Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 239: Alaska, un lugar seguro-6

CAPÍTULO 239: Alaska, un lugar seguro-6

Afuera de la fortaleza, el viento soplaba con fuerza, arrastrando finas partículas de nieve a través del aire. El cielo nocturno se extendía sobre ellos como un inmenso océano oscuro, salpicado de estrellas.

Selene permanecía de pie junto a la empalizada, contemplando el paisaje helado. A su lado, Hank apoyaba ambas manos sobre su bastón de madera, con la mirada perdida en las montañas.

Durante un largo momento, ninguno habló.

Hasta que Hank rompió el silencio.

—Tu madre era una gran mujer.

Selene giró levemente la cabeza hacia él.

Hank esbozó una sonrisa cargada de nostalgia.

—Demasiado grande para este mundo podrido.

El anciano observó las luces cálidas de la fortaleza a sus espaldas.

—Fue una de las personas que ayudó a fundar esta comunidad. Cuando muchos solo pensaban en sobrevivir, ella soñaba con construir algo mejor.

Sus ojos se perdieron en el horizonte blanco.

—Un refugio. Un lugar donde nuestra especie pudiera existir sin cadenas, sin guerras y sin reyes.

Selene bajó la mirada.

—Apenas llegué a conocerla.

Su voz fue baja, casi un murmullo.

Hank asintió lentamente.

—Lo sé.

El viento agitó su largo cabello blanco.

—Murió demasiado joven.

Hubo una pausa.

—Demasiado pronto.

Selene apretó ligeramente la mandíbula.

—Siempre he oído historias sobre ella, pero... nunca recuerdos propios.

Hank la miró con una ternura casi paternal.

—Eso no cambia quién eres.

Selene guardó silencio.

Hank soltó una pequeña risa.

—Tenía tu misma mirada cuando alguien le llevaba la contraria.

Selene arqueó una ceja.

—Entonces debió de enfadarse mucho.

—Constantemente.

Ambos soltaron una breve risa.

El aire parecía menos frío por un instante.

Hank volvió a contemplar el horizonte.

—Era valiente. Compasiva. Y terriblemente obstinada.

Su expresión se suavizó.

—Nunca aceptaba que el mundo fuera simplemente como era. Siempre creía que podía mejorarse.

Selene cruzó los brazos, sintiendo cómo aquellas palabras se acomodaban dentro de ella.

—Suena agotador.

—Lo era.

Hank sonrió.

—Y admirable.

La nieve continuaba cayendo lentamente.

—Tu madre creía que algún día alguien continuaría lo que ella había comenzado.

Selene lo miró.

Hank sostuvo su mirada.

—Creo que tenía razón.

El viento cambió.

Fue algo sutil al principio. Un murmullo distinto entre las ráfagas heladas.

Hank frunció el ceño.

Selene también lo sintió.

Un crujido.

Luego otro.

Y después...

Un gruñido.

Ambos dirigieron la mirada hacia la oscuridad más allá de las murallas.

Entre la ventisca, varias siluetas comenzaron a emerger lentamente.

Selene entrecerró los ojos.

Su expresión cambió al instante.

Aquello no eran lycans normales.

Sus cuerpos estaban deformados, retorcidos por mutaciones grotescas. Extremidades demasiado largas, espinas óseas sobresaliendo de la carne, mandíbulas desproporcionadas rebosantes de colmillos irregulares. Algunos caminaban a cuatro patas; otros se arrastraban con movimientos antinaturales.

Sus ojos brillaban con un rojo enfermizo.

Y su piel parecía desgarrarse sobre músculos hipertrofiados.

Hank apretó con fuerza su bastón.

—Dentro. Ahora.

No hizo falta repetirlo.

Ambos corrieron hacia las puertas de la fortaleza mientras las primeras criaturas lanzaban alaridos que helaban la sangre.

—¡Cierren las puertas! —rugió Hank al cruzar el umbral.

Los enormes portones de madera y acero comenzaron a cerrarse.

Pero ya era tarde.

La corneta resonó por toda la fortaleza.

Un sonido grave, antiguo, que hizo vibrar cada pasillo y cada habitación.

La calma desapareció en un instante.

Los habitantes salieron de sus hogares. Guerreros armados con espadas, lanzas y ballestas ocupaban sus posiciones con disciplina impecable.

Desde las murallas, los primeros proyectiles fueron disparados.

Uno de los lycans mutados cayó.

Otros diez ocuparon su lugar.

Las criaturas chocaron contra la empalizada con una violencia monstruosa. Sus garras se clavaban en la madera mientras trepaban con rapidez imposible.

Uno logró alcanzar el borde.

Un vampiro le atravesó la garganta con una lanza.

Otro saltó por encima del cadáver.

Y entonces comenzaron a entrar.

La batalla estalló.

Acero contra carne.

Garras contra colmillos.

Gritos.

Sangre oscura salpicando la nieve.

Los vampiros luchaban con una coordinación letal, pero aquellas aberraciones eran pura furia animal.

Selene corrió por uno de los corredores interiores.

—¡Armas! —ordenó mientras descendía las escaleras.

Dos guerreros le entregaron sus espadas gemelas.

Ella las desenvainó en un solo movimiento.

El acero brilló bajo la luz de las antorchas.

Sus ojos adquirieron ese tono azul sobrenatural.

Al otro lado del pasillo, Hank era escoltado por dos guardias hacia una cámara segura en el interior de la fortaleza.

El anciano no protestó.

Sabía perfectamente cuál era su papel.

Y cuál ya no lo era.

Afuera, los rugidos se multiplicaban.

Más lycans mutados saltaban sobre las murallas.

Más vampiros acudían a la defensa.

La nieve blanca comenzaba a teñirse de rojo.

Selene apretó con fuerza las empuñaduras.

Su respiración se estabilizó.

Su cuerpo se tensó.

Y entonces...

Sonrió.

—Perfecto.

Se lanzó hacia la batalla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.