Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 6: La Geometría de la Emboscada

Capítulo 6: La Geometría de la Emboscada

Conducir no es llevar un vehículo del punto A al punto B. Es gestionar vectores de muerte mientras mantienes el pulso por debajo de las 70 pulsaciones.

​El SUV blindado devoraba el asfalto de la autopista interestatal mientras la lluvia empezaba a caer, convirtiendo el mundo en un borrón de luces rojas y grises. Aria mantenía la vista clavada en el retrovisor. Tres vehículos negros: un sedán de alta gama y dos motocicletas de gran cilindrada. Estaban en formación de "tenaza".

​—¿Aria? Estás yendo a 140 —dijo Thomas, agarrando el asa de seguridad con nudillos blancos—. Nos van a detener.

​—La policía es el menor de nuestros problemas, papá —respondió ella. Su voz era un susurro gélido—. Leo, busca en el compartimento de la puerta del pasajero. Hay un dispositivo pequeño con una pantalla LED. Púlsalo.

​Leo obedeció, encontrando un inhibidor de señales casero. Al activarlo, las pantallas de los teléfonos de todos en el coche se quedaron en negro.

​—Eso nos dará dos minutos antes de que triangulen nuestra posición por satélite —explicó Aria—. Sujétense.

​El Ataque en Movimiento

​Las motocicletas aceleraron. Los conductores no eran simples mercenarios; se movían con la sincronía de los "Códigos". El que venía por la izquierda sacó una pistola de clavos neumáticos diseñada para reventar neumáticos blindados.

​Aria no esperó. Pisó el freno en seco, haciendo que la inercia del SUV sacudiera a su familia, y luego dio un volantazo violento hacia la izquierda. El parachoques reforzado golpeó la motocicleta, lanzando al conductor contra la mediana de hormigón en una explosión de chispas y metal.

​—¡Dios mío! —gritó Elena desde el asiento trasero.

​—¡Cierren los ojos! —ordenó Aria.

​El segundo motociclista, viendo caer a su compañero, saltó desde su asiento hacia el techo del SUV en una maniobra suicida. El sonido de sus botas metálicas impactando sobre el techo resonó como un trueno dentro de la cabina.

​El Pasajero Inesperado

​El techo del coche empezó a vibrar. Un soplete térmico de bolsillo comenzó a cortar el acero reforzado justo encima del asiento de Leo.

​Aria sabía que no podía disparar hacia arriba sin arriesgarse a un rebote dentro del habitáculo. Tomó una decisión táctica: entró en una zona de construcción con un túnel bajo.

​—¡Leo, toma el volante! ¡Mantenlo recto! —Aria saltó al asiento trasero, ignorando los gritos de sus padres.

​Abrió el techo solar justo cuando el mercenario de Chimera terminaba de cortar el círculo. Se encontraron cara a cara. Era el Código 9, un especialista en combate cercano que Aria recordaba de los entrenamientos en la selva. Él sonrió, mostrando unos dientes protegidos por una funda de carbono.

​—01... El Director te envía saludos —gruñó el Código 9, intentando meter una granada cegadora por el hueco.

​Aria le agarró la muñeca con una fuerza inhumana. No intentó quitarle la granada; la mantuvo en la mano de él y pateó el mecanismo de cierre del techo solar, atrapando el brazo del mercenario. Con un movimiento seco de sus dedos, Aria activó la palanca de emergencia del techo. El cristal y el metal se cerraron con la potencia de una guillotina, atrapando al Código 9.

​—Saludos devueltos —dijo Aria.

​Dio un golpe certero al pecho del mercenario, empujándolo hacia atrás mientras el SUV salía del túnel a gran velocidad. El Código 9 cayó al asfalto, rodando como un muñeco de trapo mientras el sedán negro que los seguía tenía que desviarse violentamente para no arrollarlo.

​La Revelación de la Montaña

​—¿Qué... qué demonios ha sido eso? —Leo jadeaba, devolviéndole el control del volante a su hermana. Estaba temblando, pero había algo de adrenalina en sus ojos. Había visto a su hermana vencer a un monstruo.

​—Eso fue el Código 9 —respondió Aria, limpiándose una gota de sangre de la mejilla—. Y no era el mejor del grupo.

​Salieron de la autopista, internándose en los caminos de tierra que subían hacia la Cordillera del Pino. La lluvia aquí era más densa, el barro dificultaba la tracción. Aria apagó las luces del coche y activó el visor nocturno integrado en el parabrisas (una modificación ilegal que ella misma había instalado semanas atrás).

​Finalmente, llegaron a la cabaña. Era una estructura de piedra y madera, aislada, rodeada de sensores sísmicos que Aria había enterrado meses antes.

​—Bajen. Rápido —ordenó.

​El Nido Ocupado

​Al entrar en la cabaña, Aria sintió que algo no encajaba. El aire olía a un perfume familiar: sándalo y ozono. Un olor que solo una persona en el mundo usaba.

​—Bienvenidos —dijo una voz suave desde la penumbra de la chimenea.

​Aria desenfundó su pistola en un movimiento borroso, apuntando directamente a la sombra. Leo y sus padres se quedaron petrificados detrás de ella.

​Sentada en un sillón de cuero, con una tableta táctica en el regazo, estaba una mujer joven, de aspecto frágil, pero con una mirada que contenía una sabiduría cruel. Era el Código 4, la estratega del grupo.

​—No dispares, 01 —dijo el Código 4, levantando las manos, aunque no parecía asustada—. El Director me envió para matarte, pero he decidido que tu oferta de libertad suena más interesante que su oferta de jubilación eterna. Además... —señaló la pantalla de su tableta—, el Código 2 y el Código 3 están a menos de diez kilómetros. Si no trabajamos juntas, esta cabaña será vuestro ataúd antes del amanecer.

​Aria no bajó el arma. Miró a su familia, luego a la traidora de Chimera.

​—¿Por qué debería creerte? —preguntó Aria.

​—Porque yo soy la que interceptó el mensaje de tu hermano —respondió el Código 4, mirando a Leo—. Y soy la única que sabe cómo borrar el rastro digital que acaba de dejar vuestro padre al encender su GPS por error hace cinco minutos.

​Aria miró a Thomas. Él, con cara de culpa, sostenía su teléfono móvil. Se le había caído del bolsillo y la pantalla brillaba con el logo de "Mapas".




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