Morfeo no vive en los servidores. Vive en los impulsos eléctricos de los desesperados. Y para matarlo, tengo que quemar la red desde adentro.
Aria dejó atrás el motel y el rastro de su familia. Sabía que Leo estaría a salvo por unas horas; Morfeo ya no estaba interesado en los Vance, tenía a Luna. Y una Luna bajo el control total de Chimera era un arma capaz de hackear infraestructuras nacionales solo con su presencia.
Siguió el rastro de la señal residual de Luna hasta un antiguo teatro reconvertido en un club nocturno ilegal llamado "La Sinapsis". No era un club normal; era un nodo de procesamiento humano.
El Mercado de NerviosAl entrar, el aire estaba saturado de ozono y sudor. No había música, solo un zumbido de baja frecuencia que hacía vibrar los dientes. En la pista, decenas de personas estaban conectadas a terminales de fibra óptica a través de puertos neurales ilegales. Sus cuerpos se sacudían en espasmos rítmicos: estaban alquilando su capacidad cerebral para procesar los datos cifrados de Morfeo.
—Sora, estoy dentro —susurró Aria, moviéndose entre los "mineros humanos"—. Esto es un servidor distribuido de carne. Morfeo está usando el cerebro de estas personas para esconder su código. Por eso no podías rastrearlo; su conciencia está fragmentada en mil cabezas.
—Aria, ten cuidado. Si interrumpes la conexión bruscamente, podrías causarles una muerte cerebral masiva. Y lo que es peor, Morfeo detectará tu presencia como un anticuerpo.
El Trono de CristalEn el escenario del teatro, rodeada de cables que colgaban del techo como enredaderas de cobre, estaba Luna. La niña estaba suspendida en el aire por arneses tácticos. Sus ojos proyectaban rayos de luz hacia una pantalla gigante que mostraba el flujo de datos de toda la ciudad: semáforos, cuentas bancarias, historiales médicos.
Frente a ella, un hombre delgado, vestido con un traje de seda gris que parecía cambiar de color, la observaba. No usaba armas. No las necesitaba. Tenía a la ciudad entera en la punta de sus dedos.
—Bienvenida, 01 —dijo Morfeo. Su voz no venía de su boca, sino que resonaba directamente en los auriculares de Aria y en los implantes de todos los presentes—. Llegas justo a tiempo para el nacimiento de la Mente Colmena.
—Suelta a la niña, Morfeo. O convertiré este teatro en un crematorio —Aria sacó sus cuchillos.
—¿Y matar a todas estas personas? —Morfeo señaló a los mineros—. Cada paso que des hacia mí sobrecarga sus sistemas nerviosos. Si me atacas, ellos mueren. Es una geometría de sacrificio perfecta.
La Batalla de los Dos MundosAria comprendió que no podía ganar físicamente. Tenía que luchar en el terreno de Morfeo.
—Sora, ¿recuerdas el virus que diseñamos para colapsar los laboratorios de Chimera en Berlín? El "Parásito Espejo".
—Es demasiado peligroso, Aria. Tendrías que conectarte tú misma a la red para inyectarlo. Tu cerebro no tiene un puerto neural, tendrías que usar una conexión cutánea de alta resistencia. Te freirá las neuronas.
—Hazlo. Ahora.
Aria se acercó a una terminal vacía y, en lugar de conectar un cable, clavó la punta de uno de sus cuchillos —modificado con un transmisor— directamente en su antebrazo, haciendo puente con su propio sistema nervioso.
El dolor fue una explosión de color blanco. Aria cayó de rodillas mientras su conciencia era succionada por la red. Por un segundo, vio lo que Morfeo veía: el mundo era una cuadrícula de luz y sombras, un océano de secretos.
El Contraataque DigitalDentro del espacio virtual, Aria ya no era una mujer herida. Era una versión digital del Código 1, envuelta en llamas de código rojo. Se lanzó contra la representación de Morfeo —un laberinto de espejos infinitos—.
—¡Luna! ¡Corta la señal! —gritó Aria en el vacío digital.
Luna, dentro de la red, era una estatua de hielo. Pero al escuchar la voz de Aria, una grieta apareció en su superficie. El recuerdo de la bufanda mojada en Reynosa, del suéter rojo que Elena le tejió, actuó como un virus de "humanidad".
—Yo... no soy... un proceso... —la voz de Luna retumbó, causando que los servidores de todo el club empezaran a echar humo.
El Colapso de La SinapsisLa sobrecarga fue masiva. Los mineros humanos se desconectaron simultáneamente, cayendo al suelo mientras los cables estallaban en chispas azules. Morfeo gritó, su conexión física con el servidor central se volvió en su contra, enviando una descarga de terabytes directamente a su cerebro.
Aria se desconectó, arrancando el cuchillo de su brazo con un grito de agonía. El teatro se sumió en la oscuridad, solo iluminado por los incendios eléctricos.
Luna cayó de los arneses. Aria la atrapó antes de que tocara el suelo. La niña respiraba, sus ojos habían vuelto a ser grises, pero estaban llenos de lágrimas.
—Aria... lo siento... vi cosas... vi dónde está el Director —susurró Luna.
Morfeo, en el escenario, estaba convulsionando. Su mente estaba borrada, un lienzo en blanco destruido por su propia ambición. Aria se acercó a él, no para rematarlo, sino para tomar su tableta táctica, que aún funcionaba.
—¿Dónde está? —preguntó Aria.
—En el mar... —balbuceó Morfeo con sus últimas neuronas—. El Proyecto Hidra... ya ha zarpado.
El Camino al OcéanoAria salió del teatro cargando a Luna. En la tableta de Morfeo, un punto parpadeaba en medio del Golfo de México. No era una base terrestre. Era un superpetrolero modificado, una ciudad flotante donde los "Padres" de Chimera se ocultaban.
Regresó al motel, donde Leo la esperaba con el arma en la mano. Al verla llegar con Luna, el alivio en su rostro fue evidente, pero Aria no le dio tiempo para celebraciones.
—Tenemos que movernos —dijo Aria, su voz ronca por la descarga eléctrica—. Morfeo era solo el vigilante. El Director está en un barco llamado Leviatán. Y Luna sabe cómo entrar.
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Editado: 24.01.2026