Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 243: Alaska, un lugar seguro-10

CAPÍTULO 243: Alaska, un lugar seguro-10

Fénix y Marcus caminaron por el andén en silencio.

A su alrededor, la gente seguía con sus vidas. Algunos consultaban sus relojes, otros arrastraban maletas o se despedían con abrazos apresurados. El sonido lejano de un tren llegando se mezclaba con los anuncios por megafonía.

Y, aun así, aquel lugar parecía extrañamente aislado del resto del mundo.

Como si solo existieran ellos dos.

El silencio se volvió incómodo con rapidez.

Fénix metió las manos en los bolsillos de su abrigo y soltó una breve risa nasal.

—¿Hace cuánto que no teníamos una charla normal?

Marcus arqueó una ceja.

—¿Normal?

—Ya sabes. Sin disparos, sin monstruos, sin que alguno intente arrancarle la cabeza al otro.

Marcus soltó una carcajada.

Una de verdad.

De las que Fénix no escuchaba desde hacía demasiado tiempo.

—Diría que... unos doce años.

Se llevó una mano al mentón.

—Tal vez trece.

Miró el techo de cristal, pensativo.

—Quién sabe.

Fénix asintió lentamente.

—Suena correcto.

Marcus guardó silencio unos instantes.

Su expresión se volvió más seria.

—Todo se fue al infierno bastante rápido.

El tren que acababa de llegar abrió sus puertas con un siseo metálico.

Nadie de los dos le prestó atención.

—Antes todo parecía más simple —continuó Marcus—. Teníamos enemigos claros, objetivos claros...

Esbozó una sonrisa amarga.

—Y una cantidad ridícula de munición.

Fénix soltó una leve risa.

—Eso sí que no ha cambiado.

Marcus negó con la cabeza.

—No, pero el mundo sí.

Su mirada se perdió en el horizonte anaranjado que se filtraba entre los cristales de la estación.

—Ya no es el mismo mundo que conocíamos.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Pesadas.

Verdaderas.

—Ahora todo es un desastre.

Fénix mantuvo la mirada fija al frente durante unos segundos.

El traqueteo de un tren alejándose llenó momentáneamente el silencio entre ambos.

Finalmente, habló.

—¿Estás enfadado conmigo?

Marcus lo miró de reojo.

—No.

Fénix frunció ligeramente el ceño.

—¿No?

Marcus se encogió de hombros.

—¿Por qué iba a estarlo?

Fénix soltó una risa seca, carente de humor.

—Se me ocurren varias razones.

Bajó la mirada hacia el suelo pulido del andén.

—Si hubiera prestado más atención... si hubiera hecho caso a ciertas cosas de Enid...

Su voz perdió firmeza.

—Quizá ninguno de los dos habría acabado así.

Una pausa.

—Quizá Vannesa y Lucian seguirían vivos.

Marcus se detuvo.

Fénix también.

La estación seguía en movimiento a su alrededor, pero aquella conversación parecía ocurrir fuera del tiempo.

Marcus lo observó durante unos instantes.

Luego negó lentamente con la cabeza.

—Escúchame bien, Fen.

Su tono era serio, pero no duro.

—No eres tan importante.

Fénix parpadeó.

Marcus sonrió de lado.

—Quiero decir, sí, tu ego es gigantesco, pero no tanto.

Fénix soltó una breve exhalación por la nariz.

Marcus continuó.

—No controlas todas las variables del universo. No decides cada acción de cada persona. No eres una especie de director cósmico con un guion en la mano.

Comenzó a caminar de nuevo.

—Enid tomó sus propias decisiones. Malas, terribles, catastróficas... muy en su estilo, la verdad.

Fénix lo siguió en silencio.

—Vannesa tomó las suyas. Lucian también. Yo también.

Marcus se llevó las manos a los bolsillos.

—Todos elegimos. Todos cometimos errores. Todos pagamos por ellos.

Su mirada se endureció ligeramente.

—Eso se llama vivir.

El atardecer anaranjado bañaba su rostro.

—Cargar con tus propios errores es noble.

Lo miró directamente.

—Cargar con los de todos los demás es estúpido.

Fénix no dijo nada.

Marcus sonrió.

—Y tú has sido muchas cosas, Fen.

Hizo una pausa dramática.

—Pero no te recomendaría añadir "estúpido" a la lista.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Fénix.

Marcus siguió hablando.

—Lo que ocurrió no fue culpa tuya. Fue una tragedia, sí. Una cadena de malas decisiones, secretos y personas rotas intentando arreglar cosas que no podían arreglarse.

Su voz se suavizó.

—Pero no fue culpa tuya.

El ruido de otro tren resonó en la estación.

—No podías salvar a todo el mundo.

Marcus clavó sus ojos en él.

—Nadie puede.

Fénix desvió la mirada.

Aquellas palabras golpeaban con más fuerza que cualquier puñetazo.

—Lo único que puedes hacer —continuó Marcus— es seguir adelante.

Una pequeña sonrisa torcida volvió a aparecer.

Fénix se quedó inmóvil.

El bullicio de la estación parecía haberse desvanecido, como si el mundo entero hubiera decidido concederles unos minutos de intimidad.

Sus ojos permanecieron fijos en el suelo.

Por primera vez en mucho tiempo, no había sarcasmo, ni arrogancia, ni aquella máscara de seguridad que llevaba puesta incluso cuando estaba solo.

Solo quedaba él.

Un hombre agotado.

Un hombre roto.

—Marcus...

Su voz salió más baja de lo habitual.

Más frágil.

—Lo siento.

Marcus giró ligeramente la cabeza hacia él.

Fénix tragó saliva.

—Siento no haber estado allí. Siento no haber visto lo que estaba ocurriendo. Siento... no haber podido salvaros.

Su mandíbula tembló apenas un instante.

—Te fallé.

Marcus guardó silencio unos segundos.

Luego soltó una pequeña risa nasal.

—Fen, si algo he aprendido después de muerto, es que la culpa envejece fatal.

Eso arrancó una leve sonrisa cansada a Fénix.

Marcus se detuvo y se colocó frente a él.

Su expresión se volvió seria.

Profundamente seria.




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