Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 21: El Peso de la Sal

Capítulo 21: El Peso de la Sal

No hay gloria en el hundimiento de un titán. Solo hay el chirrido del metal retorciéndose y el recordatorio de que, al final, el agua siempre reclama lo que es suyo.

​El Leviatán no se hundió con elegancia. El sabotaje digital de Luna había provocado una reacción en cadena en los generadores de fusión fría del núcleo. El barco, una mole de quinientas mil toneladas de acero y secretos, se estaba partiendo por la mitad con un estruendo que recordaba al de un animal prehistórico agonizando.

​—¡Aria, el pasillo se está inundando! —gritó Leo, cuya voz apenas se oía sobre el rugido del agua entrando a presión por las brechas del casco.

​Aria mantenía a Luna en brazos. La niña estaba rígida, con la piel ardiendo y los ojos en blanco, como si su conciencia todavía estuviera librando una guerra de guerrillas en los servidores inundados de Arthur.

​—¡Hacia la popa, Leo! ¡Arthur mencionó cápsulas de escape en el sector de investigación! —Aria corría por una cubierta que se inclinaba ya a quince grados.

​El Último Acto de Arthur

​Mientras corrían, las pantallas de los pasillos —aquellas que antes mostraban el rostro del abuelo Arthur— ahora solo proyectaban estática roja. Sin embargo, en un último destello de malicia, la voz del anciano resonó una vez más por los altavoces, distorsionada por el cortocircuito.

​—Si no… puedo tener… el futuro… nadie… lo tendrá…

​Las puertas mamparas de seguridad empezaron a cerrarse automáticamente para aislar los sectores inundados, amenazando con sellarlos en una tumba de hierro. Aria se lanzó bajo una de las puertas que descendía, arrastrando a Luna y Leo en el último segundo antes de que el acero chocara contra el suelo con una fuerza hidráulica demoledora.

​La Cápsula de los Olvidados

​Llegaron al hangar de escape. No era lo que esperaban. No había botes salvavidas para cientos de personas; Arthur nunca planeó salvar a su personal. Solo había una unidad: la Cápsula Aurora, un prototipo de descenso atmosférico diseñado para una sola persona… o tres si estaban dispuestas a asfixiarse.

​—Solo hay una —dijo Leo, deteniéndose frente a la esfera de titanio—. Aria, entra tú con Luna. Yo buscaré otra forma.

​—No seas estúpido, Leo —Aria lo agarró por el chaleco táctico, sus ojos brillando con una intensidad feroz—. No perdí a papá y pasé quince años en el infierno para dejarte morir en una bañera de metal. ¡Entra!

​Forzaron la entrada. El espacio interior era una pesadilla de cables y pantallas LED. Aria acomodó a Luna en el pequeño asiento central y empujó a Leo al estrecho hueco de carga a los pies. Ella se encajó en el asiento del piloto, cerrando la escotilla manualmente mientras el agua golpeaba ya las paredes exteriores del hangar.

​El Salto al Abismo

​—Sora, si estás ahí fuera, reza por nosotros —susurró Aria, activando la secuencia de eyección manual.

​No hubo una cuenta atrás. Solo un estallido de aire comprimido y una sacudida que les hizo chocar los dientes. La cápsula salió disparada del costado del Leviatán justo cuando el barco sufría una explosión interna masiva.

​A través del pequeño ojo de buey, Aria vio el final de Chimera. El rascacielos flotante se dobló sobre sí mismo, tragado por un remolino de espuma blanca y fuego azulado. Arthur Vance, sus servidores y su delirio de divinidad desaparecieron en la fosa del Golfo de México.

​El Despertar en la Deriva

​Horas después.

​La cápsula flotaba a la deriva bajo un sol de justicia. El sistema de refrigeración había fallado y el aire empezaba a tener un sabor metálico a dióxido de carbono. Aria, medio desmayada por el calor, sintió un movimiento a su lado.

​Luna abrió los ojos. Ya no eran eléctricos. Eran grises, claros y, por primera vez, profundamente humanos.

​—Se ha ido —dijo la niña con una voz que era un hilo—. Arthur... lo borré. Pero él también se llevó algo.

​—¿Qué se llevó? —preguntó Aria, acariciándole el pelo empapado en sudor.

​—El nombre de todos nosotros. Chimera era una red... y al morir, ha borrado nuestras identidades legales de todos los registros del mundo. Aria, para el mundo exterior, no existimos. Somos fantasmas de verdad ahora.

​Leo, desde el suelo de la cápsula, soltó una risa seca y cansada.

—Mejor ser un fantasma libre que un activo numerado.

​Tierra a la Vista

​Un golpe sordo resonó contra el casco de la cápsula. Aria se tensó, buscando su cuchillo, pero lo que escuchó no fue una bota militar, sino voces hablando en un dialecto de pescadores veracruzanos.

​—¡Hay gente aquí dentro! —gritó alguien en español.

​La escotilla se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire salado y luz cegadora. Un hombre de piel curtida por el sol y una camiseta raída los miró con asombro.

​—¿De dónde han salido ustedes, jóvenes? —preguntó el pescador, ofreciéndoles una mano—. El mar ha estado escupiendo fuego toda la noche.

​Aria miró a Leo y a Luna. Estaban cubiertos de sal, sangre y hollín. Eran los restos de una familia que había sobrevivido a un apocalipsis privado.

​—Venimos de muy lejos —respondió Aria, aceptando la mano del hombre—. Pero ya no tenemos prisa por llegar a ninguna parte.

​El capítulo termina con los tres supervivientes sentados en la cubierta de un humilde pesquero de madera, mirando hacia donde el Leviatán solía estar. No hay fanfarrias, no hay rescates del gobierno. Solo el silencio del océano y la libertad aterradora de no ser nadie.




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