Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 244: Alaska, un lugar seguro-11 FIN

CAPÍTULO 244: Alaska, un lugar seguro-11 FIN

La cueva volvió a existir de golpe.

El frío.

La humedad.

El olor a sangre y pólvora.

Fénix abrió los ojos mientras su respiración era errática y dolorosa. El ardor en su cuello seguía allí, al igual que el sabor metálico de la sangre en su boca. Sus músculos temblaban por el esfuerzo y la pérdida de sangre.

Frente a él, Marcus apenas seguía en pie.

La primera bengala había destrozado gran parte de su rostro. Carne chamuscada, hueso expuesto y aquel brillo antinatural en sus ojos, ahora debilitado. Su cuerpo se balanceaba como una marioneta con los hilos rotos.

Ya no quedaba nada del monstruo.

Y, quizá, tampoco demasiado del hombre.

Fénix levantó lentamente la pistola de bengalas.

Su única mano firme a pesar del temblor que recorría todo su cuerpo.

Marcus lo miró.

Durante un breve instante, solo uno, Fénix creyó reconocer algo en aquellos ojos deformados.

Un destello.

Un último rastro del hombre que había conocido.

Del hermano que había perdido hacía tantos años.

No hizo falta decir nada.

Nunca lo había hecho entre ellos.

Fénix apretó los dientes.

El dedo descansó sobre el gatillo.

El disparo resonó como un trueno dentro de la caverna.

La bengala impactó directamente en la cabeza de Marcus.

La explosión iluminó las paredes con un fulgor rojo intenso.

El cuerpo salió despedido hacia atrás y cayó pesadamente contra la roca.

Luego quedó inmóvil.

Completamente inmóvil.

Fénix no se movió.

Ni siquiera respiró.

Observó en silencio cómo aquel cadáver comenzaba a deshacerse. La piel ennegrecida se agrietó, convirtiéndose en cenizas que el aire arrastró lentamente por la cueva. Los huesos se desmoronaron poco después, reduciéndose a polvo oscuro.

Hasta que no quedó nada.

Nada salvo un puñado de ceniza dispersándose en la oscuridad.

El arma cayó de la mano de Fénix con un sonido seco.

Sus hombros descendieron.

Su mirada quedó fija en el lugar vacío donde segundos antes yacía su amigo.

Sus labios se separaron apenas.

Y, con la voz de un hombre demasiado cansado para seguir llorando, murmuró:

—Otra vez pierdo a un amigo...

Las palabras se deshicieron en el eco de la caverna.

Fénix permaneció allí, inmóvil, mientras las últimas partículas de Marcus desaparecían en el aire.

Solo.

Una vez más.

Como tantas veces antes.

El mundo regresó en fragmentos.

Primero, un pitido constante.

Luego, el olor a antiséptico.

Después, un dolor tan intenso que parecía provenir de cada hueso, músculo y fibra de su cuerpo al mismo tiempo.

Fénix abrió los ojos lentamente.

La luz blanca del techo lo obligó a entrecerrarlos. Intentó incorporarse, pero un latigazo de dolor le recorrió el torso, el cuello y el brazo, arrancándole una mueca inmediata.

Miró hacia abajo.

Su cuerpo estaba cubierto de vendas. El pecho, el hombro, el cuello, incluso parte del rostro. Sentía la garganta seca y la cabeza le latía con una fuerza brutal.

—Genial... —murmuró con voz ronca—. Me siento como si me hubiera atropellado un tren. Dos veces.

La puerta de la habitación se abrió.

Selene entró primero, seguida de Hank. Ambos tenían el aspecto de quienes llevaban demasiado tiempo despiertos. Ropa manchada, rostros cansados, heridas superficiales y ojeras que hablaban por sí solas.

Pero estaban vivos.

Y eso ya era bastante.

Hank soltó una carcajada al verlo consciente.

—Míralo. El muy idiota sigue respirando.

Fénix intentó sonreír, aunque el simple gesto le dolió.

—Lamento decepcionarte.

Selene se acercó hasta la cama y cruzó los brazos, aunque la tensión en su rostro se relajó ligeramente.

—Has estado inconsciente casi un día entero.

—He dormido siestas peores.

Hank negó con una sonrisa cansada.

Luego su expresión se volvió más seria.

—Ganamos.

Fénix lo observó en silencio.

Hank asintió.

—Por pura suerte, pero ganamos. Los lycan mutados empezaron a morir de la nada. Uno tras otro. Como si algo dentro de ellos simplemente hubiera colapsado.

Fénix entendió inmediatamente lo que significaba.

Marcus.

Su muerte había acabado con ellos.

Hank continuó.

—Quedamos poco más de cien en pie.

La cifra quedó suspendida en el aire.

De cientos...

A apenas un centenar.

La victoria tenía un precio obsceno.

Pero seguía siendo una victoria.

—Aun así —añadió Hank—, sobrevivimos.

Fénix cerró los ojos unos instantes.

Un peso invisible se instaló en su pecho.

Marcus.

Vannesa.

Lucian.

Tantos nombres.

Demasiados.

Intentó mover el brazo y se arrepintió al instante.

Un dolor abrasador le atravesó el cuerpo entero.

—Ay, por todos los demonios...

Selene arqueó una ceja.

—Tienes varias costillas fisuradas, desgarros musculares, una mordida en el cuello, una conmoción considerable y, milagrosamente, sigues quejándote más que un anciano.

—Eso explica bastante.

Hank se apoyó contra la pared.

—También deberías saber que tu factor regenerativo hizo horas extra.

Por primera vez en mucho tiempo, la habitación se sintió... tranquila.

Dolorosa, sí.

Pero tranquila.

Selene tomó asiento junto a la cama, observándolo con esa expresión serena que siempre había tenido, incluso en medio del caos.

Durante unos instantes, ninguno dijo nada.

El silencio ya no resultaba incómodo.

Era el tipo de silencio que solo compartían quienes habían sobrevivido juntos.

Finalmente, Selene rompió la quietud.

—¿Y ahora qué?

Fénix giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—¿A qué te refieres?

—A tu vida.

La pregunta quedó suspendida en el aire.




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