CAPÍTULO 232: Viejas caras
Era media tarde en el apartamento de Múnich. La luz entraba por la ventana del living mientras Fénix pasaba el trapo por el suelo. La casa estaba ordenada, la ropa doblada sobre el sillón y la cena ya descongelándose para más tarde.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Miró la pantalla.
Agnes.
Como casi todas las tardes.
Se limpió las manos en el pantalón y atendió.
—Hola, Agnes.
—Hola, ¿te agarro ocupado? —preguntó ella desde Washington D.C., con ese tono directo de siempre.
—Limpiando. Nada nuevo.
—Claro, el amo de casa oficial —bromeó ella—. ¿Cómo están?
—Bien. Selene está trabajando. Lucian… siendo Lucian.
—Me imagino —respondió Agnes—. Acá todo tranquilo. Mucho trabajo. El laboratorio me está matando.
—¿Otra vez turnos dobles?
—Sí. Y encima cambiaron al supervisor. Un desastre.
Fénix apoyó el teléfono entre el hombro y la oreja mientras acomodaba unas cosas sobre la mesa.
—Deberías descansar más.
—Lo mismo podría decir de ti —contestó Agnes sin darle importancia—. ¿Estás durmiendo mejor?
Fénix hizo una pausa breve.
—Más o menos.
—Ajá… bueno. Si necesitas algo, ya sabes.
—Lo sé.
Hubo un pequeño silencio cómodo.
—Solo llamaba para asegurarme de que siguen vivos y no incendiaron el departamento —dijo ella con ligereza.
—Todo bajo control.
—Bien. Te llamo mañana.
—Como siempre.
—Cuídate, Fénix.
—Tú también, Agnes.
La llamada terminó. Fénix dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a lo suyo. Afuera, la tarde seguía tranquila, como cualquier otra.
Fénix dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a pasar el trapo por el suelo.
—Siempre llama a la misma hora… —se oyó una voz desde lo alto del mueble del salón.
Fénix alzó la vista.
Lucian estaba acomodado sobre el borde, observándolo con esa expresión tranquila que nunca cambiaba.
—¿Escuchaste todo? —preguntó Fénix sin sorpresa.
—No hacía falta escuchar mucho —respondió Lucian—. Parece que tienen una relación bastante cercana con Agnes.
Fénix se encogió ligeramente de hombros y apoyó el trapo en el balde.
—Desde que nos conocimos en el 2000 hemos tenido una relación bastante cercana.
Lucian ladeó la cabeza.
—Trece años no es poco tiempo.
—No —admitió Fénix—. Pasaron muchas cosas en ese tiempo.
—Y aun así sigue llamando todos los días.
Fénix tomó el balde y lo llevó hacia la cocina.
—Es su forma de asegurarse de que seguimos bien. Siempre fue así.
Lucian lo observó en silencio unos segundos.
—No todos mantienen ese tipo de constancia.
Fénix dejó el balde en el fregadero y abrió el grifo.
—Agnes es insistente. Y organizada. Si algo no cambia, lo convierte en rutina.
—¿Y eso te molesta?
—No.
Fénix cerró el grifo y secó sus manos.
—A veces es bueno que algo sea estable.
Lucian no respondió. Solo lo siguió mirando desde lo alto del mueble mientras el apartamento volvía a quedar en calma.
La noche había caído sobre Múnich y, como cada día, el apartamento estaba en calma. Fénix y Selene cenaban en silencio, el sonido de los cubiertos y la televisión de fondo llenando el espacio.
Selene dejó el tenedor a un lado.
—¿Lo sientes? —preguntó, mirando hacia la puerta.
Fénix alzó la vista.
—¿Qué cosa?
—Como si… nos estuvieran observando.
Fénix se quedó quieto unos segundos. Su expresión cambió apenas.
—Sí… —admitió—. Yo también lo noto.
El ambiente se tensó.
Entonces, el timbre sonó.
Ding-dong.
Ambos se miraron.
Fénix se levantó.
—Voy a ver.
Caminó hasta la puerta y la abrió.
Nada.
El pasillo estaba vacío. Silencioso.
Frunció el ceño y cerró.
Apenas dio un paso hacia atrás—
Ding-dong.
Volvió a abrir.
Otra vez, nadie.
Selene ya estaba de pie, alerta.
—¿Ves algo?
—No… —respondió Fénix, cada vez más molesto.
Cerró de nuevo.
Un segundo de silencio.
Ding-dong.
Fénix exhaló con fastidio.
—Vale, ya está.
Se giró con intención de abrir de golpe, claramente irritado. Caminó decidido hacia la puerta, agarró el picaporte y la abrió con brusquedad.
—¡¿Se puede sab—?!
Desde el suelo, justo en el umbral, una mano deformada emergió.
Uñas largas, afiladas, piel irregular.
Se cerró con violencia sobre el brazo derecho de Fénix.
—¡—!
La criatura tiró hacia abajo con una fuerza brutal, intentando arrastrarlo. Fénix reaccionó al instante, apoyando el otro brazo contra el marco de la puerta, resistiendo con todo su cuerpo.
—¡Selene!
El suelo parecía ceder, como si algo desde abajo estuviera reclamándolo.
La mano se tensó aún más.
Y entonces, desde la oscuridad, una voz rasposa, inhumana, dijo una sola palabra:
—Fénix.
Los ojos de Fénix se abrieron de golpe.
—…Marcus.
El tirón fue más fuerte.
Un segundo.
Un crujido seco.
Y luego—
Un corte.
No fue limpio, pero sí definitivo.
La sangre salpicó el umbral mientras el brazo de Fénix era arrancado a la altura del bíceps y desaparecía bajo el suelo junto con la criatura.
Fénix cayó hacia atrás con un grito ahogado, golpeando el suelo del apartamento.
El pasillo quedó vacío.
La puerta abierta.
Y el eco de ese nombre… todavía flotando en el aire.
Selene corrió hacia él y se arrodilló a su lado.
—¡Fénix!
La sangre manchaba el suelo, pero él, apretando los dientes, levantó la cabeza.
—Estoy… bien… —forzó, respirando con dificultad.
Selene miró el muñón de su brazo, esperando lo peor… pero entonces lo vio.
La herida comenzó a cerrarse.
Primero la hemorragia disminuyó, luego la carne empezó a regenerarse lentamente, como si algo invisible estuviera reconstruyendo lo que faltaba. No era rápido, no era perfecto, pero estaba ocurriendo.