CAPÍTULO 233: Lugar seguro
Los tres irrumpieron fuera del edificio casi tropezando. La puerta se cerró de golpe detrás de ellos.
Durante un segundo, solo se escuchó su respiración agitada.
Entonces empezó.
Aullidos.
Uno.
Luego varios.
Después decenas.
Desde el interior del edificio, los sonidos comenzaron a multiplicarse, retumbando por los pasillos, filtrándose por las ventanas abiertas. Gruñidos, golpes contra las paredes, puertas chocando… como si todo el lugar hubiera cobrado vida.
Selene apretó a Lucian contra su pecho.
—Tenemos que alejarnos ya.
Fénix asintió y comenzaron a correr por las calles de Múnich, iluminadas por farolas que apenas lograban romper la oscuridad de la noche. El eco de los aullidos los perseguía.
Fénix respiraba de forma irregular, claramente alterado.
—¿Qué mierda fue eso…? —dijo, mirando hacia atrás por un segundo.
Selene no dejó de correr.
—Cálmate.
—¡¿Cómo quieres que me calme?!
—Escucha —replicó ella, firme—. Por lo que parece, Marcus… cuando mata o infecta a alguien… los convierte en algo parecido a él.
Fénix frunció el ceño, procesando la idea.
—¿Una infección…?
—Sí. Y se está expandiendo —añadió Selene—. Se está formando una manada… cada vez más grande.
Fénix soltó un suspiro tenso.
—Genial… justo lo que faltaba.
En ese momento, bajó la mirada.
Su brazo.
La herida seguía cerrándose, pero aún sangraba.
—Mierda…
Selene lo vio y se detuvo un instante.
—Quieto.
Sin dudar, se arrancó un trozo de tela de su propia ropa y lo presionó contra la herida, improvisando una venda firme.
Fénix apretó los dientes por el dolor.
—No te muevas.
Terminó de ajustarla con rapidez.
—Esto debería aguantar por ahora.
Fénix asintió, respirando hondo.
—Gracias…
Un nuevo aullido, más cercano, resonó en la distancia.
Ambos se miraron.
No hacía falta decir nada.
Y volvieron a correr.
—¿A dónde vamos? —preguntó—. No tenemos ningún lugar seguro.
Selene no bajó el ritmo.
—Tengo una idea.
—Pues suéltala ya.
—Alaska.
Fénix frunció el ceño.
—¿Alaska?
—Sí. Allí hay una fortaleza de vampiros —continuó Selene—. Es una comunidad bastante aislada. Son… diferentes.
—¿Diferentes cómo?
—Pacíficos. No consumen sangre humana, solo de animales. Eligieron ese camino hace mucho tiempo.
Fénix la miró con escepticismo.
—Eso suena demasiado bonito para ser verdad.
—Mi madre pertenecía a esa comunidad —añadió Selene—. Si queda alguien de esa época, probablemente nos reciban.
Fénix soltó una risa corta, sin humor.
—Muy bonito todo, pero hay un pequeño detalle: yo soy un lycan. Y los vampiros y los lycan no se llevan precisamente bien.
Selene asintió levemente.
—Lo sé.
—Entonces…
—Esta comunidad no es como las demás —lo interrumpió ella—. Ni siquiera apoyaron a Lucian cuando comenzó su guerra.
Fénix la miró, sorprendido por ese dato.
—¿En serio?
—Sí. Se mantuvieron al margen de todo eso.
Hubo un breve silencio mientras seguían corriendo.
—Así que… no deberían tener problema contigo —añadió Selene—. O eso espero.
Fénix suspiró.
—Genial. Cruzar medio mundo con una posible horda detrás para confiar en un “ojalá”.
—¿Tienes otra idea?
Fénix no respondió.
—Eso pensé —dijo Selene.
Un nuevo aullido cortó el aire.
Más cercano.
Fénix apretó el paso.
—Vale… Alaska entonces. Pero más vale que funcione.
—Más vale —respondió Selene sin detenerse.
Año 2005 — Laboratorios de Enid Corp, Berlín
Sala de contención — Registro interno
La sala estaba sellada herméticamente. Cristales reforzados, luces frías y un silencio pesado, interrumpido únicamente por el zumbido constante de las máquinas.
Detrás del vidrio, dentro de la cámara de contención, una figura permanecía encadenada.
O lo que quedaba de ella.
Varios científicos observaban desde el exterior, rodeados de pantallas que mostraban constantes vitales completamente fuera de lo normal.
—Registro activo —dijo uno de ellos, ajustando sus gafas—. Proyecto T-409.
Otro científico revisaba los datos en una tableta.
—El suero híbrido fue inyectado hace seis horas en el sujeto designado: Marcus Blackwood.
Un tercero intervino, sin apartar la vista del interior de la cámara.
—La reacción ha sido… extrema.
Dentro, el cuerpo de Marcus temblaba de forma violenta. Sus músculos se contraían sin control, como si algo dentro de él estuviera forzando cada cambio.
—Está mutando —continuó el segundo—. Los tumores comenzaron a aparecer a los veinte minutos de la inyección.
En las pantallas se mostraban imágenes ampliadas de su piel.
Protuberancias irregulares crecían bajo la superficie, deformando su anatomía.
—La piel se está deteriorando y regenerando al mismo tiempo —añadió otro—. Es inestable.
Un sonido seco resonó desde el interior.
CRACK.
Uno de los huesos de Marcus se reacomodó de forma antinatural.
Su espalda se arqueó.
—Su altura está aumentando —dijo el primero—. Ha crecido al menos veinte centímetros desde el inicio del proceso.
—Esto no estaba previsto…
—Nada de esto lo estaba.
Marcus levantó la cabeza lentamente.
Sus ojos, antes humanos, ahora reflejaban algo completamente distinto.
Confusión.
Dolor.
Y algo más oscuro.
Abrió la boca, pero no salió ningún grito claro. Solo un sonido distorsionado, como si su garganta ya no respondiera correctamente.
—Los niveles de agresividad están subiendo —informó uno de los técnicos.
—Refuercen la contención.
Las cadenas vibraron cuando Marcus intentó moverse.
La estructura metálica crujió bajo la tensión.