El problema de volver de entre los muertos es que siempre traes un poco de tierra de cementerio en los zapatos.
El sol comenzaba a lamer las cúpulas de la mansión Vance, pero para Aria, la luz solo significaba exposición. El sedante que había suministrado a sus padres era suave, pero Leo, con su metabolismo acelerado y su naturaleza desconfiada, estaba empezando a luchar contra el sueño en la habitación de al lado.
Aria se encontraba en el pasillo, con el pecho subiendo y bajando rítmicamente. Tenía una mancha de sangre en el hombro y el nudillo derecho hinchado. El francotirador del campanario seguía allí, una presencia invisible que observaba la casa a través de una mira telescópica, esperando un error.
—Aria... —una voz ronca y confundida rompió el silencio.
Ella se giró. Leo estaba apoyado en el marco de la puerta de su habitación, tambaleándose. Se frotaba los ojos, pero su mirada se detuvo bruscamente en la ropa táctica de su hermana y en el cuchillo de combate que ella aún sostenía por instinto.
—¿Qué... qué es esto? —Leo dio un paso adelante, el mareo del sedante desapareciendo bajo una descarga de adrenalina—. Aria, estás llena de sangre. ¿Qué ha pasado fuera? ¿Por qué huele a pólvora?
El Espejo RotoAria no bajó el arma. Su mente procesó la situación en microsegundos: Opción A: Mentir (Probabilidad de éxito: 5%). Opción B: Incapacitarlo (Probabilidad de éxito: 100%, pero rompería el vínculo emocional). Opción C: La verdad parcial.
—Leo, al suelo. ¡Ahora! —gritó Aria, lanzándose sobre él justo cuando un proyectil de alta velocidad atravesó la ventana del pasillo, astillando la madera noble del marco.
El estruendo fue ensordecedor. Ambos rodaron por el suelo. Aria cubrió el cuerpo de su hermano con el suyo, usándolo como escudo humano contra la línea de visión del campanario.
—¡Nos están disparando! —rugió Leo, el pánico apoderándose de él—. ¡Llamaré a la policía! ¡Papá! ¡Mamá!
—¡No hay policía, Leo! —Aria lo agarró por las solapas del pijama, pegando su rostro al de él. Sus ojos ya no eran los de la hermana pequeña; eran dos pozos de acero frío—. Si llamas a alguien, todos en esta casa morirán antes de que llegue la primera patrulla. Los hombres que están ahí fuera no son ladrones. Son profesionales. Y están aquí por mí.
El Despertar del GuerreroLeo la miró, horrorizado. En ese momento, comprendió que la historia de la "aldea remota" era una mentira piadosa. La mujer que tenía encima no había estado perdida; había estado en guerra.
—¿Quién eres tú? —susurró él, temblando.
—Soy la razón por la que vas a seguir vivo —respondió ella. Se levantó en cuclillas, moviéndose con una velocidad que Leo no pudo seguir—. Quédate en el suelo. Arrastra a mamá y a papá al vestidor del dormitorio principal. Es la única habitación sin ventanas exteriores y con paredes reforzadas. No salgas por nada.
—Aria, no puedes ir ahí fuera...
—Ya he estado fuera, Leo. El jardín está lleno de cadáveres. Ahora voy a por el que falta.
Aria se deslizó hacia la habitación de sus padres. Los movió con una eficiencia clínica, despertándolos lo justo para que caminaran como sonámbulos hacia el refugio. Elena balbuceaba palabras de amor, ignorando que las manos de su hija olían a muerte. Una vez que los tres estuvieron bajo llave en el vestidor blindado, Aria regresó al pasillo.
El Juego del Gato y el FrancotiradorEl tirador del campanario, frustrado por haber fallado el tiro contra el Código 1, cambió de estrategia. Empezó a disparar a los transformadores de luz de la calle. Uno a uno, los estallidos eléctricos sumieron la mansión en una penumbra artificial.
Aria subió al ático. Sabía que no podía ganar un duelo de francotiradores sin un rifle, pero tenía algo mejor: conocimiento del terreno y una mente entrenada por el Director de Chimera para convertir cualquier objeto en un vector de ataque.
Tomó un espejo decorativo del ático y un puntero láser que Leo usaba para sus presentaciones de negocios.
—¿Quieres un objetivo, Sombra 5? —susurró Aria—. Te daré uno.
Colocó el espejo en un ángulo muerto y activó el láser, haciendo que el haz rebotara hacia el campanario. Fue una distracción de un segundo, pero suficiente. El francotirador disparó al reflejo del láser. En ese instante, Aria localizó el destello del cañón del enemigo.
Distancia: 450 metros. Viento: Mínimo. Objetivo: Localizado.
Aria no disparó. En su lugar, activó el transmisor del mercenario muerto que llevaba en la oreja.
—Sombra 5, aquí Código 1 —dijo con una voz que era puro veneno—. Sé que me estás viendo. Sé que tienes el dedo en el gatillo. Pero mientras me miras a mí, ¿quién está mirando tu espalda?
El silencio al otro lado fue total. Aria sabía que estaba jugando con su mente. Los mercenarios de Chimera temían al Código 1 por una razón: ella no solo mataba cuerpos, destruía voluntades.
—Tengo a tres de tus hombres en el sótano —continuó ella, mintiendo con una calma aterradora—. Uno sigue vivo y está siendo muy... comunicativo. Dile al Director que si no retiras la mira de esta casa en diez segundos, enviaré su cabeza a la sede central por correo urgente.
La Decisión de LeoMientras Aria mantenía el duelo psicológico, Leo, desobedeciendo sus órdenes, salió del vestidor. Encontró el cuchillo que Aria había dejado en el pasillo. Al asomarse por la ventana rota, vio un cuerpo en el jardín bajo la luz de la luna.
El horror se transformó en algo más. No era solo miedo; era una comprensión dolorosa. Su hermana pequeña era un monstruo, sí, pero era su monstruo protector.
Aria bajó del ático justo cuando el francotirador, presionado por la incertidumbre y la amenaza, decidió retirarse. El motor de una moto rugió en la distancia, alejándose del campanario.
Se encontró con Leo en medio del pasillo oscuro. Él sostenía el cuchillo con manos temblorosas.
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Editado: 06.01.2026