Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 235: Alaska, un lugar seguro-2

CAPÍTULO 235: Alaska, un lugar seguro-2

Horas después, el avión finalmente aterrizó.

Alaska los recibió con un golpe de frío seco y un viento constante que parecía atravesar la ropa. Todo era blanco, inmenso… y silencioso.

Fénix y Selene descendieron del avión junto a los pocos pasajeros. Lucian permanecía quieto entre ellos.

Nada más pisar tierra firme, Selene sacó un mapa doblado de su mochila y lo abrió con cuidado, sujetándolo para que el viento no se lo arrancara.

—Bien… —murmuró, observando con atención—. Tenemos que llegar al Mount Huntington.

Fénix se acercó un poco, mirando el mapa.

—¿Ahí están esos… Nocturnos Blancos?

—En teoría, sí —respondió ella—. Es donde debería estar su fortaleza.

Selene recorrió el mapa con el dedo, calculando distancias.

—No hay rutas directas hasta allí —añadió—. Es terreno complicado.

Fénix suspiró.

—Perfecto.

Selene levantó la mirada.

—Pero tengo una idea de cómo llegar.

Fénix la miró, esperando.

—Podemos tomar transporte hasta un punto cercano… algún pueblo o base de montaña —explicó—. Desde ahí, seguimos a pie.

—¿Y cuánto es “a pie”?

Selene hizo una breve pausa.

—Bastante.

Fénix soltó una pequeña risa cansada.

—Genial… viaje, frío extremo y caminata suicida. Plan perfecto.

Selene ignoró el comentario.

—No tenemos muchas opciones.

El viento sopló con más fuerza, levantando nieve del suelo.

Fénix miró hacia el horizonte blanco.

—Entonces no perdamos tiempo.

Selene dobló el mapa con rapidez.

—Sígueme.

El viento helado golpeaba sin descanso mientras avanzaban por el terreno cubierto de nieve. Sus pasos crujían en el silencio del paisaje blanco.

Selene caminaba unos pasos por delante, sin girarse.

—Fénix…

Él levantó ligeramente la mirada.

—Perdón por lo de antes… en el avión.

Fénix guardó silencio un instante.

—No pasa nada —respondió al final, con voz baja.

Selene asintió levemente, aunque él no pudiera verlo.

—Nos queda un largo camino —añadió, ajustándose la mochila—. Pero si mantenemos el ritmo… en unas cinco, seis horas deberíamos llegar.

Fénix miró hacia el horizonte helado.

—Entonces sigamos.

El viento volvió a soplar con fuerza.

Y sin detenerse, continuaron avanzando.

Múnich — Zona de carga, envío con destino a Alaska

El puerto estaba envuelto en el ruido constante de maquinaria pesada, motores en marcha y órdenes gritadas entre trabajadores. Era ya de noche, pero la actividad no se detenía.

Varios operarios terminaban de asegurar los últimos contenedores en el carguero.

—Vamos, que este es el último —gritó uno, haciendo señas al operador de la grúa.

El gancho descendió lentamente… pero cuando intentaron levantar uno de los contenedores, algo no cuadró.

La estructura metálica crujió levemente.

—¿Qué demonios…? —murmuró otro trabajador, mirando el panel.

—¿Cuánto pesa esto?

El operador revisó los datos.

—No lo sé… no figura.

—¿Cómo que no figura?

El trabajador se acercó al lateral del contenedor.

Nada.

Ni etiquetas claras.

Ni procedencia.

Ni contenido.

Solo un código genérico mal impreso.

—Esto no está registrado —dijo frunciendo el ceño.

—Pues alguien pagó para que lo estuviera —respondió otro, encogiéndose de hombros—. Y bastante bien.

El primero lo miró.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente como para no hacer preguntas.

Hubo un breve silencio.

El viento sopló entre las estructuras del puerto, haciendo vibrar levemente el metal del contenedor.

CLONK.

Un golpe seco resonó desde dentro.

Los dos trabajadores se quedaron quietos.

—…¿Escuchaste eso?

El otro dudó un segundo.

—Seguro que es la carga moviéndose.

CLONK.

Otra vez.

Más fuerte.

El primero tragó saliva.

—Eso no suena a carga.

El operador desde arriba gritó.

—¡Oye! ¿Lo subo o qué?

Los dos se miraron.

Un segundo.

Dos.

El que había mencionado el dinero soltó un suspiro.

—Nos pagaron por cargarlo… no por abrirlo.

El otro no parecía convencido.

Pero finalmente dio un paso atrás.

—Hazlo.

La grúa tensó el cable.

El contenedor se elevó lentamente, emitiendo un chirrido metálico mientras era colocado junto al resto.

Dentro…

El silencio volvió.

Pero solo por un momento.

El motor rugió con fuerza mientras el enorme carguero comenzaba a separarse lentamente del puerto. Las luces de la ciudad quedaron atrás poco a poco, reflejándose en el agua oscura.

Las cuerdas fueron soltadas.

El barco avanzó.

Y el viaje comenzó.

En la cubierta, varios tripulantes observaban cómo el puerto se hacía cada vez más pequeño.

—Otro viaje largo… —murmuró uno, apoyado en la barandilla.

—Sí… —respondió otro, cruzado de brazos—. ¿Cuánto crees que tardaremos esta vez?

El primero se encogió de hombros.

—Ni idea. Depende del clima, de las rutas…

Un tercer tripulante, más experimentado, intervino sin apartar la vista del horizonte.

—Aproximadamente unas dos o tres días.

Los otros dos lo miraron.

—¿Tanto?

—Es Alaska —respondió con calma—. No está precisamente a la vuelta de la esquina.

El viento golpeaba con fuerza, más frío a medida que se alejaban.

—Si el clima se pone feo, incluso más —añadió.

El primero soltó un suspiro.

—Genial… dos o tres días metidos en esta cosa.

—Podría ser peor.

—Siempre puede ser peor.

Hubo un breve silencio.

El barco seguía avanzando, cortando el agua con un ritmo constante.

Muy por debajo de ellos…

En las profundidades del cargamento.

Entre contenedores sellados.

Oscuridad.

Silencio.




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