El cuerpo tiene memoria. Puedes cambiar la piel, puedes limar el hueso, pero la sangre sabe quién eres. Y a veces, la sangre decide rebelarse.
La furgoneta del Arquitecto rebotaba violentamente mientras avanzaba por el túnel de drenaje, un laberinto de cemento y humedad que conectaba la imprenta con la red de alcantarillado de Reynosa. Aria sentía que su rostro era una máscara de lava. El colágeno denso y los pigmentos experimentales estaban causando una reacción anafiláctica severa.
—Aria, tu ritmo cardíaco está en 160. Tus pupilas no reaccionan —Sora gritaba por el comunicador, viendo los datos biométricos—. Los implantes están rechazando el tejido. ¡Necesitas un antihistamínico de grado militar ahora!
—No hay tiempo —gruñó Aria, aunque su visión se duplicaba. Sus pómulos estaban tan hinchados que apenas podía ver por las rendijas de sus ojos—. Leo… toma el rifle. Si me desmayo, tú eres el Código 1.
El Despertar de la Nueva LunaEn el asiento trasero, junto a Elena y Thomas, Luna comenzó a emitir un zumbido sordo. No era un sonido humano; era la vibración de los nanobots en su torrente sanguíneo trabajando a máxima potencia. La niña abrió los ojos, pero no eran rojos ni grises. Eran de un blanco eléctrico, sin pupila ni iris.
—Protocolo de Contingencia 0.1: Reescritura de Personalidad detectada —la voz de Sora sonó aterrada—. Aria, alguien ha activado un disparador subconsciente en la niña. Ya no es Luna. Es la "Sombra de Borrado".
Luna se movió con una velocidad que desafiaba la física. Sus dedos, pequeños y pálidos, se cerraron alrededor del cuello de Thomas. No para matarlo, sino para usarlo como escudo humano. Su voz, cuando habló, era una amalgama de miles de voces pregrabadas por Chimera.
—El activo 01 ha fallado —dijo Luna/Sombra—. Iniciando recolección de muestras biológicas de la familia Vance. El Director requiere los rastreadores físicos.
Caos en el Túnel—¡Luna, suéltalo! —gritó Leo, apuntando con la Beretta, pero sus manos temblaban. Era su padre quien estaba en la línea de fuego.
Aria, luchando contra el choque anafiláctico que amenazaba con cerrar su garganta, sacó un inyector de epinefrina de su kit médico y lo clavó en su propio muslo. El golpe de adrenalina le dio un segundo de claridad absoluta, aunque su corazón rugía como un motor fuera de control.
—¡Ella no es Luna, Leo! ¡Es un programa de radiofrecuencia! —Aria se lanzó al asiento trasero.
En ese momento, la furgoneta salió del túnel hacia un callejón sin salida, donde dos camionetas del cártel, coordinadas por el Código 11, bloqueaban el paso. Hombres con chalecos tácticos y fusiles de asalto saltaron de los vehículos. Estaban atrapados entre un enemigo externo y una niña asesina dentro del coche.
El Duelo de las IdentidadesAria no podía pelear contra Luna sin herirla, y no podía pelear contra el cártel mientras su rostro se deshacía.
—¡Mamá, toma el volante! —ordenó Aria, empujando a Elena hacia el asiento del conductor—. ¡Leo, dispara a los neumáticos de las camionetas! ¡Yo me encargo de ella!
Aria aplicó una técnica de presión en los nervios del brazo de Luna, obligándola a soltar a Thomas. La niña reaccionó con una patada que lanzó a Aria contra la puerta de la furgoneta. La fuerza era ridícula para alguien de su tamaño.
—El dolor es una ilusión del sistema antiguo, 01 —dijo Luna, sus dedos transformándose ligeramente, las uñas retratándose para revelar filamentos de fibra de carbono.
—¡Luna, escúchame! —Aria la agarró por los hombros, ignorando el dolor punzante en su rostro—. ¡Tú elegiste el nombre! ¡Elegiste el color rojo! ¡Tú no eres una terminal, eres una niña que sobrevivió!
La Intervención de SoraDesde la distancia, Sora comprendió que la única forma de salvarlos era un "ataque de denegación de servicio" al cerebro de Luna.
—¡Aria, acércala a la antena de la furgoneta! ¡Voy a emitir un pulso de ruido blanco que freirá su receptor!
Elena pisó el acelerador, embistiendo una de las camionetas del cártel para abrirse paso. Mientras el coche saltaba por el impacto, Aria empujó a Luna contra el techo reforzado donde se encontraba la antena del inhibidor. Sora soltó el pulso.
Un estallido de estática llenó el aire. Luna gritó, un sonido electrónico que se desvaneció en un llanto infantil. Sus ojos volvieron a la normalidad antes de caer desmayada en los brazos de Aria.
Rostros de GuerraLa furgoneta logró escapar hacia las carreteras secundarias que llevaban al sur, dejando atrás el humo y los gritos del cártel. Aria cayó al suelo del vehículo, su rostro ahora cubierto de ronchas y sangre debido a la reacción violenta.
Leo se acercó a ella, horrorizado. La cara de su hermana estaba deformada, los implantes se habían movido, dándole una apariencia casi inhumana.
—Tenemos que quitarte esto —dijo Leo, buscando el kit médico—. Te está matando.
—No —susurró Aria, cuya respiración era un silbido—. Si me lo quitas... me encontrarán. Déjalo... déjalo que se endurezca así. Prefiero ser un monstruo que ellos no reconozcan... a una hija muerta.
El capítulo termina con la furgoneta ocultándose bajo un puente mientras la lluvia de la tarde empieza a caer. Aria, desfigurada y febril, sostiene a una Luna inconsciente, mientras su padre y su madre la miran con un amor que ahora está mezclado con un terror irreversible. Ya no son la familia Vance; son los supervivientes de una mutación que apenas comienza.
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Editado: 24.01.2026