Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 245: Viejos colegas

CAPÍTULO 245: Viejos colegas

El tren partió con un silbido largo y grave.

Fénix observó por la ventanilla cómo la estación comenzaba a alejarse. Los edificios se difuminaron poco a poco, transformándose en manchas de luz y acero bajo el cielo gris del atardecer.

Berlín.

Volver a pronunciar ese nombre en su mente le producía una extraña mezcla de nostalgia y ansiedad.

Apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento y cerró los ojos durante unos segundos.

Había sobrevivido.

Otra vez.

Había perdido amigos.

Otra vez.

Había ganado una guerra.

Otra vez.

Y, aun así, el mundo seguía girando, completamente indiferente al dolor de quienes lo habitaban.

Quizá así debía ser.

Quizá la vida consistía precisamente en eso: en seguir avanzando, aunque una parte de uno mismo se hubiese quedado atrás.

Una sonrisa cansada apareció en sus labios.

Ahora todo comenzaba de nuevo.

Nuevos enemigos.

Nuevas heridas.

Nuevas oportunidades.

La eterna maldición de seguir vivo.

El asiento a su lado crujió.

Fénix abrió un ojo.

Luego el otro.

Giró la cabeza sin demasiada prisa.

Y se quedó completamente inmóvil.

Durante unos largos segundos, su cerebro se negó a procesar lo que estaba viendo.

El hombre vestía de negro, con esa elegancia anticuada que parecía desafiar cualquier época. El sombrero descansaba sobre sus rodillas, y aquella sonrisa afilada era tan inconfundible como irritante.

—No puede ser...

El desconocido alzó una ceja.

—Vaya recibimiento. Esperaba al menos un abrazo.

Fénix parpadeó varias veces.

—Alucard.

La sonrisa del vampiro se ensanchó.

—En carne, hueso... y alguna que otra sustancia difícil de clasificar.

Fénix soltó una carcajada incrédula.

Una carcajada genuina, de esas que no le nacían desde hacía demasiado tiempo.

—Creí que estabas muerto.

Alucard se acomodó en el asiento con total tranquilidad.

—Solo estaba durmiendo.

Hizo una pausa dramática antes de sonreír con diversión.

—Una siesta de doce años, nada del otro mundo.

Fénix lo observó como si temiera que desapareciera en cualquier momento.

Pero seguía allí.

Real.

Sonriendo como el imbécil inmortal que siempre había sido.

Y, contra todo pronóstico, Fénix sintió cómo algo dentro de él volvía a encenderse.

—No sabes cuánto me alegra verte.

Alucard inclinó ligeramente la cabeza.

—Lo sé.

Fénix no lo pensó ni un segundo.

Se abalanzó sobre él y lo abrazó con fuerza, como si temiera que fuera una ilusión más, un espejismo creado por el cansancio o por las innumerables heridas que aún llevaba encima.

Pero no.

Alucard estaba allí.

Sólido.

Real.

Molestamente real.

El vampiro soltó una breve carcajada y le devolvió el abrazo, dándole un par de palmadas en la espalda con esa familiaridad de siempre.

—Yo también me alegro de verte, cachorro.

Fénix se apartó, todavía con una sonrisa que parecía negarse a desaparecer.

Era extraño. Después de todo lo ocurrido, después de tanta muerte y tanta pérdida, reencontrarse con un viejo amigo se sentía casi irreal.

Alucard se acomodó en el asiento con esa elegancia despreocupada que parecía formar parte de su propia naturaleza.

Lo observó de arriba abajo.

Su mirada se detuvo en el brazo mecánico.

Una ceja arqueada.

Una sonrisa maliciosa.

—Vaya, me ausento unos años y tu vida se descarrila.

Fénix soltó una risa.

—Larga historia.

—Excelente. Tengo tiempo.

Fénix no pudo evitar reír.

Y así, mientras el tren avanzaba hacia Berlín, comenzó a relatarle todo lo sucedido.

Las guerras.

Las pérdidas.

La caída de Enid.

La muerte de Marcus.

Los años de sangre y cenizas.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Fénix sintió que quizá el futuro no sería tan oscuro después de todo.




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