Codigo Mariposa- Ecos del tiempo

El CÓDIGO

La lluvia no venía del cielo.

Nyara abrió los ojos con esa certeza extraña, como si el sonido de las gotas no estuviera cayendo sobre la ciudad, sino dentro de su propia cabeza.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo oscuro de su habitación. Algo no estaba bien. No sabía qué, pero lo sentía en el pecho, en la garganta, en ese lugar indefinido donde a veces nacen los recuerdos.

Había escuchado un nombre.

No lo recordaba del todo, pero seguía flotando en su mente como un eco.

Kael.

Nyara se incorporó lentamente en la cama. La habitación estaba en silencio, salvo por el tenue zumbido de su computadora encendida sobre el escritorio.

No recordaba haberla dejado así.

El monitor iluminaba el cuarto con una luz azulada, fría. En la pantalla corrían líneas de código.

Nyara frunció el ceño.

No era ningún programa que reconociera.

Se levantó y caminó descalza hasta el escritorio, todavía medio dormida. Al acercarse, sintió algo parecido a una punzada leve detrás del esternón, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente.

El código no seguía ninguna estructura lógica.

Había símbolos matemáticos mezclados con caracteres que parecían antiguos, casi caligráficos. Algunas líneas parecían ecuaciones incompletas. Otras se repetían formando patrones que no obedecían ninguna sintaxis humana.

Era hermoso.

Y completamente imposible.

Nyara acercó el rostro a la pantalla.

Entonces vio la última línea.

“Si puedes leerme, aún estoy dentro.
No me olvides.
Kael.”

El nombre volvió a resonar dentro de ella.

Kael.

Nyara retrocedió un paso.

Su corazón empezó a latir más rápido, aunque no sabía por qué. Afuera, la ciudad todavía dormía. La madrugada convertía los edificios en siluetas oscuras detrás de la neblina.

Todo parecía normal.

Pero dentro de ella algo acababa de despertar.

Se giró hacia el espejo de la pared.

El reflejo le devolvió la mirada de siempre… y, sin embargo, algo era distinto. Sus ojos tenían una expresión que no recordaba haber visto antes.

No era miedo.

Era reconocimiento.

Entonces ocurrió.

Un zumbido eléctrico atravesó la habitación.

La luz parpadeó una vez.

Luego otra.

El aire se tensó, como si la realidad hubiera tropezado por un segundo.

Cuando la luz volvió a estabilizarse, Nyara ya no estaba sola.

Un hombre estaba de pie cerca del escritorio.

No lo vio entrar. No escuchó la puerta. No hubo pasos ni movimiento alguno.

Simplemente apareció.

Nyara no gritó.

Algo en su interior le dijo que no lo hiciera.

El hombre tenía los ojos grises.

Un gris profundo, extraño, como el cielo justo antes de una tormenta. Su expresión era difícil de leer. No parecía sorprendido de verla.

Al contrario.

La miraba como alguien que por fin encuentra algo que llevaba demasiado tiempo buscando.

Nyara sintió un estremecimiento.

—¿Quién eres? —preguntó.

El hombre no respondió de inmediato.

Durante unos segundos solo la observó, como si intentara memorizar cada detalle de su rostro.

—Kael —dijo finalmente.

El nombre cayó en la habitación con una familiaridad inquietante.

Nyara sintió que algo se movía dentro de su memoria.

Fragmentos.

Sombras.

Imágenes que no alcanzaba a comprender.

—¿Te conozco? —preguntó ella.

Kael no respondió enseguida. Sus ojos recorrieron el cuarto, la pantalla encendida, el código.

Cuando volvió a mirarla, algo en su expresión parecía cargado de una tristeza antigua.

—Sí —dijo en voz baja—. Pero todavía no.

Nyara frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Kael dio un paso hacia ella.

Su presencia llenó la habitación de una manera extraña, como si el espacio mismo se hubiera vuelto más pequeño.

—Nada de esto lo tiene todavía —dijo.

Nyara sintió otra vez ese dolor leve en el pecho.

—¿Escribiste eso? —preguntó señalando la pantalla.

Kael siguió la dirección de su mirada.



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En el texto hay: suenos, romance, ficcion

Editado: 09.03.2026

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