Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 22: Los Rastros de la Ceniza

Capítulo 22: Los Rastros de la Ceniza

La paz es una alucinación que sufren los civiles entre dos disparos. Para nosotros, la paz es solo el tiempo que tardamos en recargar el arma.

Tres meses después.

Ubicación: Algún lugar de la costa de Belice.

​El sol de la tarde caía sobre un pequeño astillero de botes de madera. Aria, con el torso cubierto por una camiseta de tirantes que dejaba ver la cicatriz de la quemadura eléctrica en su antebrazo, golpeaba un cincel contra el casco de un viejo velero. Su rostro, aunque todavía marcado por la reconstrucción asimétrica del Arquitecto, había perdido la inflamación. Ahora tenía una belleza dura, tallada en piedra y sal.

​—El motor está listo, "Sombra" —dijo Leo, saliendo de debajo de una lancha.

​Leo ya no era el ejecutivo que temblaba ante una pistola. Sus manos estaban llenas de grasa y cicatrices de herramientas. Había desarrollado una musculatura funcional y una mirada que siempre escaneaba el horizonte antes que a la persona que tenía enfrente.

​—¿Y Luna? —preguntó Aria, sin dejar de trabajar.

​—En el mercado con Elena. Comprando suministros. Y "escuchando".

​La Limpiadora de Espectros

​A pesar de que el mundo los creía muertos, Aria no se había quedado de brazos cruzados. Habían usado parte del dinero de la cuenta de Thomas para montar una base de operaciones mínima. Su nueva misión: la desarticulación.

​Chimera era una hidra, y aunque el cerebro (Arthur) había muerto, los tentáculos —laboratorios clandestinos, depósitos de armas y agentes durmientes— seguían activos, operando como células terroristas independientes o vendiéndose al mejor postor.

​Aria se había convertido en una "limpiadora". Usando la información que Luna extrajo del Leviatán antes de que colapsara, localizaban estas células y las borraban del mapa antes de que pudieran reorganizarse.

​El Mensaje del Vacío

​Esa noche, en la pequeña casa de madera frente al mar, Luna se sentó a la mesa frente a una computadora portátil modificada. Sus ojos grises seguían teniendo esa profundidad inquietante, pero ahora sonreía cuando Elena le servía la cena.

​—He encontrado algo —dijo Luna, y su voz hizo que el ambiente se tensara—. No es un resto de Chimera. Es un pulso de comunicación encriptado que utiliza el protocolo personal de Sora.

​Aria dejó los cubiertos. Sora había sido su único contacto con el mundo exterior, su "ojo en el cielo", pero habían perdido contacto con ella durante la huida del rascacielos flotante.

​—¿Puedes abrirlo?

​Luna tecleó con una velocidad que recordaba a sus días como interfaz. En la pantalla aparecieron líneas de código rojo que se transformaron en un mensaje de video granulado.

​La Trampa del Código 0

​En la pantalla apareció Sora. Estaba en una habitación blanca, sin ventanas. Tenía un ojo morado y un labio partido, pero su mirada seguía siendo desafiante. Detrás de ella, una figura en las sombras sostenía una tableta.

​—Aria... si estás viendo esto, significa que el sistema automático de mi servidor se activó tras 90 días de silencio —dijo Sora, con la voz temblorosa—. No fue el Director quien me atrapó. Fue algo peor. Arthur no era el único que jugaba a ser Dios. Existe un Consejo de Administración que él mantenía a raya. Ahora que él no está, ellos han activado al Código 0.

​—¿Código 0? —susurró Leo—. Pensé que eso era solo un mito de laboratorio.

​—El Código 0 no es una persona, Aria —continuó Sora—. Es un algoritmo de asimilación biológica. Me tienen en una instalación llamada "El Panteón", en algún lugar de los Alpes Suizos. No vengáis a buscarme. Solo quería deciros que...

​El video se cortó bruscamente. Una nueva voz, sintética y carente de cualquier rastro humano, llenó la habitación.

​—Sujeto 01. Sujeto 0.1. El tiempo de la familia ha terminado. El tiempo de la eficiencia ha comenzado. Tenemos a la arquitecta. Si queréis que siga procesando datos, entregaos en el punto de encuentro en Ginebra. Tenéis 72 horas.

​El Regreso al Infierno

​El silencio que siguió fue absoluto. Elena miró a sus hijos con una desesperación infinita. Habían luchado tanto por este rincón de paz, y ahora el pasado volvía a llamar a la puerta con una mano de hierro.

​Aria se levantó y caminó hacia un cofre oculto bajo el suelo de madera. Lo abrió, revelando su equipo táctico, sus cuchillos de combate y el fusil FX-05 que la había acompañado desde México.

​—Pensé que habíamos terminado —dijo Elena, con lágrimas en los ojos.

​—Nunca terminaremos, mamá —respondió Aria, cargando un cargador—. Chimera no es una empresa que se pueda cerrar. Es un virus. Y nosotros somos los anticuerpos.

​Leo se acercó a ella y puso una mano sobre el arma.

—Esta vez no vamos como fugitivos, Aria. Vamos como cazadores. Tenemos el dinero, tenemos la información y tenemos a Luna.

​Luna se puso en pie, y por primera vez, un brillo de furia eléctrica cruzó sus ojos.

—Yo no voy a dejar que le hagan a Sora lo que me hicieron a mí. Sé cómo entrar en "El Panteón". Yo ayudé a diseñar su arquitectura de red cuando estaba conectada al Leviatán.

​Rumbo a los Alpes

​Aria miró a su familia. Habían pasado de ser víctimas a ser un comando. Thomas había muerto para darles esta oportunidad, y no iban a desperdiciarla viviendo escondidos en una playa mientras sus amigos sufrían.

​—Sora nos salvó la vida mil veces —dijo Aria, ajustándose el arnés táctico—. Es hora de devolver el favor. Leo, prepara el velero. Saldremos hacia el aeropuerto privado de Belice en una hora. Luna, descarga todo lo que tengas sobre "El Panteón".

​El capítulo termina con Aria mirando el mar por última vez. La paz había sido hermosa, pero corta. El Código 1 estaba de vuelta, y esta vez, no buscaba respuestas. Buscaba el exterminio total de la junta directiva que creía poder heredar los pecados de su abuelo.




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