Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 16: Las Cuentas del Judas

No hay nada más peligroso que una verdad que llega demasiado tarde. La sangre no miente, pero las personas que la comparten sí.

​El SUV robado devoraba los kilómetros de la carretera federal hacia el puerto de Veracruz. Dentro, el ambiente era asfixiante. Luna dormía en un estado de agotamiento post-neural, y Leo revisaba los cargadores en un silencio tenso. Aria, con el antebrazo vendado tras la descarga en el club, operaba la tableta que le arrebató a Morfeo.

​—Aria, he logrado entrar en la capa encriptada de la tableta de Morfeo —la voz de Sora sonó a través de los altavoces, pero esta vez no era profesional; estaba cargada de una duda dolorosa—. He rastreado los flujos de dinero que financiaban la vigilancia de Morfeo.

​—¿Y? —preguntó Aria, sin quitar la vista de la carretera.

​—No venían de cuentas corporativas de Chimera. Venían de una cuenta puente en las Islas Caimán. Una cuenta que ha estado recibiendo depósitos mensuales de 50,000 dólares desde hace quince años.

​Aria sintió un nudo en el estómago.

—¿Quién es el titular, Sora?

​—Está a nombre de una sociedad fantasma llamada "Vance & Associates". Pero el beneficiario final... Aria, es tu padre. Thomas Vance.

​La Verdad en el Retrovisor

​El coche chirrió cuando Aria clavó los frenos en mitad de una recta desierta rodeada de cañaverales. El silencio que siguió fue más pesado que un disparo.

​—¿Aria? ¿Por qué nos detenemos? —preguntó Thomas, intentando mantener una voz calmada que ahora sonaba falsa.

​Aria giró el cuerpo lentamente. Su nuevo rostro, deformado y endurecido, la hacía parecer un ángel vengador. Lanzó la tableta al regazo de su padre.

​—¿Vance & Associates, papá? —su voz era un susurro peligroso—. ¿Quince años de pagos? ¿Cincuenta mil dólares al mes por la muerte de tu hija?

​Thomas miró la pantalla y su rostro se desmoronó. Elena, a su lado, se tapó la boca con un grito ahogado, pero no de sorpresa, sino de culpabilidad.

​—¡Aria, escúchanos! —gritó Thomas—. ¡No teníamos opción! Cuando el avión cayó, ellos nos contactaron. Dijeron que estabas viva, pero que si queríamos que siguieras así, teníamos que aceptar el dinero y guardar silencio. No fue por avaricia... ¡fue para mantenerte a salvo!

​—¡Me vendisteis! —rugió Aria, y por primera vez en toda la odisea, su voz se rompió—. ¡Me dejaron en manos de esos monstruos durante quince años mientras vosotros cobráis una pensión por mi tortura!

​El Precio del Silencio

​Leo miraba a sus padres como si fueran extraños. La pistola en su mano pesaba una tonelada.

—¿Por eso nunca insistieron en buscar el cuerpo? ¿Por eso reconstruimos nuestra vida tan rápido? —Leo sentía que su infancia entera era una farsa comprada con la sangre de su hermana.

​—El Director prometió que algún día volverías —sollozó Elena—. El dinero era una garantía. Si dejábamos de recibirlo, sabríamos que habías muerto. ¡Era nuestro único vínculo contigo!

​—No era un vínculo —dijo Aria, bajando del coche y abriendo la puerta trasera para sacar a su padre a rastras—. Era un contrato de arrendamiento. Soy un activo de Chimera porque mis propios padres firmaron la cesión de propiedad.

​El Perseguidor de la Verdad

​En ese momento de quiebre familiar, el cielo se iluminó. Un dron de vigilancia de alta gama descendió sobre ellos, emitiendo un pulso electromagnético que inutilizó la tableta y el motor del coche.

​Desde el bosque de caña, surgió una figura que Aria reconoció de inmediato por su silueta perfecta y su caminar aristocrático. Era el Código 12: Morfeo, o lo que quedaba de él. Su rostro estaba parcialmente quemado por la descarga en el teatro, y llevaba un dispositivo de interfaz neural externa conectado directamente a su sien.

​—La familia... siempre la familia —dijo Morfeo, su voz amplificada por el dron—. ¿Ves ahora, 01? No hay refugio. Tus padres te vendieron por comodidad, y tu hermano te odia por lo que eres. Vuelve al Leviatán. El Director te espera para la reintegración.

​La Redención de la Sangre

​Aria miró a sus padres, aterrados en el suelo, y luego a Morfeo. La traición de Thomas y Elena era un veneno, pero el Código 12 era la enfermedad.

​—Leo, llévatelos al bosque. ¡Corre! —ordenó Aria, sacando sus cuchillos.

​—¿Por qué debería salvarlos después de esto? —preguntó Leo, con los ojos llenos de lágrimas de rabia.

​Aria lo miró profundamente.

—Porque si dejas que mueran aquí, Chimera gana. Sé mejor que ellos, Leo. Sé la persona que ellos no pudieron ser.

​Leo asintió con amargura y empujó a sus padres hacia la maleza. Aria se quedó sola en la carretera frente a Morfeo y su dron de ataque.

​—Tu lealtad es patética, 01 —dijo Morfeo, activando las cuchillas rotatorias del dron—. Iniciando protocolo de recolección.

​—No soy leal a ellos —dijo Aria, mientras sus músculos se tensaban para el combate—. Soy leal a la niña que sobrevivió a pesar de todos vosotros.

​El capítulo termina con Aria lanzándose contra el dron mientras las primeras balas de Morfeo impactan en el asfalto. El camino al Leviatán ya no es una misión de escape; es una misión de exterminio. Aria ya no tiene nada que perder, y un Código 1 sin nada que perder es lo más parecido a un dios de la muerte que el mundo haya visto jamás.




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