La genética es el destino, pero nadie te dice que tu destino fue escrito por un hombre que murió antes de que tú nacieras.
El laboratorio de estasis era un caos de luces estroboscópicas y alarmas sordas. Aria, aún goteando el fluido viscoso del tanque, se movía con una precisión que rozaba lo sobrenatural. El "reinicio" forzado de su mente no la había debilitado; había eliminado las interferencias emocionales. Ahora era un procesador biológico optimizado para la aniquilación.
—Leo, toma el flanco derecho —ordenó Aria, su voz sonando como el metal chocando contra el hielo—. Luna... quédate atrás. Si intentas conectarte de nuevo, te pegaré un tiro yo misma. No voy a luchar contra otro virus hoy.
Luna, con la mirada perdida y un hilo de sangre bajando por su barbilla, asintió mecánicamente. El sistema operativo de Chimera en su interior estaba en "Modo Seguro", reiniciándose.
El Descenso al NúcleoSe abrieron paso a través de los niveles de seguridad del Leviatán. El barco no era una nave convencional; era una estructura de anillos concéntricos. Cuanto más se acercaban al centro, más desaparecía la tecnología militar y más aparecía la opulencia de una biblioteca antigua. Paredes de caoba, alfombras persas y el olor a papel viejo en medio del océano.
—Esto no tiene sentido —susurró Leo, manteniendo su arma levantada—. Parece la casa de un anticuario.
Llegaron a una puerta de bronce macizo con el emblema de la Hidra fundido en relieve. Aria no usó explosivos. La puerta se abrió sola, invitándolos a entrar.
El Santuario del PatriarcaEn el centro de una estancia circular, rodeado de servidores que zumbaban como un enjambre de abejas, estaba el "Director". Pero no era el hombre de la cicatriz que Aria enfrentó en la sede urbana. Era un anciano sentado en una silla de soporte vital, conectado a la red por cables que parecían extensiones de su propio sistema nervioso.
Aria se detuvo en seco. Su respiración se saltó un latido.
—No puede ser... —murmuró.
El anciano levantó la cabeza. Sus ojos eran del mismo gris acero que los de Aria.
—Hola, pequeña flor —dijo el hombre. Su voz era una síntesis digital, pero la cadencia era inconfundible—. Has crecido exactamente como el algoritmo predijo.
—Abuelo Arthur... —balbuceó Leo, bajando el arma—. Tú moriste en el incendio de la fundación hace veinte años. Vimos los restos.
El Legado del Código—La carne es un envase defectuoso, Leo —dijo Arthur Vance, el fundador original de lo que hoy es Chimera—. El incendio fue la transición necesaria. Necesitaba que el mundo, y mi propia familia, me olvidaran para poder construir el futuro sin distracciones morales.
Aria dio un paso adelante, con el fusil apuntando al pecho del anciano.
—Tú ordenaste el accidente del avión. Tú pagaste a papá para que me dejara en esa selva.
—Yo no te dejé en la selva, Aria. Te puse en el campo de entrenamiento más caro del mundo —Arthur sonrió, una mueca grotesca de cables y piel marchita—. La sangre de los Vance tiene una mutación rara: una plasticidad neuronal sin precedentes. Eres el resultado de tres generaciones de selección genética que yo mismo inicié. Chimera no es una empresa; es el negocio familiar.
El Dilema del HerederoArthur señaló una consola frente a Aria.
—El Leviatán está procesando la fase final del Proyecto Génesis. Tu conciencia, refinada por años de combate, y la de Luna, optimizada para la interfaz de red, son las dos mitades de una nueva inteligencia. Si os unís al sistema, los Vance gobernaremos la infraestructura digital del planeta. No más guerras, no más caos. Solo orden. Bajo nuestro apellido.
—¡Es un monstruo, Aria! —gritó Leo—. ¡Mató a papá por este delirio!
—Tu padre era un error administrativo —dijo Arthur con frialdad—. Un hombre que prefería el dinero a la trascendencia. Pero tú, Aria... tú eres mi obra maestra. Mátame si quieres, pero mi mente ya está subida al núcleo del barco. Si mi corazón se detiene, el Leviatán se hundirá conmigo, y vosotros tres os convertiréis en una mancha de aceite en el Golfo de México.
La Decisión de AriaAria miró a Leo, luego a Luna, y finalmente al hombre que compartía su ADN y su crueldad. Comprendió que Arthur tenía razón en una cosa: mientras el Leviatán existiera, la familia Vance nunca sería libre. Serían activos, herederos o víctimas, pero nunca personas.
—Tienes razón, abuelo —dijo Aria, bajando el fusil—. La sangre de los Vance es especial. Es espesa, oscura y está maldita.
Aria no disparó a Arthur. Se giró hacia Luna.
—Luna, ¿todavía puedes oírme?
La niña parpadeó, recuperando un destello de humanidad.
—Sí, Aria.
—Entra en su red. No intentes controlarla. Sobrecárgala. Usa el virus que Morfeo plantó en ti. Si él quiere ser una máquina, dale la muerte de una máquina.
—¡No te atrevas! —rugió Arthur, mientras las luces del barco empezaban a parpadear violentamente—. ¡Si lo hacéis, no hay botes salvavidas! ¡Moriréis todos!
—Ya morimos en aquel avión, abuelo —respondió Aria, tomando la mano de Leo—. Solo nos ha tomado veinte años darnos cuenta.
El capítulo termina con Luna gritando mientras sus ojos se vuelven blancos, fundiéndose con los servidores del Leviatán. El barco entero da un sacudida violenta; el núcleo de energía ha sido saboteado desde adentro. El gigante de acero empieza a inclinarse, el agua del océano empieza a reclamar su tributo, y Aria Vance, por primera vez en su vida, sonríe mientras el mundo de su abuelo se desmorona a su alrededor.
#1030 en Otros
#186 en Acción
#337 en Thriller
#105 en Suspenso
doblevida secretos, suspenso psicológico, thriller de accion
Editado: 16.02.2026