Código de Sangre: El Regreso de Aria

Capítulo 25: El Polizón de la Identidad

Capítulo 25: El Polizón de la Identidad

La nieve borra las huellas, pero no el pecado. Puedes esconderte en el fin del mundo, pero el reflejo en el espejo siempre te encontrará.

Ubicación: Península de Snæfellsnes, Islandia.

​El viento aullaba contra las paredes de la cabaña de basalto, un refugio fortificado que Sora había preparado años atrás como su "Plan Omega". Fuera, el paisaje era una extensión infinita de roca volcánica y hielo. Dentro, el silencio era denso, roto solo por el chisporroteo de la chimenea y el zumbido de los servidores que Sora intentaba recuperar.

​Aria estaba sentada frente a la ventana, observando el mar Ártico. Su rostro reflejado en el cristal era una extraña mezcla de la mujer que fue y la guerrera en la que se convirtió. La pérdida de Luna pesaba más que cualquier herida física.

​—He terminado el escaneo perimetral —dijo Héctor, entrando en la sala con nieve aún en sus hombros. Su respiración seguía siendo pesada, pero el suero que Sora extrajo del Panteón había detenido temporalmente su calcificación—. Todo está tranquilo. Demasiado tranquilo.

​La Sombra en el Helicóptero

​Leo estaba en la cocina, preparando algo de comer para Sora, quien descansaba en la habitación contigua. Todo parecía estar finalmente bajo control, hasta que Aria notó algo en el suelo del pasillo: una gota de agua, pero no de nieve derretida. Era viscosa, clara… fluido de estasis.

​Aria se puso en pie, su mano bajando instintivamente hacia el cuchillo en su bota.

—Héctor. ¿Revisaste el compartimento de carga del helicóptero antes de abandonarlo en el aeródromo de Reikiavik?

​Héctor frunció el ceño.

—Estábamos bajo fuego, Aria. Salimos de allí en cuanto aterrizamos. ¿Por qué?

​Aria no respondió. Caminó hacia el sótano de la cabaña, donde guardaban el equipo médico. La puerta estaba entornada.

​El Encuentro con la "Cero"

​Al entrar, la luz parpadeante reveló a una figura sentada en el rincón oscuro. Vestía un uniforme de Chimera roto y manchado de sangre. Al levantar la cabeza, Aria se encontró mirando su propio rostro… pero sin cicatrices, sin edad, y con una mirada de terror que ella no había sentido en décadas.

​Era una de las clones del Código 0. Había logrado subir al helicóptero en el caos de la explosión y se había escondido en el chasis, sobreviviendo al frío extremo de los Alpes gracias a su metabolismo mejorado.

​—No... no me borres... —susurró la clon. Su voz era idéntica a la de Aria, pero despojada de la autoridad del comando—. La niña... Luna... ella me dejó algo.

​El Regalo de Luna

​Aria no desenvainó el cuchillo. Se acercó lentamente. La clon extendió una mano temblorosa. En la palma, tenía un pequeño dispositivo de memoria orgánica que brillaba con una luz azul tenue.

​—Antes de que el Panteón explotara... Luna entró en nuestra red —explicó la clon, con lágrimas reales rodando por sus mejillas—. Ella no solo nos sobrecargó con tus recuerdos. Ella... ella nos dio una opción. Me dio esto para ti. Dijo que era el "Código de Desconexión Total".

​Leo y Sora, atraídos por las voces, aparecieron en la puerta. Sora, débil pero lúcida, se acercó al dispositivo.

​—Aria, si esto es lo que creo que es... es el interruptor de apagado global de todos los nanobots de Chimera —dijo Sora—. Si lo activamos, Héctor se curará, las clones dejarán de ser controlables y la Hidra perderá su sistema de control biológico para siempre. Pero...

​—¿Pero qué? —preguntó Leo.

​—Pero también borrará el rastro digital de Luna —concluyó Sora con tristeza—. Ella vive ahora en el código. Si matamos el código para salvar a los vivos, Luna desaparecerá definitivamente.

​La Decisión Final

​Aria miró a la clon. Vio en ella la posibilidad de la vida que perdió. Vio a Héctor, cuyo cuerpo se estaba convirtiendo en piedra. Y miró a Leo, el hermano que arriesgó todo por ella.

​—Luna tomó su decisión en el Panteón —dijo Aria, su voz firme a pesar del dolor—. Se convirtió en el sistema para darnos esta oportunidad. Si no terminamos el trabajo, su sacrificio no habrá servido de nada.

​Aria tomó el dispositivo y lo conectó a la terminal central de la cabaña.

​—Hazlo, Sora —ordenó Aria.

​Sora tecleó la secuencia final. Un pulso invisible pareció expandirse desde la antena de la cabaña, viajando a través de los satélites hacia cada rincón del planeta donde un activo de Chimera aún respirara.

​El Fin de la Hidra

​En un instante, Héctor soltó un suspiro de alivio; el dolor constante en sus articulaciones desapareció. La clon en el suelo cerró los ojos, y su expresión de angustia se transformó en una paz profunda. A miles de kilómetros de allí, en oficinas de seguridad y laboratorios ocultos, los "Padres" de la Hidra vieron cómo sus activos se convertían en simples seres humanos, libres de sus cadenas biológicas.

​Aria salió de la cabaña y se paró en la nieve. La aurora boreal bailaba sobre el cielo de Islandia, un velo de luces verdes y violetas que parecía una despedida.

​—Adiós, pequeña —susurró Aria al viento.

​Epílogo: Los Fantasmas de Snæfellsnes

​Siete días después.

​La clon, a quien ahora llamaban Maya, ayudaba a Leo a reparar la valla de la propiedad. No era Aria, pero compartían un vínculo que nadie más podía entender. Héctor había decidido quedarse como guardián del refugio, disfrutando de una vida donde su fuerza no era un arma, sino una herramienta.

​Aria y Sora estaban sentadas en el porche.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Sora—. El mundo es grande y ya no tienes a nadie persiguiéndote.

​Aria miró sus manos. Estaban limpias. Por primera vez en quince años, no tenían sangre nueva.

​—Voy a aprender a vivir con la cara que tengo —respondió Aria con una sonrisa—. Y quizá, solo quizá, voy a escribir una historia donde el final no sea un disparo, sino un nuevo comienzo.




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