Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 1: El Espectro del Vuelo 402

Capítulo 1: El Espectro del Vuelo 402

​La lluvia en la ciudad no era como la lluvia en la selva. En la selva, el agua golpeaba con una violencia que borraba el rastro de la sangre. Aquí, en los suburbios de clase alta, era un susurro monótono que resbalaba por los cristales limpios de las mansiones.

Aria —o Código 1, como todavía repetía la voz en su nuca— permanecía inmóvil frente a la verja de hierro forjado. Sus manos, ocultas en los bolsillos de una sudadera gris, estaban relajadas, pero sus dedos trazaban inconscientemente la línea de una cicatriz invisible en su palma. Era el "tic" del tirador: la memoria del gatillo.

​Habían pasado quince años desde que el ala del avión se desgarró sobre el Amazonas. Quince años desde que el hambre y los mercenarios de la facción Chimera la encontraron entre los escombros fumigantes, siendo una niña de ocho años que no lloraba, sino que observaba con ojos de lobo.

​La Memoria del Acero

​En Chimera, Aria dejó de tener nombre. Fue moldeada. Le enseñaron que el cuerpo es una herramienta y la emoción una falla de software. Como Código 1, lideró escuadrones en desiertos que no figuran en los mapas. Había olvidado el sabor del chocolate, pero conocía el peso exacto de doce tipos de cuchillos de combate.

​Pero hace tres meses, el sistema falló. Durante una extracción en Praga, Aria vio a una niña de ocho años entre la multitud. Por un segundo, el ruido del mercado desapareció y fue reemplazado por el sonido del metal retorciéndose en el aire. Ese segundo de humanidad fue suficiente para que decidiera desaparecer. Mató a sus supervisores, borró sus huellas digitales y cruzó el océano con un pasaporte falso y un alma llena de ceniza.

​El Reencuentro

​Ahora, frente a la casa de los Vance, Aria se sentía más vulnerable que en cualquier campo de batalla. La mansión era exactamente como la recordaba en sus pesadillas: elegante, blanca, con un jardín de rosas que su madre solía cuidar.

​Vio una silueta a través de la ventana del salón. Una mujer de cabello canoso, sosteniendo una taza de té. Su madre. Había envejecido tres décadas en quince años. El dolor de perder a una hija es un ácido que consume la carne de forma lenta.

​Aria pulsó el timbre. El sonido resonó en el interior como una detonación.

​Un hombre abrió la puerta. Era su hermano mayor, Leo. Él tenía diez años cuando ella desapareció; ahora era un hombre de hombros anchos y mirada cansada. Al ver a la chica de la sudadera, frunció el ceño.

​—¿Sí? ¿Busca a alguien? —preguntó Leo. Su voz era profunda, llena de la desconfianza de quien ha aprendido a no esperar nada bueno del destino.

​Aria lo escaneó en medio segundo: posición defensiva, falta de sueño, una ligera cojera en la pierna izquierda. Podría neutralizarlo en tres movimientos. Pero no estaba allí para eso.

​—Leo... —su voz salió rasposa, una herramienta que no se había usado para la ternura en mucho tiempo.

​Él se quedó helado. Esa entonación, ese matiz en el nombre. Sus ojos recorrieron el rostro de Aria, buscando a la niña de las trenzas en la mujer de mirada gélida y cicatriz en la ceja.

​—¿Aria? —el nombre salió como un suspiro roto.

​La Identidad bajo la Piel

​Minutos después, Aria estaba sentada en el sofá de terciopelo. Su madre, Elena, lloraba de rodillas frente a ella, tocando sus manos como si temiera que se desvanecieran. Su padre, un hombre de negocios quebrado por la pérdida, la miraba desde la puerta con una mezcla de horror y milagro.

​—Nos dijeron que no hubo supervivientes... —sollozaba Elena—. Aria, mi pequeña... ¿dónde has estado? ¿Cómo sobreviviste?

​Aria sintió un nudo en la garganta. No podía decirles la verdad. No podía decirles que sus manos habían quitado vidas por dinero. No podía decirles que el Código 1 seguía vivo bajo su piel, analizando cada salida de emergencia de la casa, calculando el peso de los cubiertos de plata como posibles armas.

​—Me encontraron unos lugareños... —mintió Aria, su voz monótona, perfecta en su engaño—. Me llevaron a una aldea remota. No sabía quién era. Perdí la memoria por el impacto. Solo hace poco empecé a recordar... este lugar.

​Era una historia digna de una película de tarde, pero ellos necesitaban creerla. La abrazaron, y Aria se dejó abrazar, aunque su cuerpo estaba rígido como el acero templado.

​La Sombra de Chimera

​Esa noche, Aria se instaló en su antigua habitación. Habían mantenido todo igual: los peluches, los libros de cuentos, el color rosa de las paredes. Era un mausoleo para una niña que ya no existía.

​Se quitó la sudadera frente al espejo. Su espalda era un mapa de su verdadera historia: cicatrices de latigazos, quemaduras de pólvora y el tatuaje en la nuca que rezaba [C-01].

​De repente, su teléfono desechable vibró sobre la mesa de noche. No era un mensaje de texto. Era una frecuencia encriptada que solo ella conocía.

"El código nunca se borra, 01. Te vemos."

​Aria cerró los puños. Chimera no dejaba ir a sus activos más valiosos. Había vuelto a casa para encontrar su humanidad, pero se dio cuenta de que acababa de traer la guerra al salón de sus padres.




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