La tortura física tiene un límite: el desmayo. La tortura psicológica es infinita, porque se alimenta de lo que más amas.
La furgoneta se detuvo en una gasolinera abandonada en las afueras de San Luis Potosí. El rostro de Aria era una masa de tejido inflamado y hematomas; la reacción alérgica había remitido gracias a los esteroides, pero los implantes se habían asentado de forma asimétrica. Ya no parecía Aria Vance. Parecía un soldado curtido en mil batallas, alguien a quien la vida había golpeado y que había devuelto el golpe.
—Aria, tenemos una brecha —la voz de Sora sonó quebrada por el pánico—. No es un ataque de fuerza bruta. Es un "ghosting". Alguien está dentro de nuestra red local.
De repente, las cuatro pantallas de los teléfonos móviles "limpios" de la familia se encendieron simultáneamente.
La Galería del HorrorElena soltó un grito que se clavó en los oídos de Aria. En su pantalla, un video comenzó a reproducirse: era Aria a los seis años, riendo en un columpio en el patio trasero de su antigua casa. La imagen era nítida, demasiado nítida.
—¿Cómo tienen esto? —balbuceó Thomas, mirando su propia pantalla—. Ese video estaba en una cinta VHS que se perdió en la mudanza...
—No lo tenían —dijo Aria, arrebatándole el teléfono—. Lo están reconstruyendo. Es una Inteligencia Artificial generativa de Chimera. Están usando vuestros recuerdos y metadatos para crear contenido que os rompa.
El video cambió bruscamente. La pequeña Aria en el columpio de repente se giraba hacia la cámara. Sus ojos se volvían negros y su boca se abría en una hendidura imposible, emitiendo un sonido distorsionado:
—¿Por qué nos dejaste morir en la selva, mamá? Hacía frío. Me dolió cuando el metal me atravesó.
—¡Apágalo! ¡Por Dios, apágalo! —Elena lanzó el teléfono contra el salpicadero, pero el audio siguió sonando a través de los altavoces de la furgoneta.
El Código 12: El Manipulador—Es el Código 12 —dijo Aria, manteniendo la calma con un esfuerzo sobrehumano—. Se llama Morfeo. No usa armas. Usa ingeniería social y manipulación sensorial. Es el que entrena a los sujetos para que olviden quiénes son.
La voz de la radio del coche cambió. Ya no era estática. Era una voz suave, paternal, casi terapéutica.
—Aria... o debería decir, sujeto 01. Estás forzando a estos civiles a vivir tu pesadilla. Mira a tu madre. Está a un paso del colapso nervioso. Mira a tu padre. Su corazón no aguantará otra semana de huidas. ¿De verdad crees que salvarlos es mantenerlos vivos en una furgoneta mugrienta?
—¡Cierra la boca! —rugió Leo, golpeando la radio.
—Leo... siempre el hermano protector —continuó la voz de Morfeo—. ¿Sabías que Aria tenía órdenes de ejecutarte si alguna vez te acercabas demasiado a la sede de Chimera? Ella te ama, claro. Pero el código es más fuerte que el amor. ¿Verdad, 01?
El Virus de la DudaAria sintió la mirada de Leo. Fue solo un segundo, un destello de sospecha, pero fue suficiente para que Morfeo ganara. El Código 12 no buscaba matarlos; buscaba que se mataran entre ellos, o que la desconfianza los inmovilizara.
Luna, que se había mantenido en silencio desde el ataque en el túnel, se acercó a la pantalla rota del teléfono. Sus dedos rozaron la imagen de la Aria de seis años.
—Aria... —susurró la niña—. Esa niña... todavía está gritando dentro de mí. Morfeo dice que si vuelvo con él, dejará de gritar.
Aria agarró a Luna por los hombros.
—¡Es una mentira, Luna! Es una frecuencia de audio diseñada para estimular tu amígdala. ¡Sora! ¡Corta la señal!
—¡Estoy intentándolo, pero está usando las torres de telefonía locales como repetidores! ¡Tengo que tumbar la red de toda la zona para detenerlo!
La Contramedida de AriaAria comprendió que Morfeo los estaba siguiendo no por GPS, sino por el rastro emocional que dejaban. Estaba usando sus propias reacciones para triangular su posición.
—Todos, fuera del coche. ¡Ahora! —Aria los arrastró hacia una zona de sombra electrónica bajo una estructura de metal galvanizado.
Tomó el ordenador de Sora y empezó a teclear con una velocidad furiosa. Si Morfeo quería jugar con fantasmas, ella le daría una legión.
—Sora, activa el protocolo "Eco de Humo". Inunda la red local con diez mil perfiles falsos de los Vance. Usa los videos que él nos envió, pero distorsiónalos. Convierte su ataque en ruido de fondo.
—Eso nos cegará a nosotros también, Aria. No tendremos GPS ni comunicaciones durante 12 horas.
—Es el precio del silencio. Hazlo.
La Oscuridad TotalUn estallido de estática blanca salió de todos los dispositivos. Las imágenes de la infancia de Aria se convirtieron en nieve digital. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier explosión.
Elena estaba llorando en el suelo, abrazada a sus rodillas. Thomas miraba al vacío, con el rostro pálido. Leo sostenía su arma, pero sus ojos evitaban los de Aria.
—Él no se detendrá —dijo Leo con voz ronca—. Ahora sabe que nos duele.
—Entonces dejaremos de sentir —respondió Aria, su nuevo rostro luciendo aterrador bajo la luz de la luna—. Vamos a entrar en San Luis Potosí a pie. Morfeo espera que huyamos por la carretera. No lo haremos. Vamos a buscarlo.
—¿Cómo? —preguntó Thomas.
—Porque un hombre que necesita observar cada una de nuestras reacciones tiene que estar cerca. No está en un satélite. Está en esta ciudad.
El capítulo termina con la familia Vance abandonando la furgoneta, su único refugio, para internarse en la jungla urbana de una ciudad desconocida. Aria camina al frente, ya no como una hija, sino como un depredador que ha decidido que la mejor defensa es devorar al verdugo.
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Editado: 24.01.2026