Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 10: La Frontera de los Muertos

Capítulo 10: La Frontera de los Muertos

La libertad es una palabra hermosa hasta que te das cuenta de que significa no tener un suelo donde caer muerto.

​El SUV blindado cruzaba la línea divisoria entre Texas y Tamaulipas por un paso de carga no registrado, un favor que Sora había cobrado a un contacto de su vida anterior. El aire se volvió espeso, cargado de polvo y el olor dulce de la vegetación tropical mezclado con combustible quemado.

​Aria conducía con los ojos inyectados en sangre. No había dormido en treinta y seis horas. En el asiento de atrás, la pequeña Luna (el Código 0.1) permanecía en un estado de trance, con la cabeza apoyada en el hombro de Elena. La niña era un arma de doble filo: una aliada letal o un rastreador viviente que podía activarse en cualquier momento.

​—Aria, el contacto nos espera en un mercado de abastos en las afueras de Reynosa —dijo Sora a través del comunicador—. Se hace llamar "El Arquitecto". Si alguien puede darnos rostros nuevos y un rastro digital muerto, es él.

​—¿Es de fiar? —preguntó Leo, que sostenía una pistola Beretta que Aria le había entregado antes de cruzar la frontera.

​—En este mundo nadie es de fiar, Leo —respondió Aria—. Pero le debe la vida a Sora. Eso es mejor que la lealtad.

​La Emboscada Invisible

​A medida que se internaban en la ciudad, el GPS de Aria empezó a emitir un pitido errático. El mapa digital se distorsionaba, mostrando rutas que no existían.

​—Aria, detecto una intrusión electromagnética de corto alcance —advirtió Sora—. Alguien está "pintando" el coche con un láser de baja frecuencia.

​No fue una explosión lo que los detuvo. Fue un fallo sistémico. El SUV, una maravilla de la ingeniería, empezó a morir. Los frenos se bloquearon, la dirección se puso rígida y el motor se apagó con un suspiro metálico. El coche se detuvo en medio de una calle desierta, flanqueada por almacenes de ladrillo visto.

​—¡Bajad! ¡Salid del coche ahora! —gritó Aria.

​Apenas pusieron un pie en el asfalto, un proyectil pasó silbando sobre la cabeza de Thomas. No era una bala de plomo, sino un dardo de fibra de carbono.

​El Código 11: El Alquimista de Sombras

​Desde la sombra de un almacén, surgió una figura delgada, vestida con un traje de protección química ligero y una máscara de gas estilizada que ocultaba su rostro. No portaba rifles pesados, sino una ballesta neumática de precisión.

​Era el Código 11, conocido en la organización como "Vortex". Su especialidad no era el combate directo, sino la guerra química y el sabotaje sistémico.

​—01... has causado mucho desorden en el norte —la voz de Vortex llegaba amplificada por los altavoces de su máscara, distorsionada y metálica—. El Consejo está fascinado contigo. Quieren saber cuánto tiempo puede sobrevivir un espécimen cuando su entorno se vuelve tóxico.

​Vortex levantó una mano y accionó un dispositivo. De las alcantarillas de la calle empezó a brotar un gas amarillento y denso.

​—¡No lo respiréis! —Aria se quitó la bufanda y la empapó con agua de una botella, envolviendo la nariz de su madre—. ¡Leo, lleva a papá al interior de ese almacén! ¡Sora, necesito cobertura!

​El Despertar de la Prole

​El gas no era letal de inmediato, pero era un agente alucinógeno de acción rápida. Thomas empezó a ver sombras donde no las había, y Elena cayó de rodillas, presa de un ataque de pánico.

​De repente, Luna abrió los ojos. Pero no eran los ojos de la niña que comía galletas con Elena. Sus pupilas estaban dilatadas al máximo y empezó a temblar violentamente.

​—¡Aria! ¡Luna está reaccionando al gas! —gritó Leo, intentando sujetarla.

​La niña se soltó de Leo con un movimiento que le dislocó el hombro. Se lanzó hacia Vortex como un animal salvaje. El Código 11 simplemente dio un paso al lado y le disparó un dardo en el cuello.

​—El 0.1 es sensible a mis compuestos —dijo Vortex con frialdad—. Es una pena que tengas que ver cómo destruyo tu pequeño proyecto de familia, Aria.

​El Contragolpe del Código 1

​Aria sintió que el mundo empezaba a girar. El gas estaba afectando su sistema nervioso, ralentizando sus reflejos. Pero su entrenamiento era superior. Cerró los ojos, confiando en su oído y en su memoria muscular.

Visualiza el objetivo. Tres pasos a la izquierda. Humedad en el aire. El sonido del filtro de su máscara.

​Aria se lanzó al ataque, no con un arma, sino con un trozo de metal que arrancó de la puerta del coche. Vortex intentó disparar su ballesta, pero Aria rodó por el suelo, evitando el dardo, y le clavó el metal en la pierna, justo donde el traje de protección era más delgado.

​El Código 11 gritó. El sello de su traje se rompió, y su propio gas empezó a entrar en su sistema.

​—¡Sora! ¡El Arquitecto! ¡Dile que venga ya! —rugió Aria, mientras luchaba por no desmayarse.

​La Llegada del Arquitecto

​Una furgoneta destartalada entró en la calle a toda velocidad, dispersando el gas con ventiladores industriales montados en el techo. Un hombre de piel curtida y gafas oscuras bajó del vehículo, armado con una máscara de gas de grado militar.

​—¡Subid! ¡Rápido, si queréis conservar los pulmones! —gritó El Arquitecto.

​Aria cargó a Luna, mientras Leo ayudaba a sus padres a subir a la furgoneta. Vortex, herido y afectado por su propio veneno, desapareció entre las sombras de los almacenes, pero su risa distorsionada aún se escuchaba por los altavoces de la calle.

​—Esto solo ha sido la dosis de prueba, 01... —la voz se desvanecía—. Nos vemos en Ciudad de México.

​Hacia lo Desconocido

​Dentro de la furgoneta, el ambiente era de derrota absoluta. Thomas y Elena estaban en estado de shock. Leo se recolocaba el hombro con un grito de dolor. Luna dormía de nuevo, pero sus dedos se movían espasmódicamente.

​El Arquitecto miró a Aria por el retrovisor.

—Te han marcado, Código 1. El gas de Vortex tiene isótopos radiactivos. Os pueden rastrear desde el espacio si no os meto en una cámara de descontaminación en las próximas dos horas.




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