Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 8: La Guarida del Padre de los Monstruos

Capítulo 8: La Guarida del Padre de los Monstruos

Dicen que el hogar es donde está el corazón. Para mí, el hogar siempre fue una celda de hormigón. Hoy, vuelvo a casa para quemarla.

​El SUV blindado se detuvo en un área de descanso a cincuenta kilómetros de la sede de Chimera: un rascacielos brutalista oculto bajo la fachada de una empresa de logística internacional en el corazón del distrito financiero. La lluvia había cesado, dejando un frío metálico que calaba hasta los huesos.

​Aria miró a su familia por el retrovisor. Su padre intentaba calmar el temblor de sus manos; su madre rezaba en silencio; y Leo… Leo estaba limpiando el cañón de la escopeta con una determinación que asustaba.

​—Escuchadme bien —dijo Aria, girándose hacia ellos—. Vamos a entrar en la boca del lobo. Sora ha conseguido los pases de seguridad de una empresa de mantenimiento, pero una vez dentro, el disfraz solo durará hasta que alguien nos mire a los ojos.

​—¿Por qué tenemos que ir nosotros? —preguntó Thomas, su voz cargada de un miedo razonable—. Déjanos en una comisaría, Aria.

​—Papá, el Director tiene a la policía en su nómina. Si os dejo solos, sois moneda de cambio. Si venís conmigo, sois mi retaguardia. Sora estará en el camión controlando los ascensores y las cámaras. Leo, tú te quedarás con ellos en el muelle de carga con el motor en marcha. Si no salgo en veinte minutos, pisas el acelerador y no miras atrás.

​La Infiltración: El Caballo de Troya

​Disfrazados con uniformes de técnicos de climatización y ocultando sus armas en cajas de herramientas, el grupo entró por el muelle de carga. El edificio respiraba con un zumbido eléctrico constante. Sora, desde una furgoneta aparcada a dos manzanas, hablaba por el auricular de Aria.

​—Estás dentro, 01. He creado un bucle en las cámaras del nivel 4. Tienes seis minutos antes de que el sistema de reconocimiento facial detecte la anomalía en tu estructura ósea. El Director está en el piso 42, el "Nido".

​Aria se separó de su familia en la zona de carga. Le dio a Leo un abrazo rápido, el primero que se sentía real en años.

​—Mantenlos a salvo, hermano —susurró.

​—Vuelve por nosotros, Código 1 —respondió Leo con una seriedad que hizo que Aria se diera cuenta de que su hermano ya no era el niño que ella recordaba.

​El Ascenso al Infierno

​Aria utilizó el hueco del ascensor para subir, evitando las cabinas donde los escáneres eran más estrictos. Sus movimientos eran una exhibición de fuerza y precisión, escalando cables de acero mientras el abismo se abría bajo sus pies.

​Al llegar al piso 40, el corazón de la sección de investigación, la escena era dantesca. Vio a través de los cristales reforzados a otros niños, nuevos "proyectos" en tanques de privación sensorial. Eran los sustitutos. Los Código 0. Al verlos, una furia antigua y roja nubló la visión de Aria. No era solo por ella; era por el ciclo de crueldad que nunca terminaba.

​—01, te han detectado —la voz de Sora sonó urgente—. El Director ha sellado el piso 42. Ha activado al Código 0.1. Es tu versión mejorada, Aria. No tiene recuerdos, solo instintos de caza.

​El Espejo de la Muerte

​Las puertas del ascensor de seguridad se abrieron en el ático. El despacho del Director era una estancia vasta, minimalista, con paredes de cristal que daban a la ciudad iluminada. En el centro, sentado tras un escritorio de obsidiana, estaba el hombre de la cicatriz en el labio.

​—Bienvenida a casa, hija mía —dijo el Director sin levantar la vista de sus pantallas.

​Aria no respondió. Disparó. Pero la bala no llegó a su destino. Una figura pequeña, vestida con un traje de combate blanco, interceptó el proyectil con un escudo cinético desplegable.

​Era una niña. No tenía más de diez años. Sus ojos eran grises, vacíos de cualquier emoción, exactamente como los de Aria tras el accidente de avión. Era el Código 0.1.

​—Es hermosa, ¿verdad? —dijo el Director, levantándose—. Ella es lo que tú debiste ser. Sin pasado, sin familia que proteger, sin ese molesto "yo" que te hace desertar.

​—Es una niña, bastardo —gruñó Aria, sintiendo que el cuchillo en su mano pesaba una tonelada.

​El Duelo de las Arias

​La niña atacó. No usaba armas de fuego; era un torbellino de artes marciales y tecnología de punta. Aria se vio obligada a defenderse, pero cada golpe que recibía le recordaba a sí misma. Era como luchar contra su propio fantasma de ocho años.

​—¡No quiero matarte! —gritó Aria, bloqueando una patada que habría roto el cuello de cualquier hombre.

​La niña no hablaba. Solo emitía un sibilante sonido de respiración mecánica. El Director observaba la pelea como si fuera un experimento de laboratorio, tomando notas en su tableta.

​—¡Sora, ahora! —gritó Aria por el comunicador.

​En ese instante, el edificio entero tembló. Sora no había hackeado solo las cámaras; había sobrecargado el sistema de extinción de incendios por gas halón. El despacho se llenó de una niebla densa y asfixiante.

​Aria aprovechó la confusión. No atacó a la niña, sino que usó una granada cegadora directamente a los pies del Director. En medio del caos blanco, Aria llegó hasta él y le puso el cañón de su pistola en la base del cráneo.

​—Se acabó, Padre —susurró Aria.

​El Giro Final

​El Director soltó una carcajada ronca a pesar del gas.

—¿Crees que matarme detendrá esto? Mira las pantallas, Aria.

​En los monitores del despacho, Aria vio el muelle de carga. Su familia estaba rodeada por una docena de guardias. Leo tenía la escopeta levantada, pero estaban superados en número.

​—Un solo movimiento de tu dedo —dijo el Director— y ellos mueren. Pero si te entregas, si permites que borremos tus recuerdos y te reinsertemos como instructora de la nueva generación, los dejaré vivir en una isla, lejos de aquí, con todo el lujo que el dinero de Chimera puede comprar.




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