Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 19: El Laberinto de los Espejos Blancos

Capítulo 19: El Laberinto de los Espejos Blancos

El dolor es real, pero la realidad es opcional. Cuando no puedes confiar en tus ojos, tienes que empezar a confiar en tus cicatrices.

​Aria no sintió el impacto contra el suelo. Lo último que recordaba era el frío azul del gas criogénico y la mirada vacía de Luna. Ahora, el mundo era un lienzo de un blanco cegador. No había paredes, ni techo, ni suelo. Solo una claridad infinita que quemaba las retinas.

​—¿Papá? ¿Leo? —su voz no produjo eco.

​Se miró las manos. No estaban desfiguradas. No había cicatrices, ni rastro de los implantes del Arquitecto. Tenía las manos de una niña de seis años. Vestía el pijama rosa con el que se subió al avión aquel día fatídico en el Amazonas.

​La Simulación "Edén"

​—No es real, Aria. Es el Protocolo Leteo —una voz familiar resonó desde todas partes—. Estás en la interfaz neural del Leviatán. Tu cuerpo está en un tanque de estasis, pero tu mente está siendo procesada para su "limpieza".

​Frente a ella, la nada se transformó. De repente, Aria estaba sentada en la cabina de un avión pequeño. A su lado, su padre Thomas le sonreía mientras revisaba unos mapas. Fuera de la ventanilla, el verde infinito de la selva pasaba a toda velocidad.

​—Todo está bien, carmen —dijo Thomas. Estaba joven, lleno de vida—. El avión no va a caer. Nunca caímos. Llegamos a la aldea, pasamos las vacaciones y volviste al colegio. Chimera no existe. Los códigos no existen. Solo fue una pesadilla, cariño.

​Aria sintió un impulso casi irresistible de abrazarlo y llorar. El simulacro era perfecto: el olor del cuero de los asientos, la vibración del motor, el calor del sol en su brazo. Era la vida que le robaron.

​El Despertar de la Cicatriz

​Pero algo fallaba. En el rincón de su visión, una pequeña mancha negra parpadeaba. Era un error de renderizado. O algo más.

​Aria se tocó la nuca. En la simulación, su piel era suave. Pero ella sabía que allí debería haber un tatuaje. Cerró los ojos con fuerza y, en lugar de aceptar el abrazo de su padre, se mordió el labio con tanta fuerza que el sabor metálico de la sangre inundó su boca.

​—La sangre es real —susurró—. El dolor es lo único que ellos no pueden simular con precisión.

​El avión empezó a temblar. El rostro de Thomas se distorsionó, alargándose como cera derretida.

​—¿Por qué te resistes, 01? —la voz de la mujer del Leviatán se filtró en la cabina—. Te estamos dando la paz. Solo tienes que aceptar que tu vida de guerrera fue una psicosis post-traumática. Déjate ir.

​La Rebelión de los Bits

​Fuera del tanque, en la realidad física del Leviatán, Leo no había escapado. Estaba escondido en los conductos de ventilación del laboratorio de estasis. Veía a Aria flotando en un líquido fluorescente, conectada a miles de cables. A su lado, Luna estaba sentada en una silla de mando, con los ojos cerrados, actuando como el puente entre el cerebro de Aria y el servidor central.

​—Luna... si me oyes... —susurró Leo por el intercomunicador que Aria le había dado—. ¡Rompe el bucle! ¡Ella te salvó en el club!

​Dentro de la simulación, el "avión" se convirtió en una sala de interrogatorios oscura. Cientos de Arias de diferentes edades aparecieron, rodeándola.

​—Soy el Código 1 —dijeron todas al unísono—. Y mi propósito es servir a la Hidra.

​Aria, en su forma de niña de seis años, se puso en pie. Sus ojos, antes llenos de miedo, se volvieron fríos y acerados.

​—Mi nombre es Aria Vance —dijo, y con cada palabra, su cuerpo en la simulación crecía y se llenaba de las cicatrices que tanto le habían costado—. No soy un código. No soy un activo. Y si este es vuestro mundo virtual... entonces yo soy el virus.

​El Colapso del Edén

​Aria visualizó el cuchillo táctico con el que mató al Código 11. En su mente, lo materializó. No atacó a las proyecciones de sí misma. Se clavó el cuchillo en su propia mano virtual.

​El sistema del Leviatán sufrió una sobrecarga. Si el sujeto siente un dolor que el software no puede procesar como "posible" dentro de los parámetros de seguridad, la interfaz se colapsa para evitar la muerte cerebral del activo valioso.

​Las paredes blancas estallaron en mil pedazos de cristal digital.

​Aria abrió los ojos en el tanque de estasis. El líquido salió expulsado con violencia mientras ella rompía el cristal desde adentro con un puñetazo potenciado por el resto de adrenalina de la simulación.

​El Precio de la Libertad

​Calió al suelo del laboratorio, empapada y temblando, pero con la mirada de una loba. Leo saltó desde el conducto, disparando su Beretta contra los dos técnicos que se acercaban.

​—¡Aria! ¡Tenemos que irnos! —gritó Leo.

​Aria miró hacia la silla de mando. Luna estaba allí, sangrando por la nariz, con la mirada perdida. La conexión se había roto de forma traumática.

​—Se la han llevado, Leo —dijo Aria, señalando el asiento vacío donde debería estar la conciencia de Luna—. La niña que conocíamos se ha quedado atrapada en la red del barco. Lo que hay en ese cuerpo ahora es solo el sistema operativo de Chimera.

​De los altavoces del laboratorio, una risa suave resonó.

Felicidades, Aria. Has despertado. Pero ahora estás en el corazón del Leviatán. Y no hay submarinos que puedan salvarte a diez mil metros de profundidad.

​El capítulo termina con Aria tomando un fusil de asalto del suelo. Ya no está huyendo de sus recuerdos. Los ha integrado. Ahora es la versión definitiva del Código 1: una mujer que recuerda el amor de su padre, la traición de su creador y el dolor de su transformación. Y está armada.




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