CAPÍTULO 248: Catarsis-3
La mañana en la oficina de Enid Corp transcurría con una normalidad casi ofensiva.
La luz entraba por los ventanales, iluminando el despacho con una claridad limpia, ordenada. El sonido de las hojas al ser firmadas marcaba el ritmo del tiempo.
Enid no levantaba la vista.
Firmaba.
Pasaba página.
Firmaba otra vez.
Como si nada en el mundo pudiera alterar esa rutina.
En el baño contiguo, el agua corría sin descanso.
Fénix se inclinaba sobre el lavabo, apoyado con ambas manos, respirando con dificultad.
Se llevó agua al rostro.
Una vez.
Otra.
Otra más.
Como si pudiera borrar algo.
Como si el recuerdo pudiera diluirse y desaparecer por el desagüe.
Pero no lo hacía.
Nunca lo hacía.
Cerró el grifo con brusquedad.
Se miró en el espejo.
Sus ojos no eran los mismos.
No después de esa noche.
Salió del baño.
El contraste fue inmediato.
Calma.
Silencio.
Orden.
Enid seguía allí, firmando documentos como si el mundo no hubiera cambiado en absoluto.
Fénix avanzó unos pasos.
Se detuvo frente al escritorio.
—Tengo que hablar contigo.
Enid no respondió de inmediato.
Terminó de firmar el documento.
Pasó la hoja.
Continuó.
—¿Lo hiciste? —preguntó finalmente, sin levantar la vista.
Fénix apretó la mandíbula.
—Sí.
Una pausa.
—Pero pasó algo más.
Eso sí hizo que Enid se detuviera.
No por interés emocional.
Por eficiencia.
—Explícate.
Fénix tragó saliva.
Las palabras pesaban.
—Había alguien más.
Silencio.
Enid levantó la mirada por primera vez.
—¿Alguien relevante?
Fénix negó lentamente.
—Su hija.
La palabra quedó suspendida.
Frágil.
Real.
Fénix bajó la mirada.
—Entró en la habitación… y yo…
No terminó la frase.
No hacía falta.
El silencio se alargó.
Fénix esperaba algo.
Cualquier cosa.
Reacción.
Molestia.
Rabia.
Algo humano.
Pero no llegó.
Enid volvió a mirar los papeles.
—El objetivo fue eliminado.
Firmó.
—Eso es lo que importa.
Fénix la miró, incrédulo.
—¿Eso es todo?
Enid apoyó la pluma con suavidad.
—Fénix.
Su tono era tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—No puedes permitirte distraerte con variables colaterales.
Sus ojos se clavaron en él.
—Cumpliste con tu deber.
Fénix sintió un vacío en el estómago.
—Era una niña.
Enid ladeó ligeramente la cabeza.
—Era un riesgo.
La frialdad de sus palabras no tenía fisuras.
—Y ahora ya no lo es.
Fénix apretó los puños.
—No puedes hablar en serio.
Enid se levantó de la silla.
Caminó alrededor del escritorio con paso elegante.
Se detuvo frente a él.
Lo observó.
Y, con una suavidad casi inquietante, llevó una mano a su rostro.
—Estás dejando que esto te afecte más de lo necesario.
Su voz bajó ligeramente.
Más íntima.
Más controladora.
—Eso significa que aún no estás roto.
Una leve sonrisa.
—Y eso… es bueno.
Fénix no se movió.
Enid acercó su frente a la de él.
—Escúchame.
Sus ojos no mostraban culpa.
Ni duda.
—El mundo en el que vivimos no premia la debilidad.
Su mano descendió lentamente hasta su pecho.
—Tú hiciste lo que otros no pueden hacer.
Una pausa.
—Por mí.
Fénix sintió cómo esas palabras se clavaban más profundo de lo que deberían.
Enid retrocedió un paso.
—No te castigues por ello.
Volvió a su escritorio.
Tomó otro documento.
—Si empiezas a cuestionarte cada decisión… no durarás.
Firmó.
Como si nada.
—Y yo te necesito funcional.
El sonido de la pluma sobre el papel fue lo único que quedó.
Fénix permaneció allí, en silencio.
Entendiendo algo que, en el fondo, ya sabía.
Para Enid…
Aquella noche no había sido una tragedia.
Había sido un éxito.
Cuento esto porque ya no puedo seguir cargándolo en silencio.
Porque, de algún modo retorcido, ponerle palabras lo hace un poco más soportable. No lo borra. No lo justifica. Pero al menos deja de ser ese ruido constante que no me deja pensar.
A veces creo que, si hubiera prestado atención… si no hubiera ignorado ciertas señales… todo habría sido distinto.
No eran detalles pequeños.
Eran grietas.
Fisuras evidentes en algo que yo insistía en ver como sólido.
Y aun así miré hacia otro lado.
Porque era más fácil.
Porque confiar dolía menos que aceptar la verdad.
Y por eso…
Por eso pasó todo lo que pasó.
A veces me permito pensar en cómo habría sido si hubiera actuado antes. Si hubiera cuestionado más. Si hubiera dicho que no.
Tal vez ellos seguirían aquí.
Tal vez Marcus seguiría riéndose de mis decisiones.
Tal vez Vannesa seguiría discutiendo por todo.
Tal vez Lucian seguiría caminando a mi lado.
Tal vez… incluso mi vida sería otra.
Una mejor.
Pero “tal vez” no cambia nada.
Es solo una palabra inútil para una realidad que ya está escrita.
Porque el pasado no se negocia.
No se reescribe.
No se corrige.
Solo se arrastra.
Y yo lo arrastro cada día.
No como castigo.
Sino como recordatorio.
De lo que fui.
De lo que hice.
Y de todo lo que perdí por no haber visto a tiempo lo que estaba justo delante de mí.
**Catarsis una historia de Code Fénix FIN**