin detenerse y se dirigió directamente al interior de una oficina improvisada dentro de un antiguo almacén. Era una habitación pequeña con una mesa metálica, dos sillas y una lámpara colgante. Detrás del escritorio estaba el jefe de las apuestas, un hombre de unos cuarenta años con libreta, cigarrillo y varios fajos de marcos alemanes perfectamente ordenados.

Él levantó la vista cuando ella entró.

—Así que tú eres la nueva —dijo mientras cerraba la libreta—. ¿Vienes a correr o solo a mirar?

—Vengo a correr.

El hombre la observó unos segundos, evaluando.

—Si ganas, te llevas 3.000 marcos. Más el porcentaje habitual del pozo, que suele rondar los 1.500.

Enid no se sentó. Dejó el casco sobre la mesa con calma.

—Es poco.

El hombre soltó una risa corta.

—Para alguien que no ha corrido aquí antes, es más que justo.

—No para mí.

El silencio duró unos segundos. Desde fuera se escuchó el rugido de un motor acelerando.

—4.000 marcos fijos —dijo él finalmente—. Y el porcentaje del pozo.

Enid negó ligeramente con la cabeza.

—6.000 fijos. Y el porcentaje completo que le corresponde al ganador.

El hombre apoyó el cigarrillo en el cenicero.

—Nadie empieza en 6.000.

—Entonces busca a otra persona para llenar la parrilla.

Ella tomó el casco, dispuesta a marcharse. Él levantó la mano.

—Espera. 5.000 fijos. Más el 60% del pozo.

Enid lo miró sin cambiar la expresión.

—6.500 fijos. Y el 70% del pozo.

El hombre la estudió con más atención. No parecía nerviosa.

—6.000 fijos. 70% del pozo. Y si abandonas antes de la segunda vuelta, no cobras nada.

—Si abandono es porque mi moto deja de funcionar, no porque me rinda.

—Eso lo veremos.

Hubo un momento de silencio.

—6.000 marcos fijos —repitió él—. Más el 70% del pozo total. Acuerdo cerrado.

Enid extendió la mano.




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