Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 11: La Carne y el Pincel

Capítulo 11: La Carne y el Pincel

La cara es la primera página de nuestra historia. Para sobrevivir, vamos a arrancar la hoja y escribir sobre las cenizas.

​El refugio del Arquitecto no era una mansión, sino un búnker subterráneo oculto bajo una imprenta de periódicos abandonada en el corazón de Reynosa. El olor a tinta vieja y solventes químicos ayudaba a camuflar el rastro de la familia.

​Aria observaba a través de un cristal reforzado cómo Sora y el Arquitecto pasaban escáneres geiger sobre sus padres. La noticia fue un martillazo: el gas del Código 11 no solo era alucinógeno; era un marcador químico persistente.

​—No basta con mudarse de ciudad, Aria —dijo el Arquitecto, quitándose las gafas oscuras y revelando unos ojos cansados pero precisos—. El isótopo está en sus poros. Y el reconocimiento facial de la Red Global de Chimera tiene vuestros vectores óseos. Si salen a la calle así, los satélites los detectarán en tres minutos.

​La Revelación del Parásito

​Mientras escaneaban a Thomas para la descontaminación, una alarma de baja frecuencia empezó a sonar en la consola del Arquitecto.

​—¿Qué es eso? —preguntó Leo, que tenía el brazo en cabestrillo tras la luxación sufrida con Luna.

​El Arquitecto frunció el ceño y pasó un sensor térmico por la nuca de Thomas. Una pequeña mancha de calor, del tamaño de un grano de arroz, brillaba con una intensidad artificial cerca de la base del cráneo.

​—Es un bio-rastreador de frecuencia pasiva —susurró el Arquitecto—. No emite señal... a menos que sea activado por una antena de proximidad, como la que había en el SUV o la que usa el Código 11.

​Aria sintió un frío eléctrico. Se acercó a su padre y le tocó la nuca. Notó el pequeño bulto bajo la piel.

​—Papá... ¿cuándo te operaron de la nuca? —preguntó Aria, con una voz que era puro hielo.

​—Nunca... —respondió Thomas, temblando—. Bueno, hace diez años tuve aquel accidente menor, en el hospital de la empresa... Dijeron que solo me quitaron unos cristales de la ventana.

​Aria cerró los puños. Chimera no los había encontrado por casualidad cuando ella regresó. Habían tenido a Thomas marcado durante una década, esperando el momento en que ella volviera a casa. Su familia no era una coincidencia; era el cebo de una trampa de largo aliento.

​El Ritual del Cambio

​—Tenemos que operar —dijo el Arquitecto—. Y mientras saco eso, tengo que cambiar vuestros rasgos. Si queréis llegar a Ciudad de México, vuestras fotos de la infancia deben ser inútiles.

​Lo que siguió fue una noche de horror clínico y sacrificio. Aria tuvo que sostener la mano de su madre mientras el Arquitecto aplicaba rellenos dérmicos y láseres para alterar la pigmentación de su piel y la forma de sus pómulos. No eran cirugías estéticas; eran alteraciones tácticas.

​A Leo le tiñeron el pelo de un negro carbón y le aplicaron una sustancia ácida controlada para crearle una cicatriz en la mejilla que alterara su simetría facial.

​Cuando llegó el turno de Aria, ella rechazó la anestesia.

—Necesito estar despierta —dijo, mirando al Arquitecto—. Haz lo que tengas que hacer, pero deja mis manos intactas.

​El Arquitecto trabajó en ella con una mezcla de respeto y miedo. Le ensanchó la mandíbula con implantes de colágeno denso y oscureció sus pupilas con lentes de contacto permanentes de grado médico. Al terminar, la mujer en el espejo era una desconocida de mirada inquietante.

​El Código 0.1: La Pieza Suelta

​Luna fue la última. Mientras estaba sedada, el Arquitecto intentó acceder a su puerto neural.

​—Aria, esta niña no es como tú —dijo el Arquitecto, sudando—. Su arquitectura es híbrida. Tiene nanobots en el torrente sanguíneo que reparan su tejido. Si intento cortarla para cambiar su rostro, la piel se cierra antes de que pueda poner un punto. Es una autómata biológica perfecta.

​—Entonces no la cambies —dijo Aria—. Le daremos una máscara. De ahora en adelante, Luna no saldrá a la luz sin cubrirse.

​El Nuevo Manifiesto

​Al amanecer, la familia Vance ya no existía. Thomas ahora era "Roberto", un contable retirado. Elena era "Rosa". Leo era "Mateo". Y Aria... Aria era simplemente "Sombra".

​—Aquí están vuestros nuevos pasaportes —el Arquitecto entregó una carpeta de cuero—. Son legales en el sistema. Tienen historias clínicas, deudas bancarias y antecedentes penales menores en Brasil. Son ciudadanos invisibles.

​De repente, la imprenta arriba de ellos vibró. No fue una explosión, sino el sonido de múltiples motores de alta potencia.

​—Aria, detecto movimiento masivo en la superficie —la voz de Sora sonó por los altavoces—. No es Chimera. Es el cártel local. Alguien les ha pagado una fortuna para que limpien esta manzana "casa por casa".

​Aria tomó su nuevo rifle, un FX-05 mexicano que el Arquitecto le había proporcionado.

—El Código 11 es listo. Sabe que no puede entrar aquí sin ser detectado, así que ha enviado a los perros de presa locales para sacarnos al descubierto.

​Miró a su familia. Sus nuevos rostros estaban hinchados y magullados por los procedimientos, pero sus ojos estaban llenos de una determinación desesperada.

​—Leo, toma la retaguardia —ordenó Aria—. Papá, mamá, Luna... a la furgoneta. El Arquitecto tiene un túnel que sale a dos calles. Vamos a demostrarle al Código 11 que cambiar de cara no significa olvidar cómo se mata.

​El capítulo termina con el sonido de las puertas de la imprenta siendo derribadas arriba, mientras la furgoneta del Arquitecto se interna en la oscuridad del túnel. La cacería ha subido de nivel: ahora no solo los persiguen asesinos de élite, sino que tienen precio por su cabeza en el bajo mundo.




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