El océano no tiene piedad, pero al menos es honesto. No te apuñala por la espalda; simplemente te aplasta hasta que tus pulmones olvidan cómo pedir aire.
El puerto de Veracruz estaba sumido en una neblina salina cuando Aria y su menguado grupo llegaron a los muelles industriales de la zona sur. El dinero de Thomas —millones de dólares acumulados por la culpa— se movía ahora por las arterias del mercado negro.
Frente a ellos, en un dique seco oculto por contenedores oxidados, descansaba su boleto al infierno: un submarino clase "Piraña", una reliquia soviética modificada por los carteles para el transporte de narcóticos. Pequeño, claustrofóbico y casi invisible al sonar gracias a su casco recubierto de caucho degradado.
—¿En serio vamos a entrar ahí? —preguntó Leo, mirando el cilindro de acero con una mezcla de asco y pavor.
—Es el único vehículo capaz de pasar bajo los escudos térmicos del Leviatán sin ser detectado como una amenaza —respondió Aria, cargando cajas de munición—. Los piratas lo llaman "El Ataúd". Si el motor falla a cien metros de profundidad, se convierte en nuestra tumba.
El Pacto con la SombraEl vendedor era un hombre conocido como "El Capitán", un exoficial naval que vendía su lealtad al mejor postor. Mientras Leo transfería los fondos, Aria revisaba los sistemas de soporte vital.
—El Leviatán no es un barco, niña —advirtió El Capitán, escupiendo al suelo—. Es una ciudad de datos. Tiene sensores que detectan hasta el latido de un pez. Si vuestro pulso sube demasiado, las cargas de profundidad os harán pedazos antes de que veáis el casco.
—Mis pulsaciones no suben —dijo Aria, ajustándose un traje de neopreno táctico—. Y ellos no esperan que el Código 1 venga desde el fondo del mar.
El Descenso al SilencioDejaron a Elena bajo la protección de uno de los contactos más seguros de Sora en tierra firme. Aria no podía arriesgar a su madre en una misión suicida, pero Leo se negó a quedarse atrás. Luna, por su parte, era esencial: sus dedos estaban conectados a la consola del submarino, actuando como el cerebro de navegación de la nave.
El "Piraña" se sumergió en las aguas negras del Golfo. Dentro, el aire se volvió pesado rápidamente. El sonido del metal crujiendo bajo la presión era el único recordatorio de que estaban a merced de la física.
—Estamos a cinco millas del objetivo —la voz de Sora llegó distorsionada por el cable umbilical de comunicaciones—. El Leviatán está emitiendo una señal de interferencia masiva. Voy a perder vuestra señal en treinta segundos. Buena suerte, Aria.
—Luna, toma el control manual —ordenó Aria—. No uses el sonar activo. Muévenos por las corrientes térmicas.
El Gigante en la PenumbraTras una hora de navegación ciega, una masa inmensa apareció ante ellos en las pantallas de infrarrojos. No era un barco; era una isla de acero que se hundía decenas de metros bajo el nivel del mar. El casco del Leviatán estaba cubierto de cámaras, torretas automáticas y lo que parecían laboratorios modulares suspendidos en el agua.
—Es enorme... —susurró Leo, pegando la frente al ojo de buey reforzado.
—Es una colmena —corrigió Aria—. Luna, busca la escotilla de mantenimiento del sector C-4. Es donde expulsan el agua de refrigeración de los servidores. El agua estará caliente, pero el sensor de presión es más débil allí.
El Abordaje del FantasmaEl submarino se acopló con un golpe metálico que resonó como una campana en el silencio del abismo. Aria se puso la máscara de oxígeno y preparó su fusil subacuático.
—Leo, quédate en la esclusa. Si algo sale mal, desacopla el submarino y huye. Luna, tú vienes conmigo. Necesito tus dedos en sus puertos físicos.
Abrieron la escotilla. El agua inundó la pequeña cámara antes de ser expulsada por las bombas del barco. Aria emergió en un pasillo cilíndrico iluminado por luces rojas de emergencia. El aire olía a ozono y a algo más... a productos químicos de laboratorio.
De repente, una voz suave pero autoritaria resonó por los altavoces del pasillo. No era la voz de Morfeo, ni la del Director. Era una voz femenina, gélida y perfecta.
—Bienvenida a casa, 01. Los "Padres" te han estado esperando. Gracias por traer el prototipo 0.1 de vuelta. Nos ahorraste el viaje de recogida.
Las puertas a ambos lados del pasillo se sellaron. De las rejillas del techo, empezó a brotar un vapor criogénico.
—¡Es una trampa! —gritó Leo desde la escotilla, pero ya era tarde.
Aria miró a Luna. La niña no estaba asustada; estaba mirando hacia una cámara en el rincón con una sonrisa que Aria no reconoció.
—Aria... —dijo Luna, pero su voz se solapó con la de la mujer de los altavoces—. ¿De verdad creíste que el dinero de tu padre no estaba marcado? El dinero no era para que huyeras. Era el pago por el transporte.
El capítulo termina con Aria cayendo de rodillas mientras el gas criogénico ralentiza sus músculos. El Leviatán no era un objetivo; era una red de pesca. Y el Código 1 acababa de entregarse voluntariamente en el corazón de la Hidra.
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Editado: 24.01.2026