Codigo Mariposa- Ecos del tiempo

LA GUERRA

El sonido fue lo primero.

No una explosión. No todavía.

Un temblor lejano, profundo, como si la tierra respirara con dificultad.

Nyara abrió los ojos.

Pero no estaba en su habitación.

El techo era distinto. Más alto. Las lámparas colgaban torcidas y la pintura de las paredes estaba descascarada. El aire olía a polvo, madera húmeda… y humo.

Durante unos segundos no entendió dónde estaba.

Luego miró sus manos.

Eran más pequeñas.

Más jóvenes.

Nyara se levantó lentamente del suelo.

Estaba dentro de un salón de clases.

Las mesas estaban desordenadas, algunas volcadas. Los cuadernos habían quedado abiertos como si alguien los hubiera abandonado en medio de una frase. En la pizarra había nombres escritos con tiza.

Algunos estaban tachados con fuerza.

Entre ellos, uno se repetía varias veces.

Nyara.

Cruzado con líneas torcidas, acompañadas de insultos que alguien había escrito con rabia.

Nyara apartó la mirada.

El recuerdo no le pertenecía del todo, pero el peso en su pecho sí.

Las ventanas estaban cubiertas con tablones de madera mal clavados. Entre las rendijas entraba una luz grisácea que hacía que el polvo flotara en el aire como pequeñas cenizas.

Afuera se escuchó otra explosión.

Esta vez más cerca.

Nyara se encogió instintivamente.

Su cuerpo sabía qué hacer antes que su mente.

Caminó hacia la ventana con pasos silenciosos. Empujó apenas uno de los tablones.

Lo que vio la dejó sin aliento.

Las calles estaban vacías.

Pero no tranquilas.

El asfalto estaba agrietado. Había vehículos abandonados, algunos quemados. A lo lejos, un tanque avanzaba lentamente entre columnas de humo.

Nyara sintió un nudo en el estómago.

Guerra.

No sabía en qué país estaba. Ni en qué año.

Pero su cuerpo lo reconocía.

Volvió a mirar sus manos.

Eran las de una adolescente.

Quince años, quizás.

—No… —susurró.

La palabra salió sola.

Un ruido metálico resonó en el pasillo.

Nyara se giró de inmediato.

La puerta del salón estaba cerrada. Una silla había sido empujada contra la manija para bloquearla.

Alguien intentó abrir desde afuera.

La manija se movió.

Nyara retrocedió un paso.

El corazón empezó a latirle con fuerza en los oídos.

La manija volvió a girar.

Luego otra vez.

La silla tembló.

—No… —susurró Nyara otra vez.

No sabía si tenía miedo de que entraran.

O de que no lo hicieran.

La puerta se abrió de golpe.

La silla cayó al suelo.

Nyara se quedó paralizada.

Un joven entró al salón con la respiración agitada. Su ropa estaba cubierta de polvo y tierra. Tenía el cabello desordenado y los brazos tensos, como si hubiera estado corriendo durante mucho tiempo.

Cuando levantó la mirada…

sus ojos eran grises.

Nyara sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—Kael… —dijo sin entender por qué lo sabía.

El joven se quedó inmóvil.

Durante un segundo pareció sorprendido.

Luego algo en su rostro cambió.

Alivio.

—Te encontré —murmuró.

Nyara dio un paso hacia atrás.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Kael no respondió.

Sus ojos recorrían el salón rápidamente, como si evaluara el lugar.

—Tenemos que irnos —dijo.

—¿Irnos a dónde?

Otra explosión sacudió el edificio.

El polvo cayó del techo en una nube fina.

Kael se acercó un paso.

—Nyara, escucha.

Ella sintió un escalofrío.

Ese tono.

Era el mismo.

—No tenemos tiempo.

—No te conozco —dijo ella.

Kael se detuvo.

Por primera vez pareció dudar.



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En el texto hay: suenos, romance, ficcion

Editado: 09.03.2026

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