CAPÍTULO 237: Alaska, un lugar seguro-4
El viento helado golpeaba sin piedad mientras los tres avanzaban entre la nieve espesa. Cada paso se hundía varios centímetros, dificultando el avance en aquellas montañas interminables.
Fénix caminaba unos pasos detrás, respirando con pesadez. Su ropa estaba cubierta de escarcha, y su brazo vendado ya comenzaba a endurecerse por el frío.
—¿Cuánto falta…? —preguntó, con la voz cansada pero firme.
Selene, que iba al frente abriendo camino, no se detuvo. Solo giró ligeramente la cabeza.
—No mucho —respondió—. Pronto llegaremos.
Lucian, envuelto y sujeto contra el pecho de Selene, apenas asomaba la cabeza, observando en silencio.
Fénix frunció el ceño.
—Eso dijiste hace una hora.
Selene suspiró, esta vez deteniéndose y desplegando el mapa entre sus manos, que ya temblaban por el frío.
—El pueblo se llama Vandrel —explicó, señalando un punto casi imperceptible—. Es pequeño… casi olvidado. Pero una vez lleguemos allí, estaremos cerca.
Fénix se acercó un poco más, mirando el mapa sin demasiado interés.
—¿Cerca de qué exactamente?
Selene levantó la mirada, seria.
—De los Nocturnos Blancos.
El viento volvió a soplar con más fuerza, como si reaccionara a esas palabras.
Hubo un breve silencio.
Fénix exhaló vapor por la boca.
—Más vale que ese sitio exista de verdad.
Selene dobló el mapa con cuidado.
—Existe.
Lo miró fijamente.
—Y más te vale aguantar un poco más.
Fénix no respondió. Solo asintió levemente.
Luego, sin decir nada más, los tres retomaron la marcha entre la tormenta, avanzando hacia un lugar que, con suerte… aún seguía en pie.
Minutos después, el viento empezó a calmarse ligeramente… y el paisaje cambió.
Frente a ellos apareció Vandrel.
Un pequeño pueblo perdido entre la nieve, compuesto por casas de madera envejecidas, muchas de ellas con techos hundidos o paredes parcialmente derrumbadas. Las puertas colgaban de una bisagra o directamente habían desaparecido. No había humo en las chimeneas… ni señales de vida.
Solo silencio.
Fénix avanzó unos pasos, observando alrededor con el ceño fruncido.
—Este lugar está muerto…
Lucian asomó la cabeza desde el abrigo de Selene, mirando las calles vacías.
—Eh… —dijo—. ¿Y ahora a quién le vamos a preguntar indicaciones?
Selene recorrió el lugar con la mirada, seria.
—Parece que el pueblo está abandonado… —murmuró.
El crujido de la madera y el viento colándose entre las casas era lo único que se escuchaba.
Fénix entrecerró los ojos… y entonces levantó el brazo, señalando a lo lejos.
—Oye.
Selene y Lucian giraron la mirada.
Allí, en lo alto de una montaña nevada, casi oculto entre la tormenta… se alzaba algo imposible de ignorar.
Una fortaleza.
Gigante.
Oscura.
Imponente.
Sus muros se elevaban como una muralla inquebrantable, y sus torres atravesaban las nubes bajas, dominando todo el valle.
Selene abrió los ojos ligeramente… y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Bingo.
Guardó el mapa.
—Lo encontramos.
El viento volvió a soplar con fuerza, como si intentara advertirles.
Pero esta vez… ya tenían destino.
Y estaba justo delante de ellos.