Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 24: El Espejo Roto

Capítulo 24: El Espejo Roto

No hay nada más aterrador que ver tu propia cara en el rostro de tu asesino. No es solo una pelea; es una ejecución de lo que podrías haber sido.

​La entrada al Panteón era una herida abierta en la ladera del glaciar. Las pesadas puertas de acero estaban arrancadas de sus bisagras, pero no por explosivos, sino por lo que parecía una fuerza física bruta y precisa. El aire que salía del interior olía a ozono y a hierro.

​Héctor, el Código 2, avanzaba en cabeza con su escopeta automática barriendo las esquinas. Aria y Leo cubrían los flancos, mientras Luna caminaba en el centro, con la mirada fija en el flujo de datos que captaba su tableta.

​—Esto no ha sido un ataque externo —susurró Héctor, señalando el cuerpo de un guardia de élite de Chimera. El hombre no tenía heridas de bala; su cuello había sido girado 180 grados con una eficiencia quirúrgica—. Alguien ha limpiado este pasillo en menos de treinta segundos.

​El Corredor de los Ecos

​Llegaron a un salón circular donde las paredes eran tanques de cultivo biológico. En el centro, Sora estaba encadenada a una silla de procedimientos, rodeada de pantallas que parpadeaban con un código que Aria reconoció de inmediato: el mapa genético de los Vance.

​—¡Sora! —gritó Leo, intentando correr hacia ella.

​—¡Espera! —Aria lo agarró del hombro—. Mira el suelo.

​Alrededor de Sora, seis figuras yacían muertas. Eran mercenarios de alto nivel, pero lo inquietante era su posición: todos habían sido eliminados mientras intentaban huir de Sora, no hacia ella.

​—Aria... no te acerques... —la voz de Sora era un susurro ronco—. No es a mí a quien tienen miedo.

​La Aparición del Código 0

​De las sombras del fondo de la sala emergió una figura. Vestía un traje táctico negro, sin insignias, pero su silueta era un calco exacto de la de Aria. Cuando la figura entró en la luz, el tiempo pareció detenerse.

​No era una mujer. Eran tres.

​Tenían el rostro de Aria antes de la reconstrucción del Arquitecto. Eran versiones perfectas, sin cicatrices, con los ojos grises llenos de una claridad gélida y absoluta. El Código 0 no era un algoritmo; era la Legión de los Sin Nombre. Clones biológicos de Aria Vance, desprovistos de recuerdos, de familia y de dolor, programados únicamente para la asimilación.

​—Sujeto 01 —dijo una de las versiones, su voz era una armonía perfecta de las tres—. Eres el plano original. El prototipo defectuoso que retuvo la emoción. Hemos sido enviadas para retirar el material obsoleto.

​El Duelo de Identidades

​—¡Héctor, ahora! —rugió Aria.

​El Código 2 abrió fuego, pero las tres copias se movieron con una agilidad que superaba incluso la de Aria. Eran más rápidas porque no dudaban; no tenían que procesar el miedo. Una de ellas saltó sobre Héctor, usando su propio peso para desviarlo, mientras las otras dos se lanzaron contra Aria.

​La pelea fue una danza macabra de espejos. Aria bloqueaba golpes que ella misma habría lanzado, predecía movimientos que ella misma habría usado. Pero ellas eran tres, y estaban frescas.

​—¡Luna, los servidores! —gritó Aria mientras esquivaba un cuchillo que buscaba su garganta—. ¡Si cortas el enlace neural del Panteón, perderán la sincronización!

​El Sacrificio de la Máquina

​Luna se conectó a la consola central. Sus dedos volaban, pero el Código 0 había bloqueado el acceso físico.

​—No puedo entrar desde fuera —dijo Luna, mirando a Aria con una resolución que le heló la sangre—. Tengo que entrar como un virus activo. Aria, si lo hago, no podré volver a este cuerpo. Me convertiré en parte del Panteón para siempre.

​—¡No, Luna! ¡Tiene que haber otra forma! —Aria fue golpeada en el estómago, cayendo de rodillas.

​Una de las clones se acercó a ella, levantando una hoja de carbono.

—La individualidad es una debilidad, Aria. Únete a la red. Deja de sufrir.

​Luna no esperó. Se arrancó el puerto de la nuca y lo clavó directamente en el núcleo del Panteón. Sus ojos se tornaron de un blanco incandescente y un grito electrónico desgarró la sala.

​El Colapso de la Legión

​De repente, las tres clones se detuvieron. Sus movimientos se volvieron erráticos, espasmódicos. Luna estaba inundando sus cerebros con quince años de los recuerdos de dolor, pérdida y amor de Aria. El Código 0, diseñado para la frialdad, no pudo procesar la carga emocional masiva.

​Las clones cayeron de rodillas, gritando y sujetándose la cabeza. La sincronización se rompió.

​Aria se levantó, jadeando. Aprovechó el momento de debilidad para desarmarlas. No las mató. Las dejó inconscientes; eran víctimas de su abuelo tanto como ella. Corrió hacia Sora y cortó sus ataduras.

​—Tenemos que irnos —dijo Sora, señalando el núcleo—. Luna ha bloqueado el sistema, pero el Panteón está iniciando un borrado térmico. Todo este glaciar se va a convertir en vapor en cinco minutos.

​El Adiós de Luna

​Aria corrió hacia la silla donde el cuerpo físico de Luna permanecía inerte. Los ojos de la niña estaban abiertos, pero vacíos.

​—¡Luna! ¡Vuelve! —Aria la sacudió, pero solo una voz suave y digital salió por los altavoces de la sala.

​—Vete, Aria. Lévate a Leo y a Sora. Ahora yo soy el sistema. Soy la que vigila. Mientras yo esté aquí, Chimera nunca podrá volver a nacer de estas cenizas. Soy libre... a mi manera.

​Leo rompió a llorar, pero Héctor lo agarró por el cuello del traje y lo arrastró hacia la salida.

—¡Si nos quedamos, moriremos por nada! ¡Muévete, Código 1!

​Aria miró por última vez el cuerpo de la niña que le enseñó a ser humana de nuevo. Le dio un beso en la frente y se giró, corriendo hacia la salida mientras el hielo a su alrededor empezaba a crujir y a derretirse.

​El capítulo termina con los cuatro supervivientes (Aria, Leo, Sora y Héctor) saltando desde la plataforma exterior hacia el helicóptero que los esperaba, justo cuando una explosión de vapor blanco envolvía la cima de los Alpes. El Panteón había caído. La Hidra estaba decapitada. Pero el precio había sido la única inocencia que les quedaba.




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