CAPÍTULO 247: Catarsis-2
Horas después, la gala había terminado.
La música se había apagado. Las luces se atenuaban poco a poco. Los últimos invitados abandonaban la propiedad entre despedidas vacías y promesas que nadie pensaba cumplir.
El castillo volvía a su silencio natural.
En lo alto, sobre el tejado de piedra oscura, Fénix permanecía agazapado.
El viento nocturno azotaba su traje, llevando consigo el frío de la montaña y el eco lejano de una noche que ya no le pertenecía.
Sus ojos recorrían la estructura.
Entradas.
Salidas.
Puntos ciegos.
Todo estaba claro en su mente.
El plan era simple.
Entrar.
Eliminar a Tedd Button.
Salir sin ser visto.
Sin ruido.
Sin errores.
Sin consecuencias visibles.
Cerró los ojos un instante.
Respiró hondo.
Y dejó de pensar.
Cuando los abrió…
Ya no era el mismo.
Su cuerpo comenzó a cambiar en cuestión de segundos. Los huesos crujieron, la musculatura se expandió, la piel se tensó bajo la transformación brutal.
El traje cedió ante la presión.
El Uber Lycan emergió.
Más grande.
Más rápido.
Más letal.
Una sombra viva en lo alto del castillo.
Y entonces…
En el interior, todo era distinto.
Silencio.
Calidez.
Normalidad.
Tedd Button caminaba por el pasillo con pasos suaves, sosteniendo la mano de su hija.
La niña, de no más de ocho años, bostezaba mientras arrastraba ligeramente los pies.
—Vamos, campeona —dijo Tedd con una sonrisa cansada—. Hora de dormir.
Entraron en la habitación.
El lugar estaba decorado con colores suaves, juguetes ordenados y dibujos pegados en las paredes.
Un mundo completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo afuera.
La niña se metió en la cama mientras Tedd la cubría con cuidado.
—¿Mañana puedo quedarme despierta hasta más tarde? —preguntó ella, con voz somnolienta.
Tedd sonrió.
—Lo negociaremos.
La niña hizo una pequeña mueca, pero no insistió.
Él se inclinó y besó su frente.
—Buenas noches.
—Buenas noches, papá.
Tedd apagó la luz.
Cerró la puerta con suavidad.
Y caminó por el pasillo sin saber…
Que la muerte ya estaba dentro de su hogar.
Tedd caminó por el pasillo en silencio.
La casa, ahora vacía de invitados, parecía más grande. Más fría. Cada paso resonaba ligeramente sobre el suelo de madera pulida.
Entonces lo oyó.
Un ruido.
Sutil.
Un golpe leve, como algo desplazándose.
Se detuvo.
Frunció el ceño.
Giró sobre sí mismo y caminó en dirección al sonido, con una inquietud creciente en el pecho.
Llegó hasta una de las estancias laterales.
La ventana estaba abierta.
Las cortinas se agitaban con el viento nocturno.
Tedd exhaló, aliviado.
—El viento…
Se acercó y cerró la ventana con firmeza, asegurando el pestillo.
Por un instante, dudó.
Algo no terminaba de encajar.
Pero sacudió la cabeza.
Demasiada tensión por la gala, pensó.
Nada más.
Se dirigió hacia la sala principal.
Encendió la estufa de leña. El fuego crepitó, llenando la habitación con una luz cálida y sombras danzantes.
Se dejó caer en el sillón.
Por fin.
Silencio.
Descanso.
Cerró los ojos unos segundos.
Entonces…
Un sonido.
Un rugido bajo.
Profundo.
Antinatural.
Los ojos de Tedd se abrieron de golpe.
Giró lentamente la cabeza.
Entre las sombras, junto a uno de los pilares de piedra, algo se movía.
Una figura.
Demasiado grande.
Demasiado oscura.
El fuego iluminó parcialmente su silueta.
Un lycan.
Más de dos metros y medio de altura. Musculatura descomunal, ojos brillando en la penumbra, garras que parecían cuchillas vivas.
Tedd se quedó paralizado.
—No…
La criatura se abalanzó.
No hubo tiempo para reaccionar.
El impacto lo lanzó contra el respaldo del sillón. Las garras lo sujetaron por el cuello, levantándolo del suelo como si no pesara nada.
Tedd comenzó a gritar.
Un grito desesperado, lleno de terror puro.
Forcejeó inútilmente.
Sus manos intentaban apartar aquella garra monstruosa.
—¡Es Enid! —logró decir entre jadeos—. ¡Fue ella, ¿verdad?!
Los ojos del lycan no mostraron reacción alguna.
—¡Puedo pagarte! —continuó, desesperado—. ¡Lo que quieras! Dinero, poder, contactos… ¡lo que sea!
Su voz se quebraba.
—¡No tienes que hacer esto!
El lycan no respondió.
No dudó.
No vaciló.
Sus fauces se abrieron mostrando colmillos afilados como dagas antes de cerrarse sobre el cuello de Tedd con una fuerza brutal. El sonido de huesos triturándose resonó en el silencio de la habitación, seguido por un gurgleo ahogado cuando las arterias fueron destrozadas. Tedd se sacudió violentamente por un instante, sus manos intentando inútilmente empujar la cabeza masiva que lo despedazaba, pero pronto sus movimientos se hicieron más débiles hasta cesar por completo. Su cuerpo quedó inerte, un montón sangriento en el suelo.
En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió con un suave chirrido. Una niña pequeña, de no más de seis años, entró corriendo con un dibujo en la mano, sus ojos brillantes de alegría al ver a su padre.
—¡Papá! por que hay tanto ruid—
Sus palabras se cortaron al ver la escena ante ella. Su mirada pasó del cuerpo inmóvil de su padre a la gigantesca criatura que estaba de pie sobre él, con el pelaje manchado de sangre roja brillante. El terror reemplazó la alegría en su rostro mientras se quedaba paralizada.
Sin vacilar un segundo, movido por un instinto primario de eliminar cualquier testigo, Fenix se giró hacia la niña. Con un movimiento rápido y violento, extendió su enorme pata y la empujó con fuerza desmedida contra la pared cercana. El sonido seco de su cuello quebrándose al impactar fue nauseabundo.