Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 242: Alaska, un lugar seguro-9

CAPÍTULO 242: Alaska, un lugar seguro-9

Marcus volvió a golpearlo.

El puño impactó contra su mandíbula con la fuerza de un martillo hidráulico.

Luego otro golpe se hundió en sus costillas.

Y otro más en el estómago.

La sangre llenó la boca de Fénix.

Cada impacto lo acercaba un poco más a la inconsciencia.

Su cuerpo apenas respondía.

Su visión iba y venía.

Y, aun así, su mente seguía funcionando.

Qué ironía.

Mientras Marcus descargaba toda su furia sobre él, Fénix no pudo evitar pensar en lo extraña que era la vida.

Los aliados se convertían en enemigos.

Siempre.

Había ocurrido con Enid.

Apenas unos meses atrás, había tenido que acabar con la persona que más había amado.

Y ahora...

Marcus.

Su hermano de armas.

Su compañero en incontables batallas.

El hombre que una vez le había cubierto la espalda sin dudarlo.

¿También terminaría así?

¿Todos los caminos llevaban inevitablemente a este punto?

Marcus lo tomó del cuello y lo estampó contra el suelo.

La roca se agrietó bajo el impacto.

Fénix escupió sangre.

No.

Se obligó a enfocar la mirada en aquella monstruosidad.

Esto...

Esto no era Marcus.

No realmente.

Era una sombra deformada.

Una versión inferior.

Una carcasa retorcida por el odio, la mutación y el dolor.

El Marcus que él conoció ya no estaba allí.

El verdadero Marcus era el hombre que se reía a carcajadas después de una pelea.

El que siempre llevaba la peor cerveza.

El que habría atravesado el infierno por sus amigos.

Ese hombre ya había desaparecido.

Lo que quedaba era un eco.

Un cadáver que todavía respiraba.

Marcus rugió y alzó el brazo para descargar otro golpe.

Fénix lo vio venir.

Y en lugar de miedo...

Sintió tristeza.

Profunda.

Pesada.

Casi insoportable.

Lo mínimo que podía hacer por quien alguna vez fue su hermano...

Era concederle descanso.

Un descanso definitivo.

Eterno.

Marcus descargó otro zarpazo.

Fénix inclinó la cabeza en el último instante.

Las garras pasaron rozándole la mejilla, arrancándole un surco sangriento en la piel.

Otro golpe.

Esta vez se agachó.

A duras penas.

Sus piernas temblaban, su visión era borrosa y cada respiración era una puñalada en las costillas.

Pero seguía moviéndose.

Marcus rugió, frustrado, y lanzó una sucesión salvaje de golpes y cortes.

Fénix retrocedía, tambaleándose, esquivando por centímetros. Cada movimiento era puro instinto.

No podía ganar por fuerza.

Tendría que hacerlo por astucia.

Una roca cayó entre ambos, levantando una nube de polvo.

Fénix aprovechó.

Se lanzó hacia un lateral, internándose en una sección más oscura de la caverna.

Las sombras lo envolvieron.

Marcus lo perdió de vista.

—¡FÉNIX! —rugió la bestia, su voz retumbando en las paredes.

Fénix avanzó a trompicones entre cajas rotas, herramientas oxidadas y antiguos suministros abandonados.

Seguramente aquel había sido un viejo almacén de emergencia.

Su mano palpó a ciegas entre los escombros.

Metal.

Frío.

Alargado.

Lo tomó.

Una pistola de bengalas.

Fénix sonrió, a pesar de la sangre que le corría por el rostro.

—Hoy es mi día de suerte.

Marcus irrumpió atravesando una pared de madera podrida.

Sus ojos rojos brillaban en la oscuridad.

—¡TE ENCONTRÉ!

Saltó sobre él.

Fénix alzó la pistola.

Apretó el gatillo.

¡FOOM!

La bengala salió disparada e impactó directamente en el rostro de Marcus.

Una explosión de chispas y fuego estalló sobre su cara.

Marcus lanzó un alarido ensordecedor y retrocedió, cubriéndose los ojos mientras su piel carbonizada humeaba.

Fénix no perdió tiempo.

Abrió la recámara con manos temblorosas.

Buscó otra bengala entre las cajas.

La encontró.

La introdujo.

Cerró el arma.

Marcus, cegado pero furioso, volvió a cargar.

Esta vez no le dio margen.

Sus mandíbulas monstruosas se cerraron sobre el único brazo de Fénix.

Los colmillos atravesaron carne y músculo.

Fénix gritó.

Un grito brutal, desgarrado.

Marcus lo derribó.

Ambos rodaron violentamente por el suelo de roca, golpeando contra cajas, columnas y escombros.

Fénix sujetaba la pistola con desesperación mientras intentaba apartar aquella mandíbula infernal de su brazo.

Marcus rugía, aferrado como una trampa de acero.

Los dos se revolcaron entre polvo, sangre y fragmentos de piedra.

Hasta que chocaron contra una pared de roca con un estruendo seco.

Y ninguno de los dos soltó al otro.

Marcus apretó con más fuerza.

Los colmillos se hundieron todavía más en el brazo de Fénix, desgarrando carne y arrancándole un gruñido de dolor.

Fénix forcejeó, golpeándolo en el cráneo con la culata de la pistola de bengalas.

Marcus ni siquiera pareció notarlo.

La bestia soltó finalmente su brazo.

Solo para lanzarse directamente a su cuello.

Las mandíbulas se cerraron.

El dolor fue insoportable.

Ardiente.

Brutal.

Fénix sintió cómo los colmillos perforaban la carne, cómo la sangre brotaba a borbotones.

Marcus rugía mientras lo inmovilizaba contra la roca.

La visión de Fénix comenzó a oscurecerse.

Sus manos buscaron desesperadamente apoyo.

Nada.

Su respiración se convirtió en un jadeo roto.

Apretó la mandíbula.

Cerró los ojos con fuerza.

Más.

Más fuerte.

Hasta que todo desapareció.

Silencio.

Absoluto.

Cuando volvió a abrir los ojos...

Ya no estaba en Alaska.

El frío había desaparecido.

También la sangre.

El dolor.

Se encontraba de pie en un andén de la Berlin Hauptbahnhof.




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