Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 2: La Cena de las Sombras

Capítulo 2: La Cena de las Sombras

​La mesa de los Vance estaba servida con una elegancia que resultaba ofensiva para los sentidos de Aria. Había cristalería fina, cubiertos de plata pulida y un asado cuyo aroma debería haber sido delicioso, pero que a ella le recordaba al olor de la carne quemada en los restos del fuselaje del avión.

​—Aria, apenas has probado bocado —dijo su padre, intentando forzar una sonrisa mientras llenaba su copa de vino—. Tu madre preparó esto especialmente para ti. Es tu plato favorito... o al menos lo era.

​Aria miró el trozo de carne en su plato. Sus dedos, bajo el mantel, jugueteaban con el borde de la silla, calculando cuánta fuerza necesitaría para volcarla y usarla como escudo si un francotirador disparaba desde el ventanal trasero.

​—Es perfecto, papá —mintió ella, tomando el cuchillo con una destreza técnica que hizo que Leo, su hermano, frunciera el ceño.

​Leo la observaba con una intensidad silenciosa. Él no era un mercenario, pero era un hombre de negocios astuto; sabía leer a la gente. Y la forma en que Aria sostenía el cuchillo, con el índice extendido para un control total de la presión, no era la forma en que una chica normal cortaba un asado. Era la forma en que un profesional cortaba una yugular.

​La Alarma Silenciosa

​De repente, los oídos de Aria captaron un sonido. Era una frecuencia ultrasónica, un pitido casi imperceptible que solo alguien entrenado para detectar dispositivos de escucha o inhibidores de señal notaría. Venía del jardín.

Fase uno: Reconocimiento, pensó el Código 1.

​—¿Pasa algo, Aria? —preguntó Elena, su madre, notando cómo su hija se ponía rígida.

​—He olvidado mis medicinas en la habitación —dijo Aria con una voz suave, levantándose con una gracia felina—. Vuelvo en un segundo.

​No subió a su habitación. Se deslizó hacia la cocina y luego hacia el lavadero, saliendo por la puerta de servicio con la rapidez de una sombra. El aire frío de la noche la golpeó, y sus sentidos se expandieron.

30 metros a las 2 en punto. Entre los setos de azaleas.

​Aria no corrió; fluyó. Se movió entre las sombras del jardín trasero. Allí estaba: un hombre vestido de negro, con un visor térmico y un rifle silenciado. No era un simple ladrón. Llevaba el parche táctico en el hombro: un pequeño logo de una quimera. Chimera la había encontrado en menos de veinticuatro horas.

​La Ejecución del Código

​Aria llegó detrás de él antes de que el hombre pudiera notar el cambio en la presión del aire. Le tapó la boca con una mano enguantada y, con la otra, le aplicó una presión quirúrgica en el nervio vago. No hubo lucha, solo el sonido sordo de un cuerpo cayendo sobre el césped húmedo.

​Le registró los bolsillos. Encontró un transmisor y una foto de ella cenando con sus padres, tomada hace apenas cinco minutos a través de la ventana.

​—Maldita sea —susurró Aria.

​El intercomunicador del mercenario crujió. Una voz fría y familiar salió del auricular:

Sombra 4, informe. ¿Tienes el ángulo para el Código 1? El Director quiere que la familia sea testigo del castigo por la deserción.

​Aria sintió un frío glacial. No iban a matarla solo a ella; iban a ejecutar a sus padres frente a sus ojos para dar un mensaje a los otros "Códigos".

​Tomó el transmisor y, distorsionando su propia voz para imitar la frecuencia masculina, respondió:

—Objetivo en la mira. Esperando a que el hermano se mueva.

​Regreso a la "Normalidad"

​Aria arrastró el cuerpo del mercenario hasta el sótano de herramientas, ocultándolo bajo una lona. Limpió sus manos con el rocío de las hojas y regresó al comedor justo cuando su madre servía el postre.

​—Tardaste un poco, cariño —dijo Elena con ternura.

​—No encontraba el frasco —respondió Aria, sentándose y tomando la cuchara de postre. Su pulso estaba a 60 pulsaciones por minuto. Estable. Mortal.

​Leo la miró fijamente. Notó una pequeña mancha de barro en el puño de su suéter blanco.

—Aria, ¿has salido al jardín? Estás manchada.

​Aria miró la mancha. Sabía que Leo empezaba a sospechar. Tenía que ser más cuidadosa, pero también sabía que esta noche no terminaría con el postre. Había más sombras fuera. Chimera no enviaba a un solo hombre para cazar al Código 1.

​—Me asomé por la ventana de la cocina —dijo ella con una sonrisa gélida—. Me pareció ver un gato.

​—¿Un gato? —preguntó Leo, entrecerrando los ojos.

​—Sí. Un depredador muy persistente. Pero ya se ha ido.

​Aria terminó su mousse de chocolate mientras, mentalmente, repasaba el inventario de armas improvisadas en el salón: el atizador de la chimenea (alcance 1 metro), el cable de la lámpara (estrangulamiento), los platos de porcelana (proyectiles de fragmentación).

​La cena continuó entre risas y recuerdos de la infancia, pero para Aria, cada carcajada de su madre era un cronómetro que avanzaba hacia el próximo ataque. No podía huir; si se iba, Chimera mataría a los Vance para cerrar el cabo suelto. Su única opción era hacer lo que mejor sabía hacer: eliminar la amenaza.




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