Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 241: Alaska, un lugar seguro-8

CAPÍTULO 241: Alaska, un lugar seguro-8

Fénix rodó sobre la nieve ensangrentada, jadeando con dificultad.

Marcus avanzaba hacia él, cada paso hundiendo la superficie congelada bajo su enorme peso.

No había forma de enfrentarlo de frente.

No en ese estado.

Fénix escupió sangre, se obligó a incorporarse y echó a correr.

O, al menos, a algo que se parecía vagamente a correr.

Marcus rugió detrás de él y salió en su persecución.

Fénix dobló una esquina, atravesó un corredor exterior y se lanzó hacia un estrecho callejón formado entre dos estructuras de piedra.

Marcus intentó seguirlo.

Su hombro chocó contra las paredes.

La piedra crujió.

Pero el espacio era demasiado reducido para su enorme cuerpo mutado.

—¡Fénix! —rugió Marcus, golpeando los muros con furia.

Fénix no se molestó en responder.

Siguió avanzando hasta llegar a una pesada puerta de madera reforzada.

La abrió de un tirón y se internó en el interior.

La cerró tras de sí justo cuando los golpes de Marcus retumbaban al otro lado.

El pasillo era estrecho y apenas estaba iluminado por antorchas.

Fénix avanzó tambaleándose.

Cada paso le costaba.

Miró fugazmente su costado.

La sangre empapaba su ropa y goteaba sobre la piedra.

—Genial... —murmuró entre dientes—. Justo lo que necesitaba.

Se apoyó en la pared para no caer.

Su respiración era irregular.

La visión le bailaba.

Apenas había avanzado unos metros cuando escuchó gruñidos al frente.

Levantó la cabeza.

Tres lycans mutados bloqueaban el corredor.

Sus ojos rojos brillaban en la penumbra.

Fénix apretó la mandíbula.

Intentó alzar el brazo izquierdo.

Le temblaba.

Demasiado.

Una risa amarga escapó de sus labios.

—Bueno... hasta aquí llegué.

Las criaturas se lanzaron.

Y, en ese mismo instante, tres destellos plateados cruzaron el aire.

Las cabezas de los monstruos se separaron limpiamente de sus cuerpos.

Los cadáveres cayeron al suelo con un golpe húmedo.

Fénix parpadeó.

Selene apareció entre los cuerpos, con ambas espadas aún goteando sangre oscura.

—Llegas hecho un desastre.

Fénix no pudo evitar sonreír.

—Nunca me había alegrado tanto de verte.

Selene guardó una de sus espadas y se acercó para ayudarlo a mantenerse en pie.

—No pareces en condiciones de seguir peleando.

—Ni remotamente.

Comenzaron a caminar por el pasillo, avanzando con rapidez.

A lo lejos, la batalla seguía rugiendo.

Gritos.

Explosiones.

Rugidos.

Selene miró hacia atrás.

—Todavía podemos ayudar.

Fénix negó con firmeza.

—No.

Ella frunció el ceño.

—Fénix...

—Escúchame —dijo, sujetándola del brazo—. Esto ya está perdido.

Selene sostuvo su mirada.

La expresión de Fénix era más seria de lo habitual.

—Esos mutados convierten a cada vampiro caído en uno de los suyos. Si nos quedamos, acabaremos igual.

El silencio se prolongó apenas un segundo.

Luego Selene desvió la mirada.

Sabía que tenía razón.

Y eso era precisamente lo peor.

Finalmente, asintió.

—De acuerdo.

Fénix soltó el aire.

—Buena decisión.

Avanzaron hasta el final del corredor.

Allí, oculta tras una estantería caída, había una vieja puerta de hierro.

Fénix la abrió con esfuerzo.

Unas escaleras de piedra descendían hacia la oscuridad.

El aire frío y húmedo ascendió desde las profundidades.

Selene observó el descenso.

—Espero que tengas un plan.

Fénix comenzó a bajar.

—No exactamente.

Le dedicó una leve sonrisa cansada.

—Pero quedarnos arriba parece una idea aún peor.

Las escaleras descendían en espiral, talladas directamente en la roca.

Cada peldaño resonaba bajo sus pasos apresurados mientras, sobre sus cabezas, la batalla continuaba rugiendo como una tormenta lejana.

Poco a poco, los sonidos se fueron apagando.

Los gritos.

El acero.

Los rugidos.

Todo quedó atrás.

Finalmente, las escaleras desembocaron en una enorme caverna subterránea.

El aire era frío, húmedo y olía a piedra mojada.

Estalactitas colgaban del techo como colmillos de roca, y pequeños charcos reflejaban la tenue luz del mechero que Fénix sostenía con su mano izquierda.

La llama vacilaba con cada corriente de aire.

—Esto sí que es acogedor —murmuró Fénix.

Selene no respondió.

Ambos comenzaron a caminar por el estrecho sendero natural que atravesaba la cueva.

El agua goteaba desde las alturas.

El eco de sus pasos los acompañaba.

La oscuridad parecía tragarse todo lo que quedaba más allá del alcance del mechero.

Durante varios minutos, ninguno habló.

Solo avanzaron.

Fénix apoyándose ocasionalmente en la pared, dejando pequeñas manchas de sangre sobre la roca húmeda.

Selene lo notó, pero no dijo nada.

Hasta que finalmente rompió el silencio.

—Hay algo que siempre quise preguntarte.

Fénix siguió caminando.

—Eso nunca termina bien.

Selene ignoró el comentario.

—Cuando mataste a Enid...

La llama del mechero osciló.

—¿Te arrepentiste?

Fénix no respondió de inmediato.

Sus pasos se ralentizaron.

La cueva pareció volverse aún más silenciosa.

Durante varios segundos, solo se escuchó el goteo constante del agua.

Selene no insistió.

Esperó.

Fénix bajó la mirada hacia la pequeña llama danzante.

Luego siguió caminando.

—No.

Su voz fue baja, pero firme.

Selene lo observó de reojo.

—No me arrepiento.

El eco repitió sus palabras en la oscuridad.

Fénix apretó ligeramente la mandíbula.

—Eso tenía que ocurrir.

Su expresión se endureció.

—Si yo no lo hacía... alguien más lo habría hecho.




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