CAPÍTULO 238: Alaska, un lugar seguro-5
La sala era pequeña, construida completamente en madera clara. Una chimenea encendida crepitaba suavemente, aportando un calor reconfortante que contrastaba con el frío intenso del exterior.
Sobre la mesa, tres tazas de té desprendían vapor.
Fénix sostenía la suya con su brazo izquierdo, observando en silencio. Selene, más tranquila, mantenía la espalda recta. Hank, en cambio, parecía completamente cómodo.
El patriarca dio un sorbo a su té y suspiró con satisfacción.
—Ah… nada como esto en medio del hielo.
Dejó la taza con cuidado y apoyó las manos sobre la mesa.
—Supongo que querrán saber dónde están exactamente.
Fénix levantó la mirada.
—Sería un buen comienzo.
Hank asintió.
—Esta comunidad… —comenzó— se formó hace aproximadamente ciento cincuenta años.
Hizo una breve pausa.
—En aquella época, un grupo reducido de nuestra especie decidió aislarse del resto. No queríamos seguir participando en guerras ni en luchas de poder entre clanes.
Miró de reojo a Selene.
—Entre ellos… estuvo tu madre, durante un tiempo.
Selene no reaccionó demasiado, pero escuchaba con atención.
—Este lugar —continuó Hank— fue elegido por su aislamiento. Nadie llega aquí por accidente… y quienes lo intentan, normalmente no sobreviven al entorno.
Fénix exhaló suavemente.
—Sí… puedo confirmarlo.
Hank sonrió levemente.
—Con los años, construimos esto. Poco a poco, sin prisas.
Observó la sala.
—Nunca quisimos ser muchos.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Actualmente… somos apenas cincuenta y tres.
Fénix alzó una ceja.
—¿Solo eso?
Hank asintió con tranquilidad.
—Cincuenta y tres habitantes. Entre ancianos, adultos… y algunos niños.
Tomó la taza nuevamente.
—Los suficientes para sostenernos… sin llamar la atención.
Bebió un pequeño sorbo.
—Si fuéramos más… volveríamos a los mismos problemas de siempre.
El silencio se instaló por un momento.
El fuego crepitaba.
Afuera, el viento golpeaba las estructuras.
Hank dejó la taza otra vez.
—Aquí no buscamos poder.
Miró directamente a Fénix.
—Buscamos paz.
Y por la forma en que lo dijo…
No sonaba como una ilusión.
La fortaleza, desde la cima, ofrecía una vista imponente.
Un mar blanco se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Montañas cubiertas de nieve, valles congelados y un cielo gris que parecía fundirse con el horizonte.
Fénix estaba sentado en el borde, con las piernas colgando al vacío.
Sostenía el cigarrillo con sus labios, intentando encenderlo mientras el viento helado apagaba una y otra vez el mechero.
—Vamos… —murmuró, cubriéndolo con la mano—. Solo una vez…
Chispa.
Nada.
Chispa otra vez.
Nada.
A su lado, Lucian observaba el paisaje con calma.
—La vida es rara —dijo de pronto.
Fénix no respondió, concentrado en su lucha contra el viento.
Lucian continuó.
—En un momento estás en un apartamento en Múnich… tranquilo, sin nieve, sin problemas inmediatos…
Fénix logró una pequeña llama.
Se inclinó rápido.
El viento la apagó al instante.
—…y al siguiente —siguió Lucian— estás en la montaña más perdida de Alaska, rodeado de vampiros albinos que casi te atraviesan con lanzas.
Fénix soltó un suspiro, frustrado.
—Sí… suena bastante preciso.
Guardó el mechero por un momento y miró al horizonte.
El silencio se extendió.
El viento soplaba constante.
—¿Te arrepientes? —preguntó Lucian.
Fénix se quedó quieto unos segundos.
Luego negó levemente.
—No.
Hizo girar el cigarrillo entre sus dedos.
—Si me hubiera quedado… seguiría siendo el mismo de siempre.
Bajó la mirada.
—Y ese tipo… no iba a llegar muy lejos.
Lucian lo miró de reojo.
—Ahora tampoco lo tienes fácil.
Fénix esbozó una leve sonrisa.
—Ya se...
Volvió a intentar encender el cigarrillo.
Esta vez, protegió mejor la llama.
Chispa.
Fuego.
Finalmente prendió.
Dio una calada, dejando salir el humo lentamente.
El viento lo dispersó casi de inmediato.
Fénix observó cómo se desvanecía.
—Pero al menos ahora… —murmuró— sé que tengo un poco mas de oportunidades.
Lucian asintió, en silencio.
El subsuelo de la fortaleza era silencioso… casi sagrado.
La piedra húmeda reflejaba la tenue luz de antorchas colocadas a intervalos irregulares. A lo largo del espacio, pequeños estanques de agua cristalina descansaban inmóviles, como espejos naturales formados por el deshielo glaciar.
Fénix caminaba despacio, observando el lugar con cautela.
El sonido de sus pasos se mezclaba con el leve goteo del agua.
Hasta que se detuvo.
En uno de los estanques, una figura se movía.
Una joven de piel pálida, casi translúcida, estaba sumergida en el agua helada. Su cabello blanco flotaba suavemente a su alrededor.
Fénix desvió la mirada al instante y giró el cuerpo.
—Perdón… —murmuró, comenzando a retirarse.
—No es necesario que te vayas.
La voz de la chica lo detuvo.
Fénix no respondió. Se quedó de espaldas, inmóvil.
—No me molesta —continuó ella, con un tono tranquilo—. Aquí todos estamos acostumbrados a compartir estos espacios.
Hubo un breve silencio.
Luego, el leve sonido del agua al moverse.
—Esta agua… —dijo ella— proviene directamente del glaciar.
Fénix ladeó ligeramente la cabeza, escuchando.
—Tiene propiedades curativas. No es magia, pero… ayuda.
Una pausa.
—Tal vez podría servirte.
Fénix bajó la mirada, instintivamente hacia su brazo amputado.
—No va a regenerarlo —añadió la chica—, pero evitará infecciones… y acelerará la cicatrización.
El silencio volvió a instalarse.